Doctrina Filosófica de San Agustín y Santo Tomás: Ética, Antropología y Política

La Ética de San Agustín

Se centra fundamentalmente en la búsqueda de la felicidad, que es el fin último de todo ser humano. Ningún hombre actúa sin perseguir algún bien, y todos buscan ser felices. Sin embargo, San Agustín sostiene que muchos hombres se equivocan al buscar la felicidad en bienes temporales, como la riqueza, el poder o el placer, ya que estos bienes son limitados, cambiantes y perecederos, y por tanto incapaces de proporcionar una felicidad plena y duradera.

Influenciado por el platonismo y profundamente marcado por el cristianismo, San Agustín afirma que la única felicidad verdadera se encuentra en Dios, que es el bien supremo, eterno e inmutable. Solo Dios puede satisfacer plenamente el deseo humano de felicidad, ya que el alma humana está hecha para Él. Por eso, toda ética auténtica debe orientarse hacia Dios como fin último.

El Bien y el Mal

En este contexto, San Agustín aborda el problema del bien y del mal. Rechaza la idea de que el mal sea una realidad positiva o una sustancia creada por Dios. El mal no es algo que exista por sí mismo, sino una privación del bien, una carencia de perfección que debería estar presente. Dios, siendo sumamente bueno, no puede ser la causa del mal.

Libre Albedrío y Pecado

El ser humano posee libre albedrío, es decir, la capacidad de elegir entre el bien y el mal. Gracias a esta libertad, el hombre es responsable moralmente de sus actos. Sin embargo, el mal uso de la libertad conduce al pecado, que consiste en apartarse de Dios para dirigirse hacia bienes inferiores. El pecado no es tanto una acción concreta como una desordenación del amor.

El Ordo Amoris

Aquí aparece uno de los conceptos éticos fundamentales de San Agustín: el ordo amoris o “orden del amor”. Obrar bien significa amar correctamente: amar a Dios sobre todas las cosas y a las criaturas en función de Dios. El pecado surge cuando este orden se invierte y se ama más a las criaturas que al Creador.

La Necesidad de la Gracia

Tras el pecado original, la voluntad humana queda debilitada e inclinada al mal. Por ello, aunque el hombre es libre, no puede obrar el bien por sí solo. Se hace necesaria la gracia divina, que sana y fortalece la voluntad para que pueda orientarse nuevamente hacia Dios. Sin la gracia, el ser humano no puede alcanzar la felicidad ni vivir conforme al bien.

En conclusión, la ética de San Agustín es una ética teológica y del amor, en la que la felicidad, el bien moral y la salvación dependen de la correcta orientación de la libertad humana hacia Dios, con la ayuda imprescindible de la gracia.

La Antropología en San Agustín

Está profundamente influida por el platonismo, lo que le lleva a defender una antropología dualista. Según esta concepción, el hombre está compuesto de alma y cuerpo, pero estas dos realidades no se encuentran en un plano de igualdad. El alma es superior al cuerpo, ya que es espiritual, racional e inmortal, mientras que el cuerpo es material, mutable y corruptible.

La Interioridad como Camino al Conocimiento

Para San Agustín, el verdadero “yo” del ser humano no es el cuerpo, sino el alma. El alma es la sede de la razón y de la voluntad, y es en ella donde se encuentra la identidad personal. Por este motivo, el conocimiento auténtico no se obtiene mirando al mundo exterior, sino mediante la interioridad. San Agustín invita al hombre a volver a su interior, ya que en el alma se halla la verdad y, en último término, Dios. Esta idea se resume en su famosa expresión: “no salgas fuera, vuelve a ti mismo; en el interior del hombre habita la verdad”.

Libertad y Pecado Original

El alma humana ha sido creada por Dios y está naturalmente orientada hacia Él. Sin embargo, el ser humano posee libre albedrío, es decir, la capacidad de elegir libremente entre distintas opciones. Esta libertad hace al hombre responsable de sus actos, pero también explica la posibilidad del pecado. El mal no procede de Dios, sino del mal uso de la libertad humana, que se aparta del bien supremo para dirigirse hacia bienes inferiores.

