Contexto de Platón y Aristóteles: Época, Biografía y Obra

CONTEXTO DE PLATÓN ÉPOCA, BIOGRAFÍA, OBRA

La Atenas en la que vivió Platón se enmarca en una época convulsa y agitada que romperá la unidad política, económica y social de la ciudad. En su juventud, Platón será testigo de dos hechos que marcarán su obra: el primero, Atenas es derrotada en una trágica guerra contra Esparta (Guerras del Peloponeso, 431-404 a.C.) que provoca la caída de la democracia sustituida por el gobierno “de los Treinta Tiranos”. El segundo, un jurado popular, en tiempos de restitución democrática, es responsable de la condena a muerte de Sócrates (399 a.C.), acusado de impiedad y de corromper las mentes de los jóvenes atenienses. Platón piensa que la educación que los sofistas están proporcionando a la ciudadanía democrática está siendo decisiva en la decadencia de la ciudad. Platón responderá a la crisis que vive Atenas con la primera filosofía racionalista, según la cual, es posible conocer la esencia de la Justicia. El pensamiento platónico aparece en un momento en el que la filosofía da un giro al humanismo: los ojos de los griegos comienzan a dirigirse hacia sí mismos. La democracia ateniense ofrece nuevas formas de vida que plantean nuevos problemas que tienen más que ver con las relaciones entre los hombres que con la observación del universo. Así Platón, uniendo en su obra pensamiento y vida, entenderá que sólo a través de la verdadera filosofía será posible librar a la ciudad de la injusticia, porque solo la filosofía puede ofrecer una clara visión de lo que es justo tanto en el terreno público como privado. Para Platón, el poder debe recaer en manos de los verdaderos filósofos, los únicos que pueden fundamentar la ciudad-estado en el orden eterno del ser. Hasta su muerte en el año 347 a.C., Platón soñaría con esta hermosa utopía. La obra de Platón se divide en varios períodos:

Período de juventud:

Interesan los asuntos éticos que eran los predilectos de Sócrates. Los diálogos refieren al modo en que hay que vivir la vida para que merezca la pena. Sobresale el diálogo conocido como “Critón”, donde Platón presenta a su maestro como ciudadano ideal.

Período de transición:

Predominan las inquietudes políticas. Sobresale el “Menón”, en el que critica a los sofistas y se plantea si la virtud se puede enseñar.

Período de madurez:

Platón escribe sus más bellos diálogos; destacan el “Fedón” que habla de la inmortalidad del alma, el “Fedro” que trata del conocimiento y de la ciencia y “La República” que gira en torno a la organización del Estado y la naturaleza de la Justicia, y a la que pertenece el fragmento a comentar. Este diálogo, donde se precisa la teoría de las ideas y se exponen algunos de los grandes mitos, es interpretado desde diferentes puntos de vista:

  • Para los pensadores que van desde Aristóteles a Hegel, “La República” es un texto político cuya intención podría ser la crítica a la sociedad del momento o un proyecto positivo para llevarlo a cabo, tal y como lo demostraría la “Carta VII” donde Platón sugiere al rey de Siracusa que haga realidad el sueño de la república.
  • Por su parte, los neoplatónicos señalan que el centro del diálogo es una ética individual vinculada con una teoría del alma.
  • Según otra perspectiva, en la “República” está implícita una teología, intuida en la identificación de la idea de Bien (causa del ser y del conocer) con lo Uno de Plotino y el Dios cristiano.

Período de vejez:

Platón somete a crítica sus propias teorías y se interesa por asuntos cosmológicos. Sobresale el “Timeo” donde se plantea el origen y la naturaleza del mundo. Platón mantiene la forma dialogada de sus escritos porque entiende que la filosofía tiene un carácter colectivo, que no puede expresarse en el monólogo individualista de los sofistas. El diálogo representa los latidos de la vida, el pensamiento dinámico e inquieto que es la filosofía. Para Platón lo usual es dialogar y no escribir; más aún, las letras fomentan el olvido.

