Teatro posterior a la Guerra Civil
Tras la Guerra Civil, la escena española discurre entre dos opciones: la evasión de una realidad dolorosa o el compromiso que implica la denuncia de esta situación. El género teatral sigue invadido por un teatro comercial y limitado por la censura. Pocas compañías se atreven a romper con los esquemas convencionales. Paulatinamente, irán surgiendo compañías independientes que harán un teatro innovador, dentro de los límites de la censura. Por el contrario, los autores próximos al franquismo encuentran en él un excelente vehículo de transmisión ideológica y de evasión.
Así, el teatro de posguerra sigue dos grandes directrices: la continuidad —obras representadas en los teatros públicos— y la renovación —nuevas tendencias estéticas que apenas triunfan—. Las obras que triunfan en la escena del momento son las comedias neobenaventianas y las de teatro de humor, hasta el cambio que supondrá en 1949 el estreno de Historia de una escalera.
El teatro en el exilio
Entre los autores que cultivaron el género dramático en el exilio se observa una amplia gama de estéticas, géneros y temas. Es frecuente la nostalgia y la visión crítica de su tiempo. Rafael Alberti escribe El adefesio, cercana al esperpento, que tiene como tema la intolerancia; o Noche de guerra en el Museo del Prado. Alejandro Casona se aleja del realismo y cultiva un teatro simbólico y poético (Los árboles mueren de pie y La dama del alba). Finalmente, Max Aub, quizá el más representativo de los autores del exilio, trata la problemática de su época: exilio, guerra, persecuciones… (De algún tiempo a esta parte, Cara y cruz…).
Década de los cuarenta: Comedia burguesa y humor
En la producción de los autores españoles de los años cuarenta y principios de los cincuenta dominó la escena el teatro cómico y de evasión. Destacaron dos tendencias: la comedia burguesa y el teatro de humor. La primera se sitúa en la línea del teatro de Benavente, sin mayores pretensiones que la de entretener. Es un teatro de la continuidad sin ruptura. Los temas más empleados serán el amor, la familia, el matrimonio… siempre con fin moralizador. Destacan José María Pemán (La verdad) y Juan Ignacio Luca de Tena (¿Dónde vas, Alfonso XII?).
En cuanto al teatro cómico o de humor, encontramos la obra de Jardiel Poncela (Eloísa está debajo de un almendro), quien cultiva el humor del absurdo, la ironía y la agudeza. Sus obras poseen un marcado intelectualismo pero interesan a todo tipo de público. Miguel Mihura renueva el humor español y anticipa el teatro del absurdo. Tres sombreros de copa, escrita en 1932, no se representó hasta 1952 porque los empresarios la consideraron demasiado novedosa, arriesgada e incomprensible. Tras esta mala experiencia, Mihura renunció a la innovación y se adaptó a los gustos del público y empresarios. Sus siguientes obras, como Maribel y la extraña familia, buscan un humor inteligente, satirizan la hipocresía y abordan el tema de la libertad.
Años cincuenta: Teatro social y existencial
En los años cincuenta comienza a gestarse una nueva concepción del teatro, que abandona el tono ligero y renuncia a la evasión en aras del afán de verdad y rigor. Con el estreno en 1949 de Historia de una escalera, de Antonio Buero Vallejo, nació el drama realista, que se consolidó con Escuadra hacia la muerte (1952), de Alfonso Sastre, quien opta por un teatro más combativo que el de Buero. Buero Vallejo representa una línea de denuncia social denominada posibilista porque no transgrede lo tolerado por el régimen. Buero intenta meter al espectador dentro de la conciencia de los personajes. Su mensaje refleja la confianza en el ser humano y la identificación con los más desfavorecidos. Historia de una escalera marca una nueva etapa del teatro español al alejarse tanto del teatro comercial como del teatro innovador de Lorca y Valle-Inclán. Las tres generaciones que habitan los pisos unidos por la escalera comparten un destino común en el abrumador ambiente de la España posterior a la guerra, donde resulta imposible prosperar y abandonar aquel espacio de miseria.
Años sesenta: Experimentación y vanguardia
A partir de los años sesenta, mientras la tendencia social continúa y autores como Lauro Olmo (La camisa) denuncian la injusticia, otros dramaturgos escriben un teatro experimental.
- Francisco Nieva (Pelo de tormenta) divide su teatro en dos: el teatro furioso y el teatro de farsa y calamidad. Ambas tendencias son vanguardistas y de difícil comprensión para el público. Nieva utiliza elementos a los que llama góticos: la magia, el sueño, los personajes románticos.