El problema central de la antropología agustiniana aparece con el pecado original. A partir de este acontecimiento, la naturaleza humana queda dañada: la voluntad se debilita y se inclina al mal. El ser humano sigue siendo libre, pero su libertad está herida. Ya no puede, por sí solo, elegir siempre el bien ni alcanzar la salvación mediante sus propias fuerzas.

La Gracia Divina

Por esta razón, San Agustín afirma la necesidad absoluta de la gracia divina. La gracia no elimina la libertad, sino que la sana y la fortalece. Solo con la ayuda de Dios el hombre puede vencer su inclinación al mal, obrar correctamente y orientarse de nuevo hacia su fin último.

En conclusión, San Agustín concibe al ser humano como un ser dividido entre alma y cuerpo, marcado por la libertad, pero herido por el pecado. La salvación y la realización plena del hombre solo son posibles mediante el retorno a Dios, apoyado siempre por la gracia divina.

La Filosofía Política de San Agustín

Se desarrolla en un contexto histórico de profunda crisis, marcado por la decadencia y caída del Imperio romano. Frente a quienes culpaban al cristianismo de la ruina de Roma, San Agustín elabora una interpretación teológica de la historia en su obra La ciudad de Dios, donde expone su concepción política.

Ruptura con la Tradición Clásica

San Agustín rompe con la tradición política clásica griega y romana, especialmente con la idea aristotélica de que el Estado es una realidad natural orientada a la felicidad. Para él, la sociedad política no surge de la perfección natural del ser humano, sino como consecuencia del pecado original. El pecado ha corrompido la naturaleza humana, haciéndola egoísta y violenta, por lo que el Estado aparece como una institución necesaria para contener el mal y evitar el caos.

Teoría de las Dos Ciudades

El núcleo de su pensamiento político es la teoría de las dos ciudades, que no deben entenderse como dos Estados concretos, sino como dos formas de vida y dos orientaciones fundamentales del amor humano.

  • La Ciudad de Dios: Está formada por aquellos que viven según el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismos. Su fin último no es terrenal, sino la salvación eterna.
  • La Ciudad terrena: Está compuesta por quienes viven según el amor a sí mismos hasta el desprecio de Dios. Su objetivo es el poder, la gloria y los bienes temporales.

Estas dos ciudades están mezcladas en la historia y conviven en el mundo, pero tienen fines radicalmente distintos. Ningún Estado histórico puede identificarse plenamente con la Ciudad de Dios, ya que todos los Estados pertenecen al ámbito de lo terrenal y están afectados por el pecado.

Función del Estado y la Justicia

El Estado tiene, por tanto, una función limitada pero necesaria: garantizar el orden, la paz y la justicia temporal. La paz política no es la paz verdadera y definitiva, pero es un bien relativo que permite a los hombres vivir con cierta estabilidad. Sin justicia, afirma San Agustín, un Estado no es más que una gran banda de ladrones, ya que la justicia solo existe cuando se reconoce a Dios como fundamento último del orden moral.

La ley humana debe servir para frenar las pasiones desordenadas y castigar el mal, pero no puede hacer virtuoso al hombre ni conducirlo a la salvación. Por ello, la política queda subordinada a la religión: solo la Ciudad de Dios ofrece la verdadera justicia y la auténtica paz.

En conclusión, San Agustín concibe la política como una realidad imperfecta y provisional, necesaria en un mundo marcado por el pecado, pero incapaz de proporcionar la felicidad plena. El fin último del ser humano no es político, sino religioso, y solo se alcanza en la Ciudad de Dios.

El Problema de Dios en la Filosofía de San Agustín

Ocupa una gran parte de su vida hasta el punto de que toda su reflexión filosófica está orientada, directa o indirectamente, hacia Él. Su pensamiento está profundamente influido por el platonismo y el neoplatonismo, especialmente por la idea de una realidad suprema, eterna e inmutable frente al mundo sensible cambiante.

Naturaleza de Dios

Para San Agustín, Dios es el ser supremo, absoluto, eterno e inmutable. Frente a las criaturas, que cambian y son contingentes, Dios es el único ser necesario. Además, Dios no solo es el ser supremo, sino también la verdad absoluta y el bien supremo. Todo lo que existe participa del ser, de la verdad y del bien en la medida en que procede de Dios.