INFLUENCIAS

El pensamiento de Platón se construye sobre muchos de los autores que le precedieron. El carácter falaz y engañoso del mundo sensible lo toma de Heráclito, para el que la realidad física es puro devenir. Las cualidades de las ideas, inmutables y eternas, son las mismas que las del Ser de Parménides del que también hereda el dualismo gnoseológico (doxa frente a episteme). El dualismo antropológico y la transmigración son ideas pitagóricas, igual que la convicción de que las matemáticas son un saber esencial. Como Sócrates, Platón afirma que la educación es la clave para el éxito en la política y que el diálogo (ironía y mayéutica) es el único camino para indagar en los problemas filosóficos. Como su maestro, entendió, frente al relativismo de Protágoras y el escepticismo de Gorgias, que los conceptos morales pueden definirse. Será la consideración de que existe una esencia permanente y universal de las cosas (intelectualismo moral) la clave para ¡a elaboración de la teoría de las ideas, fundamento teórico de la utopía platónica: como la idea de bien se puede conocer es posible soñar, hermoso sueño, un gobernante justo. Frente a la democratización de la política, que hace imposible la existencia de polis armoniosas, Platón propone un elitismo político que supone el gobierno de los mejores, de aquellos que conocen la idea de bien. La filosofía platónica influirá en Aristóteles. Como su maestro pensó que las esencias existen, pero no en un mundo separado sino dentro de los seres sensibles.  Aristóteles “baja las ideas del cielo a la tierra”, sentando las bases de una teleología inmanente que se opone a la trascendente de Platón.  

Aristóteles también sostuvo un dualismo antropológico, pero entendió que la unión cuerpo y alma es esencial por lo que el cuerpo es el lugar natural del alma y no su prisión. Frente al racionalismo platónico, Aristóteles defenderá la importancia de los sentidos en la adquisición de conocimientos. Por su parte, San Agustín fundamenta el ejemplarismo (el mundo es creado por Dios a partir de las ideas ejemplares) y la concepción del mal como privación del bien, en la teoría de la participación platónica, según la cual las cosas del mundo sensible participan de las ideas en mayor o menor grado. En San Agustín como en Platón hay una búsqueda de lo trascendente: Platón busca la idea de Bien desde la razón; San Agustín inicia una búsqueda mística, más íntima y personal que lo llevará a encontrar a Dios en un rincón íntimo y cálido del alma. El idealismo platónico influirá, igualmente, en el racionalismo cartesiano para el que las ideas innatas fundamentan el verdadero conocimiento. También comparte con el platonismo el dualismo antropológico radical y la supervivencia del alma después de la muerte. En la fenomenología de Husserl y Scheler, encontramos entidades eternas, inmutables y universales que pueden ser conocidas y en Kant ideas trascendentales (Dios, Alma y Mundo como totalidad) que como las platónicas, engloban lo particular en lo universal. Los presupuestos de la filosofía platónica serán criticados enérgicamente por Nietzsche para el que el dualismo cosmológico surge del odio al devenir y al cambio, del odio a la vida y a los sentidos. Platón y Sócrates son los inventores de una moral antinatural que coloca el sentido de todo en un más allá que es, en el fondo, puro humo. Sea como fuere, el pensamiento platónico es tan importante que podemos afirmar que “toda la filosofía no es sino un conjunto de notas a pie de página de las obras de Platón”. En efecto, Platón sigue más vivo que nunca al plantear la necesidad de cuestionar el mundo en el que vivimos, un mundo de sombras que encadena a aquellos que renuncian al espíritu crítico de la filosofía.    CONTEXTO DE ARISTÓTELES Aristóteles nació el 384 a.C. en Estagira (Macedonia). Con 17 años (367 a.C.) se trasladó a Atenas. La Atenas a la que acudía era una ciudad importante y esplendorosa, sin duda, aunque los tiempos de la supremacía militar y política habían pasado ya para nunca volver más. Pero aún conservaba la supremacía cultural (artística, filosófica, científica y educativa) entre las ciudades griegas. En ella funcionaban ya dos importantes centros educativos que habían abierto sus puertas veinte años atrás: la Escuela de Isócrates (390 a.C.) y la Academia de Platón (386 a.C.). Eran dos escuelas rivales, dos centros de enseñanza superior cuya finalidad fundamental era la formación de futuros políticos.