- Fernando Arrabal (El cementerio de automóviles o Pic-Nic) se aleja del realismo y se aproxima a las ideas surrealistas en lo que llama teatro pánico, nombre escogido en homenaje al dios Pan, cuyas características son el terror, el humor y la simultaneidad. Sus obras rompen con la lógica, adoptan un lenguaje infantil y carecen en ocasiones de argumento.
Además, se desarrollan grupos de teatro independiente que representan obras de autores extranjeros y españoles que no tienen cabida en el círculo comercial. A la muerte de Franco existían más de cien de estos grupos. Algunos desaparecieron, otros siguen representando en la actualidad.
Teatro en la democracia
Tras la caída de la dictadura y el fin de la censura, se preveía un despegue del teatro, pero no fue así. El teatro ha ido perdiendo espectadores, los autores contemporáneos no han encontrado lugar en los escenarios y se ha optado por la representación de los clásicos. El teatro que pretende transmitir nuevas ideas se ha refugiado en las salas alternativas. En los últimos años, los musicales se han hecho muy populares.
Entre los pocos escritores dramáticos que han logrado cierto éxito está José Luis Alonso de Santos con La estanquera de Vallecas, una obra costumbrista, comprometida, con lenguaje familiar, sentido del humor y desenlace trágico. En ella, dos hombres (un albañil en paro y un joven) atracan un estanco, pero su dueña se resiste. Los atracadores, acosados por los vecinos y la policía, se ven obligados a encerrarse con la estanquera y su sobrina. Atracadores y víctimas hablan entre ellos y se dan cuenta de que son víctimas de los mismos problemas sociales. José Sanchis Sinisterra destaca con su obra ¡Ay, Carmela!
En definitiva, tras una etapa de altísima calidad dramática, el teatro posterior a la Guerra Civil tiene que lidiar con la represión y la censura franquista. Incapaz de superar las trabas, entra en un declive que llega hasta nuestros días.
La poesía española de 1939 a nuestros días
Con la Guerra Civil concluye la llamada Edad de Plata de las letras españolas. El conflicto deja al país devastado y aislado en lo político, social y cultural, y supone un corte profundo en la evolución de la literatura española. La poesía había tenido un papel destacado en la contienda como arma propagandística, empleada por los dos bandos con un carácter combativo y bélico. La muerte de Antonio Machado, el fusilamiento de Federico García Lorca, el exilio de la mayor parte de los poetas del 27 y, sobre todo, el inicio de la dictadura franquista condicionan un nuevo tiempo presidido por el aislamiento internacional y la censura política e ideológica.
Década de los cuarenta: Poesía arraigada y desarraigada
En 1939, en la literatura solo caben dos caminos: aprobar la nueva situación o reflejar la desesperanza. Así, la poesía de la posguerra se divide, según Dámaso Alonso en Poetas españoles contemporáneos, en dos posturas:
Poesía arraigada
Los poetas de la poesía arraigada pertenecen a la llamada Generación del 36. Ideológicamente se sienten identificados con el régimen franquista. Escriben una poesía sencilla y de evasión, con una vuelta a los temas directamente humanos: el amor, la patria o la religión. Se alejan de toda innovación formal y ofrecen una visión optimista. Publicaron en revistas como Escorial o Garcilaso (el poeta renacentista fue el modelo a imitar, de ahí el término garcilasisimo). Destacan Leopoldo Panero, Dionisio Ridruejo y Luis Rosales (La casa encendida).
Poesía desarraigada
La poesía desarraigada surge en aquellos poetas que se sienten angustiosamente disconformes con la España del momento. Para ellos el mundo es un caos. Publican en la revista Espadaña, una poesía de corte existencialista. Abordan temas como la muerte, la tristeza, la soledad y la desesperación. Destaca Miguel Hernández con obras como El rayo que no cesa, Viento del pueblo y Cancionero y romancero de ausencias. Otros autores de gran importancia son Vicente Aleixandre con Sombra del paraíso y Dámaso Alonso con Hijos de la ira, donde el autor vuelca todo el dolor de aquella época.
Década de los cincuenta: Poesía social
Muchos poetas sienten la necesidad de dar el paso del «yo» al «nosotros». Es la poesía social, derivada de la desarraigada. Los escritores denuncian y dan testimonio de miserias e injusticias, creyendo que la literatura puede ser el motor de transformación social. Los poetas adoptan como consigna palabras como compromiso y solidaridad.