Fe y Razón: Creo para Entender

La relación entre fe y razón es clave en su pensamiento. San Agustín sostiene que la fe tiene prioridad sobre la razón, formulándolo en su famosa expresión “creo para entender”. Esto no significa desprecio de la razón, sino que la razón necesita ser guiada por la fe para alcanzar las verdades más altas. La fe abre el camino, y la razón profundiza en lo creído.

Interioridad e Iluminación Divina

El conocimiento de Dios no se alcanza a través del mundo exterior, sino mediante un proceso de interiorización. San Agustín invita al ser humano a volver sobre sí mismo, porque en el interior del alma se encuentra la huella de Dios. Esta interioridad es fundamental: Dios está más cerca del hombre que el propio hombre de sí mismo.

Ahora bien, el conocimiento humano necesita la iluminación divina. San Agustín sostiene que las verdades eternas no pueden proceder de una mente humana cambiante y limitada. Por ello, es Dios quien ilumina al entendimiento humano, permitiéndole conocer las verdades universales e inmutables. Esta teoría de la iluminación se opone al empirismo aristotélico posterior y se inspira claramente en Platón.

Creación y Mal

Dios es también el creador del mundo, y lo ha creado ex nihilo, es decir, de la nada. Esto supone una ruptura con la filosofía griega, que concebía la materia como eterna. Toda la realidad depende radicalmente de Dios, no solo en su origen, sino también en su conservación.

En relación con el problema del mal, San Agustín rechaza la idea de que el mal sea una sustancia o un principio opuesto a Dios. El mal no tiene entidad propia: es una privación de bien, una carencia de perfección en un ser que, en sí mismo, es bueno por haber sido creado por Dios. El mal moral surge del mal uso de la libertad humana, no de Dios.

En conclusión, para San Agustín Dios es el fundamento último del ser, de la verdad y del bien. Solo en Él encuentra el ser humano la explicación de la realidad, del conocimiento y del sentido de la existencia.


La Antropología de Santo Tomás de Aquino

Se basa fundamentalmente en la filosofía de Aristóteles, aunque adaptada y conciliada con las verdades fundamentales del cristianismo, especialmente la inmortalidad del alma y la creación divina. Frente a concepciones dualistas de inspiración platónica, Santo Tomás ofrece una visión unitaria del ser humano.

Hilemorfismo y Unidad Sustancial

El ser humano es un compuesto sustancial de alma y cuerpo, según la teoría hilemórfica aristotélica: el cuerpo es la materia y el alma es la forma. El alma no es una sustancia separada que habita accidentalmente en el cuerpo, sino el principio que lo organiza y le da vida. Gracias al alma, el cuerpo es un cuerpo humano y no mera materia inerte.

Santo Tomás rechaza explícitamente el dualismo platónico, que concebía el cuerpo como una cárcel del alma. Para él, la relación entre alma y cuerpo es natural y necesaria, no forzada ni antinatural. No es el alma la que vive y conoce, sino el hombre entero, el individuo concreto, quien siente, imagina, razona y entiende. Sin cuerpo no hay experiencia sensible, y sin experiencia sensible no hay conocimiento humano.

Potencias del Alma Racional

El alma humana es una sola y única, la alma racional, que integra en sí todas las funciones vitales. No existen varias almas (vegetativa, sensitiva y racional), sino distintas potencias o facultades de una misma alma. Estas potencias se clasifican jerárquicamente:

  • Las potencias vegetativas, responsables de la nutrición, crecimiento y reproducción.
  • Las potencias sensitivas, que regulan los sentidos externos, la imaginación y la memoria.
  • Las potencias racionales, propias del ser humano, que son el entendimiento y la voluntad.

Entendimiento, Voluntad y Libre Albedrío

El entendimiento permite conocer la realidad, mientras que la voluntad es la facultad del querer. La voluntad está naturalmente orientada al bien y a la felicidad, pero no está determinada de manera necesaria. Aquí aparece el libre albedrío, que no es una facultad distinta, sino la voluntad misma en el ejercicio de la elección de los medios para alcanzar el fin.

Inmortalidad Individual

Aunque el alma es forma del cuerpo, Santo Tomás afirma su inmortalidad, ya que posee operaciones (como el entendimiento intelectual) que no dependen del cuerpo. Tras la muerte, el alma subsiste separada del cuerpo, aunque esta situación sea imperfecta, pues la plenitud natural del hombre exige la unión de alma y cuerpo.