La educación que impartían tenía, sin embargo, orientaciones marcadamente diferentes: en la de Isócrates se concedía una atención preferente a la enseñanza de la Retórica, mientras que en la Academia los estudios se orientaban a la Filosofía. Aristóteles ingresó como estudiante en la última, permaneciendo en ella veinte años, hasta la muerte de su maestro (347 a. C.). y de la que llegó a ser profesor. Durante su larga estancia tuvo ocasión de participar en el ejercicio vivo de la filosofía, en largas e intensas discusiones sobre ciencia, matemáticas, astronomía, sobre las Ideas y la dialéctica, sobre retórica, ética y política. Pudo discutir las teorías platónicas con el mismo Platón. Al final de este período pertenecen algunas obras (perdidas) escritas en forma de diálogo, al estilo platónico. Y en esta época se desarrollaron ya, sin duda, algunas discrepancias serias respecto del pensamiento de su maestro.     En el año 343 a.C., el rey Filipo de Macedonia le nombró preceptor de su hijo Alejandro Magno, futuro gran conquistador y creador de un vastísimo imperio, que por entonces era un muchacho de apenas trece años de edad. En el año 335 a.C. Aristóteles vuelve a Atenas y funda su propia escuela filosófica: el Liceo. Al frente de este nuevo centro de investigación y docencia pasaría doce años de su vida enseñando, escribiendo y dirigiendo grandes y ambiciosos proyectos. La reacción antimacedónica desencadenada tras la muerte de Alejandro obligó a Aristóteles a huir de la ciudad para, según sus propias palabras, “evitar que los atenienses pecaran de nuevo contra la filosofía”. Aristóteles se retira a la isla de Eubea para estar a salvo de sus enemigos, pero lejos también de sus amigos y del excitante ambiente intelectual que se respiraba en el Liceo. La vida de Aristóteles fue la vida de un hombre profundamente apasionado por el saber. Tuvo el privilegio de conocer y tratar estrechamente a los dos hombres más grandes, seguramente, de su siglo: discípulo de uno y preceptor del otro. Por tanto, podemos decir de acuerdo con Jaeger, que la vida intelectual de Aristóteles pasa por tres periodos: 1) el de su estancia en la Academia: imita a Platón tanto en el contenido como en la forma dialogada de sus escritos; 2) los años de Assos: Aristóteles se aparta de Platón y consolida una actitud crítica respecto a las ideas de la Academia; 3) la época del Liceo: aparece como pensador original y creador de nuevos ámbitos del saber. Y la obra filosófica de Aristóteles suele clasificarse en tres grandes grupos de naturaleza diversa, a saber, 