- Blas de Otero: Evoluciona de una etapa desarraigada (Ángel fieramente humano) a una poesía social (Pido la paz y la palabra).
- Gabriel Celaya: Considera que «la poesía es un arma cargada de futuro». Destacan Las cartas boca arriba y Cantos íberos.
- José Hierro: Con libros cercanos a la protesta como Quinta del 42, Cuanto sé de mí y Libro de las alucinaciones.
- Otros autores: Gloria Fuertes y Rafael Morales.
Década de los sesenta: Los niños de la guerra
Destacan autores considerados «los niños de la guerra» que muestran un punto de vista más personal y cotidiano, aunque con una renovada preocupación artística por el lenguaje:
- Claudio Rodríguez: El don de la ebriedad y Salmos al viento.
- Ángel González: Poemas póstumos.
- Jaime Gil de Biedma: Diecinueve figuras de mi historia civil.
Década de los setenta: Los Novísimos
En el ámbito literario destacan los Novísimos o Generación del 70. Buscan la creatividad y la originalidad, retomando tendencias como las vanguardias, el simbolismo o el modernismo. Reciben influencia de la cultura de masas (rock, pop, cine, cómic). Destacan Pere Gimferrer (Arde el mar), Ana María Moix, Manuel Vázquez Montalbán, Luis Alberto de Cuenca, Leopoldo María Panero, Luis Antonio de Villena y José María Álvarez.
Décadas de los ochenta y noventa: Pluralidad de tendencias
Surgirán múltiples corrientes marcadas por la rehumanización y la recuperación del yo:
- Poesía de la experiencia: Autores como Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes y Ana Rossetti buscan la esencia poética en la vida cotidiana y la anécdota personal con un lenguaje sencillo.
- Poesía del silencio: Concibe el género como instrumento de reflexión (Amparo Amorós, Álvaro Valverde).
- Poesía épica o coral: Busca la memoria colectiva a partir del yo (Julio Llamazares, César Antonio Molina).
La novela española de 1975 a nuestros días
La novela actual es difícil de clasificar debido a la enorme variedad de la producción y la falta de perspectiva histórica. Existe una convivencia entre la experimentación vanguardista y la recuperación del placer de la narración.
Principales tendencias temáticas
Novela intimista y lírica
Es más relevante la vida interna de los personajes que la trama. Carmen Martín Gaite destaca con Entre visillos y su ensayo Usos amorosos de la posguerra española. En Nubosidad variable presenta el testimonio de mujeres que luchan por su independencia.
Novela experimental y narratividad
Eduardo Mendoza, en La verdad sobre el caso Savolta, aprovecha las aportaciones de la vanguardia y la novela negra para mostrar los movimientos anarquistas catalanes, integrando elementos como artículos periodísticos y declaraciones juradas.
Novela intelectual y metaficción
Prima la intertextualidad y las referencias culturales. Javier Marías (Todas las almas) aúna el culturalismo con la vida interior. Enrique Vila-Matas, en El mal de Montano, ofrece un ejemplo de autoficción y metanovela, donde la narración reflexiona sobre el propio proceso de escritura.
Novela histórica
Exige una documentación minuciosa. Almudena Grandes combina el realismo tradicional con profundidad psicológica en obras como Inés y la alegría. Arturo Pérez-Reverte destaca con la serie del capitán Alatriste, mientras que Alberto Vázquez-Figueroa se inclina por la aventura en la serie Cienfuegos.
Novela de tintes cervantinos y negra
- Luis Landero describe en Juegos de la edad tardía la tragicomedia de los sueños incumplidos.
- Luis Mateo Díez retrata la vida provinciana en Las estaciones provinciales.
- Lorenzo Silva utiliza la novela negra (serie de Bevilacqua y Chamorro) para realizar un retrato de las taras sociales.
- Antonio Muñoz Molina recurre al género negro con profundidad intelectual en El invierno en Lisboa o Plenilunio.
Otras corrientes contemporáneas
- Generación X: José Ángel Mañas retrata en Historias del Kronen a una juventud falta de valores.
- Literatura fantástica: Conoce un auge con Ana María Matute (Olvidado rey Gudú) y Laura Gallego (Memorias de Idhún).
- Novela poemática: Julio Llamazares en La lluvia amarilla aborda la pérdida del mundo rural con una prosa cuidada.
- El cuento: José María Merino (Historias de otro lugar) funde elementos fantásticos con la realidad cotidiana.