Frente a los averroístas latinos, que defendían la existencia de un único entendimiento agente común a todos los seres humanos, Santo Tomás sostiene la inmortalidad individual del alma: cada persona conserva su identidad tras la muerte.

En conclusión, la antropología tomista presenta una visión equilibrada del ser humano como unidad de alma y cuerpo, dotado de razón y libertad, orientado a la felicidad y creado por Dios, evitando tanto el materialismo como el dualismo extremo.

La Ética de Santo Tomás de Aquino

Se inspira directamente en la ética de Aristóteles, pero es profundamente transformada al integrarse en el marco de la teología cristiana. Al igual que Aristóteles, Santo Tomás sostiene que toda acción humana está orientada a un fin, y que el fin último del ser humano es la felicidad. Sin embargo, mientras que Aristóteles situaba la felicidad en la contemplación intelectual alcanzable en esta vida, Santo Tomás afirma que la felicidad plena solo puede alcanzarse en la vida futura, mediante la contemplación de Dios.

Ética Teleológica y Felicidad

La ética tomista es, por tanto, una ética teleológica, es decir, una ética orientada a un fin. Los actos humanos son buenos o malos en función de si conducen o no al fin último del ser humano. Obrar bien consiste en orientar libremente la propia conducta hacia Dios, que es el bien supremo.

Aunque el ser humano no puede alcanzar la felicidad perfecta en esta vida, sí puede lograr una felicidad imperfecta, consistente en vivir conforme a la razón y dirigir sus actos hacia el bien. De este modo, cada acción humana adquiere valor moral en la medida en que contribuye a la consecución del fin último.

La Teoría de la Ley

Para guiar la conducta humana hacia ese fin, Santo Tomás desarrolla su teoría de la ley. En la cima se encuentra la ley eterna, que es la razón divina con la que Dios gobierna todo el universo. Todos los seres participan de la ley eterna, pero de manera distinta: los seres irracionales lo hacen de forma inconsciente, mientras que el ser humano participa de ella de forma consciente y racional.

La Ley Natural y sus Preceptos

La participación de la ley eterna en la criatura racional recibe el nombre de ley natural. La ley natural es, por tanto, la parte de la ley eterna que se refiere específicamente al ser humano. Sus preceptos se fundamentan en las tendencias naturales del hombre y pueden ser conocidos mediante la razón.

De estas tendencias se derivan los principales preceptos morales:

  • De la tendencia a conservar la vida se sigue que es bueno todo lo que la protege y malo lo que la destruye.
  • De la tendencia a la procreación y cuidado de la prole se deriva la obligación de educar y proteger a los hijos.
  • De la tendencia propiamente humana al conocimiento se deriva la obligación de buscar la verdad, especialmente la verdad suprema que es Dios.

Dado que la ley natural se basa en la naturaleza humana, sus normas son universales, eternas e inmutables. Sin embargo, como el ser humano puede errar en su razonamiento o no todos tienen la capacidad de conocerla racionalmente, Dios decidió expresarla de forma positiva a través de la Revelación, concretamente en los Diez Mandamientos.

En conclusión, la ética de Santo Tomás concibe la vida moral como un camino racional y libre hacia Dios, en el que la ley natural orienta la conducta humana y garantiza un orden moral objetivo fundamentado en la naturaleza humana y en la razón divina.

La Filosofía Política de Santo Tomás de Aquino

Está profundamente influida por Aristóteles y parte de una concepción natural y racional del Estado, aunque integrada en una visión cristiana del mundo. Para Santo Tomás, el ser humano es por naturaleza un ser social y político, ya que ningún individuo puede alcanzar por sí solo todo lo necesario para vivir bien. De esta carencia natural surge la necesidad de la vida en comunidad y, finalmente, del Estado.

El Estado como Institución Natural

El Estado no es una consecuencia del pecado, como sostenía San Agustín, sino una institución natural, orientada a un fin positivo: el bien común. El bien común no se identifica con la suma de intereses particulares, sino con las condiciones sociales que permiten a los ciudadanos vivir conforme a la razón y alcanzar la virtud. Por ello, la política está estrechamente relacionada con la ética, ya que ambas buscan el perfeccionamiento del ser humano.