(a) escritos de divulgación publicados por el propio Aristóteles (primer período de producción), obras de inspiración profundamente platónica en su forma y contenido (perdidos); b) un voluminoso grupo de tratados de carácter científico y filosófico que, en su conjunto, se denominan Corpus aristotelicum (desconocidos hasta finales del siglo I a.C.). El abandono del “diálogo” y el recurso, en su lugar, al “tratado” expresa la voluntad de sistema, de ordenación sistemática de las ciencias que caracteriza a Aristóteles, y que facilitó a Andrónico la ordenación en el siglo I a.C. en Tratados de lógica, física, biología, metafísica, ética y política y teoría del arte; c) una serie de grandes colecciones y proyectos de investigación dirigidos e inspirados por Aristóteles y realizados con la colaboración de otros miembros cualificados del Liceo (Contituciones de los Estados griegos, Historia de los animales, Problemas de medicina, Disecciones, entre los más importantes).   La influencia más destacada sobre el pensamiento de Aristóteles es la herencia directa de Platón y a través de éste de Sócrates, así como de los presocráticos. También podemos señalar al padre de Aristóteles. Éste fue médico de profesión y debió influir en alguna medida en los intereses intelectuales de su hijo, en la constante inclinación a la observación de la naturaleza que Aristóteles practicó en los años posteriores a su estancia en la Academia, en su atención a los procesos biológicos, en su afán por conocer y clasificar más y más especies vegetales y animales. De Platón hereda la preocupación de problemas: el problema metafísico y lingüístico de los particulares y los universales, el rechazo al relativismo y escepticismo que defendían los sofistas, el carácter teleológico de la realidad. Sin embargo, las soluciones que Aristóteles presenta a estos problemas son diferentes a las de su maestro. Su filosofía está marcada por el rechazo a la duplicación platónica de la realidad (teoría de las Ideas) y su intento de constituir una ciencia de lo sensible. Si para Platón la esencia de los seres (las Ideas) está separada y es independiente (trasciende) de ellos, para Aristóteles la esencia es indisociable del ente particular; para Aristóteles el movimiento de los seres naturales debe explicarse por su naturaleza interna. La finalidad y esencia de los seres debe ser intrínseca; todos los seres naturales tienden a alcanzar la perfección que les es propia.  En el conocimiento, Aristóteles intenta conciliar el saber verdadero (episteme) con la aceptación de lo individual y concreto. Defiende una la ciencia de lo sensible: su método está marcado por el estudio de la naturaleza.  En su filosofía se percibe, frente a la platónica, una mayor influencia de la biología que de las matemáticas. 


Observa cómo se mueven los animales y las plantas, la generación y la corrupción. De los presocráticos (a los que él llama “los físicos”) hereda el interés por el estudio de la naturaleza y de dar respuesta al problema del movimiento.   Platón no establecía distinción alguna entre saber teórico (científico) y el saber práctico (político, moral): en último término, ambos remiten al conocimiento de la Idea de Bien, y de ahí que en la utopía platónica el sabio sea, a la vez, el gobernante ideal. Aristóteles se opondrá a esta “confusión” de ambas formas de saber reclamando para cada uno de ellos un ámbito y un estatuto específicos. La influencia de Aristóteles en la historia del pensamiento alcanzó su máximo esplendor en los últimos siglos de la Edad Media. Mientras monjes y frailes “platonizaban” plácidamente, fuera del occidente cristiano, árabes entraban en contacto con la filosofía griega. Así, Averroes, en el siglo XII, seguramente el más grande comentarista de las obras de Aristóteles, transmitía un aristotelismo puro y directo, no contaminado de platonismo, que pronto se traduciría al latín, introduciendo el pensamiento de Aristóteles en los círculos intelectuales de las principales universidades de Europa. Tomás de Aquino (s. XIII) se esforzó en adaptar las principales teorías de Aristóteles con los dogmas y tesis del pensamiento cristiano que tenía una marcada orientación platónica, desde el siglo V, gracias al trabajo de Padres de la Iglesia como Agustín de Hipona. A partir del siglo XIV, el aristotelismo se vería amenazado por el desarrollo, en filosofía, de actitudes nominalistas (Guillermo de Ockham) y, en ciencia, de la astronomía (el heliocentrismo propugnado por Copérnico supuso un ataque frontal contra la imagen aristotélica del Universo) y de la física (Kepler, Galileo y Newton). Con la filosofía y la ciencia modernas, el aristotelismo quebró por su lado más débil: su imagen del Universo, su rechazo a cualquier pretensión de introducir las matemáticas en la física, su teleología que resultaba inaplicable en el ámbito de la mecánica. El siglo XX ha visto producirse una notable recuperación de Aristóteles que ha dado lugar a un movimiento que puede denominarse neoaristotelismo. Esta vuelta a Aristóteles se enmarca en el debate sobre la concepción moderna de la racionalidad. Desde que la ciencia moderna irrumpiera como saber principal en occidente, la neutralidad valorativa que impone el rigor científico amenaza con excluir la idea misma de un conocimiento práctico-moral. Herederos de la obra de Aristóteles (Gadamer, H. Arendt) reivindican la distinción entre teoría y praxis y la reposición de la filosofía práctica en el tratamiento de los principales problemas que desafían a nuestro presente y futuro más cercano.  


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