Santo Tomás considera la ciencia política como una ciencia fundamental dentro de la filosofía práctica. En un primer sentido, se ocupa del fin último de las acciones humanas en sociedad; en un segundo sentido, posee un carácter principal respecto de la filosofía moral, ya que ordena las acciones individuales al bien común.

La Jerarquía de Leyes y la Justicia

La política se articula a través de la ley, que tiene su origen último en Dios. En la cima se encuentra la ley eterna, expresión de la razón divina que gobierna el universo. De ella deriva la ley natural, inscrita en la razón humana, que orienta al hombre hacia el bien. A su vez, la ley humana o positiva debe derivarse de la ley natural y concretarla en normas adaptadas a cada sociedad.

Cuando una ley humana contradice la ley natural, deja de ser ley en sentido propio y se convierte en una ley injusta. En ese caso, Santo Tomás afirma que no obliga en conciencia y puede, e incluso debe, ser desobedecida. Esta idea fundamenta una concepción objetiva de la justicia y limita el poder político.

Formas de Gobierno y Resistencia

El poder político, en última instancia, proviene de Dios, ya que toda autoridad participa del orden querido por Él. Sin embargo, esto no justifica cualquier forma de gobierno. Santo Tomás defiende como forma ideal la monarquía electiva, pues considera que el gobierno de uno solo favorece la unidad y el orden, siempre que esté orientado al bien común. No obstante, reconoce que toda forma de gobierno puede degenerar en tiranía.

Cuando el gobernante ejerce su poder de manera tiránica, buscando su propio interés y no el bien común, el pueblo tiene derecho a resistir y, en casos extremos, a deponer al tirano, siempre que ello no provoque un mal mayor.

Propiedad Privada

En cuanto a la propiedad privada, Santo Tomás la reconoce como un derecho natural, pero subordinado al bien común. La propiedad tiene una función social, y en situaciones de necesidad extrema el Estado puede disponer de los bienes privados para garantizar la supervivencia de la comunidad, ya que el propietario último de todas las cosas es Dios.

En conclusión, la política tomista es una teoría equilibrada que combina razón y fe, naturaleza y moral, defendiendo un Estado orientado al bien común, limitado por la justicia y subordinado a la ley natural.


La Problemática del Hombre en Descartes

Se inscribe en el contexto del racionalismo moderno, caracterizado por la búsqueda de un conocimiento absolutamente seguro y por la ruptura con la tradición escolástica medieval. Frente a la antropología aristotélico-tomista, que concebía al ser humano como una unidad sustancial de alma y cuerpo, Descartes propone una visión dualista, que marcará profundamente la filosofía posterior.

El Cogito y la Res Cogitans

El punto de partida de su reflexión es la duda metódica, mediante la cual Descartes pone en cuestión todo aquello que puede ser dudado: los sentidos, el mundo exterior e incluso las verdades matemáticas. Sin embargo, en medio de la duda descubre una verdad indudable: “pienso, luego existo” (cogito ergo sum). Esta certeza revela que la esencia del hombre no es el cuerpo, sino el pensamiento.

A partir del cogito, Descartes define al ser humano esencialmente como una sustancia pensante (res cogitans), cuya naturaleza consiste en pensar: dudar, afirmar, negar, querer, imaginar y sentir. El cuerpo, por el contrario, pertenece al ámbito de la sustancia extensa (res extensa), caracterizada por la extensión, la figura y el movimiento, y sometida a leyes mecánicas.

Dualismo Radical y el Problema de la Interacción

De este modo, Descartes formula un dualismo antropológico radical: el hombre está compuesto de dos sustancias completas e independientes, el alma y el cuerpo. El alma es inmaterial, indivisible e inmortal; el cuerpo es material, divisible y corruptible. Esta concepción rompe con el hilemorfismo aristotélico, según el cual el alma era la forma del cuerpo, y plantea un problema central: ¿cómo se relacionan dos sustancias tan distintas?

Para explicar la interacción entre alma y cuerpo, Descartes recurre a la glándula pineal, situada en el cerebro, que actuaría como punto de unión entre ambas sustancias. Aunque esta explicación resulta hoy científicamente insostenible, muestra el esfuerzo cartesiano por dar cuenta de la experiencia humana unitaria desde un planteamiento dualista.

Cuerpo Mecanicista y Distinción Animal-Hombre

El cuerpo humano es concebido por Descartes de manera mecanicista: funciona como una máquina regida por leyes físicas, al igual que el resto de la naturaleza. En este sentido, no hay diferencia esencial entre el cuerpo humano y el de los animales. Sin embargo, Descartes sostiene que los animales carecen de alma racional y son simples autómatas, mientras que el ser humano posee razón y conciencia de sí.

La diferencia fundamental entre el hombre y el animal reside, por tanto, en la capacidad de pensamiento y lenguaje racional. Esta concepción refuerza la centralidad del sujeto pensante y sitúa a la razón como el rasgo definitorio de lo humano.

Libertad y Responsabilidad Moral

En relación con la libertad, Descartes afirma que el ser humano es libre porque posee una voluntad infinita, que no está limitada como el entendimiento. El error no procede de Dios, sino del mal uso de la libertad: cuando la voluntad se adelanta al entendimiento y afirma como verdadero aquello que no se percibe con claridad y distinción, el hombre se equivoca. De este modo, el ser humano es responsable moralmente de sus errores.

En conclusión, la antropología cartesiana define al hombre como un sujeto racional, consciente y libre, marcado por un dualismo alma–cuerpo que inaugura la antropología moderna y sitúa al yo pensante como fundamento del conocimiento y de la filosofía.

La Ética de Descartes

Presenta un carácter particular y novedoso, ya que no constituye un sistema moral cerrado como el de Aristóteles o Santo Tomás, sino que aparece vinculada a su proyecto general de fundamentar el conocimiento. La moral cartesiana se apoya en la razón y en la libertad humana, y tiene como objetivo principal guiar la conducta del individuo mientras se alcanza un conocimiento seguro.

Moral Provisional

En el Discurso del método, Descartes formula una moral provisional, necesaria porque, mientras se aplica la duda metódica y se reconstruye el saber, el ser humano no puede dejar de actuar. Esta moral provisional cumple una función práctica: permitir vivir de manera ordenada y razonable mientras se alcanza la verdad. Sus máximas fundamentales son:

  1. Obedecer las leyes y costumbres del país.
  2. Ser firme y decidido en las acciones.
  3. Vencerse a uno mismo antes que a la fortuna.
  4. Dedicar la vida al cultivo de la razón.

Pasiones y Dominio Racional

La ética cartesiana está profundamente relacionada con su concepción del ser humano como una unión de alma y cuerpo. Aunque el alma es una sustancia pensante, en la vida moral se ve afectada por las pasiones, que surgen de la interacción entre el alma y el cuerpo. En su obra Las pasiones del alma, Descartes analiza estas pasiones no como algo negativo en sí mismo, sino como fenómenos naturales que pueden ser útiles si son guiados correctamente por la razón.

El objetivo de la ética no es eliminar las pasiones, sino dominarlas mediante la razón. Cuando las pasiones son comprendidas y orientadas racionalmente, contribuyen al bienestar del individuo. El problema moral surge cuando la voluntad se deja arrastrar por pasiones desordenadas sin el control del entendimiento.

Libertad, Error y Virtud

La libertad ocupa un lugar central en la ética cartesiana. Descartes sostiene que el ser humano posee una voluntad infinita, que es la fuente de su dignidad, pero también del error moral. El error no procede de Dios, que es perfecto y veraz, sino del mal uso de la libertad humana. Cuando la voluntad afirma o actúa sin una percepción clara y distinta del entendimiento, se produce el error moral.

La virtud fundamental en Descartes es la generosidad, entendida como el conocimiento de que nada nos pertenece verdaderamente salvo el uso correcto de nuestra libertad. El hombre generoso es aquel que se gobierna a sí mismo, actúa conforme a la razón y no se deja dominar por las pasiones ni por bienes externos.

La felicidad, para Descartes, no depende de la fortuna ni de los bienes materiales, sino del buen uso de la razón y de la voluntad. El bien supremo consiste en vivir de acuerdo con la razón, aceptando lo que no depende de nosotros y dirigiendo nuestras acciones con claridad y firmeza.

En conclusión, la ética cartesiana es una ética racional y personal, centrada en el dominio de sí, en la libertad responsable y en la búsqueda de la felicidad mediante el uso correcto de la razón. Aunque no constituye un sistema moral definitivo, sienta las bases de una ética moderna basada en el sujeto racional y libre.


Literatura Latina: Géneros y Autores Clave

1. Oratoria

👉 Marco Tulio Cicerón

Principal orador de la Roma republicana. Defiende que el buen orador debe dominar la palabra, pero también tener una sólida formación moral, política y cultural.

Obras Destacadas:
  • Catilinarias (Catilinariae): Serie de cuatro discursos en los que Cicerón acusa al político Catilina de preparar una conspiración para dar un golpe de Estado. Su objetivo es alertar al Senado y justificar la condena de los implicados para salvar la República.
  • Filípicas (Philippicae): Discursos dirigidos contra Marco Antonio. Cicerón lo presenta como un peligro para Roma e intenta convencer al Senado de que lo declare enemigo de la patria.
  • De oratore: Tratado sobre la oratoria escrito en forma de diálogo. En él se debate qué cualidades debe tener un buen orador: no solo hablar bien, sino poseer amplios conocimientos y saber actuar correctamente en la vida pública.
  • De re publica: Obra política en la que Cicerón defiende que la constitución romana tradicional es la mejor forma de gobierno, ya que combina elementos de monarquía, aristocracia y democracia.

👉 Quintiliano

Orador y profesor de retórica en época imperial. Considera que el orador ideal debe ser una persona moralmente ejemplar.

Obra Principal:
  • Institutio oratoria: Tratado completo sobre la educación del orador desde la infancia hasta su actuación ante el público. Explica cómo debe formarse tanto en valores morales como en técnica oratoria y cultura general.

2. Poesía Lírica

Género que expresa sentimientos y reflexiones personales en primera persona. En Roma se convierte en una poesía culta destinada a la lectura privada.

👉 Catulo

Poeta del siglo I a. C. que introduce una poesía íntima, personal y refinada.

Obra:
  • Carmina (Poemas): Conjunto de poemas que incluye composiciones breves y ligeras, poemas mitológicos más extensos y epigramas. Destacan los poemas dedicados a Lesbia, una mujer culta con la que el poeta vive una relación amorosa intensa, marcada por la pasión, los celos, la traición y el desengaño.

👉 Horacio

Poeta lírico y satírico. Defiende la moderación, el equilibrio y el disfrute del presente.

Obras:
  • Sátiras (Sermones): Poemas en los que critica, con ironía, los vicios de la sociedad romana como la avaricia o la ambición. Valora la vida sencilla y tranquila del campo frente al estrés de la ciudad.
  • Ars poetica: Epístola en verso donde Horacio explica cómo debe componerse una obra literaria: combinando inspiración y trabajo, y uniendo lo útil con lo agradable.

3. Elegía

Subgénero de la lírica centrado sobre todo en el amor. El poeta se presenta sometido a la amada, que suele ser dominante y caprichosa.

👉 Tibulo

Poeta elegíaco que defiende una vida sencilla y pacífica.

Obra:
  • Elegías: Poemas que tratan el amor, la amistad, la religiosidad y la tranquilidad de la vida campestre. Rechaza valores como la ambición política, la guerra y el deseo de riqueza.

👉 Propercio

Poeta elegíaco de tono apasionado y conflictivo.

Obra:
  • Elegías: La mayoría de sus poemas giran en torno a Cintia, una mujer culta e independiente. La relación amorosa aparece como intensa, dolorosa y llena de celos y contradicciones.

👉 Ovidio

Poeta de época clásica, elegante e ingenioso, que renueva la poesía amorosa.

Obras:
  • Amores: Poemas que narran las aventuras amorosas del poeta con Corina, en un ambiente frívolo y refinado donde el amor se concibe como un juego.
  • Ars amatoria: Manual irónico sobre cómo conquistar y conservar el amor. Los dos primeros libros están dirigidos a los hombres y el tercero a las mujeres.
  • Remedia amoris: Obra que ofrece consejos para superar el amor y liberarse de su sufrimiento, siempre con un tono humorístico.

4. Poesía Épico-Didáctica

👉 Ovidio

Obra:
  • Metamorfosis: Poema que reúne alrededor de 250 mitos unidos por la idea de la transformación. Los personajes, tanto dioses como héroes y humanos, se transforman en animales, plantas o elementos de la naturaleza. La obra comienza con la creación del mundo y termina con episodios históricos como la guerra de Troya.