La literatura española en el siglo XVIII
El siglo XVIII asiste a la desaparición progresiva del Barroco y la aparición de nuevos estilos propiamente dieciochescos. Se trata de un período poco uniforme en el que se desarrollan estéticas diferentes que llegan, incluso, a simultanearse.
- Posbarroco: Así se denomina el estilo cultivado durante la primera mitad del XVIII, que enlaza formal y temáticamente con el estilo propio de la centuria anterior. En esta primera mitad del siglo aún se imita la dificultad barroca y las formas culteranas y conceptistas, si bien ha desaparecido el pesimismo anterior y se observa una visión del mundo más optimista.
- Rococó: Con este término aludimos a un arte juguetón y superficial que aboga por el buen gusto, la coquetería, la gracia y el ingenio.
- Neoclasicismo: Es el estilo oficial del despotismo ilustrado, el más característicamente dieciochesco. Sus rasgos definitorios son el didactismo, el utilitarismo y la búsqueda de un arte reflexivo sustentado en la razón. El neoclasicismo defiende un arte austero basado en la imitación de los clásicos. Por este motivo, las preceptivas literarias se pusieron de moda en un deseo de volver a la literatura clásica. Esto fue especialmente notable en el teatro, donde se aplicó de forma estricta la regla de las tres unidades; la novela apenas se cultiva.
- Prerromanticismo: Presenta una serie de elementos que se escapan del dominio de la razón y que anuncian la llegada del estilo romántico propio del siglo XIX, si bien nunca se pierde de vista lo racional. En ciertas obras observamos una especial atención a lo melancólico.
El siglo XVIII europeo: El inicio de la modernidad
El siglo XVIII es el punto de arranque de un movimiento expansivo que llega hasta nuestros días.
- Socialmente: Asistimos al auge y consolidación de la burguesía.
- Económicamente: Es fundamental el proceso de industrialización.
- Políticamente: El régimen dominante es el despotismo ilustrado. El propósito de este régimen político consistía en acelerar el progreso económico y cultural de los pueblos, fomentar la educación y alcanzar el bienestar de los ciudadanos, incluso en contra de su voluntad.
- Culturalmente: Nos hallamos ante una etapa de optimismo. La razón se convierte en el motor de la sociedad: se potencia el racionalismo. La luz será la metáfora de esta razón. Por ello, el siglo XVIII ha sido denominado Siglo de las Luces o Ilustración.
En definitiva, asistimos en este siglo a la llamada crisis de la conciencia europea, por la que se someten a discusión y crítica todas las ideas comúnmente aceptadas y se propone una revisión racional de todos los saberes de la humanidad.
La prosa y el ensayo
El ensayo es el género prosístico más importante del siglo XVIII en España. Este género, que se ajusta plenamente a los presupuestos didácticos y utilitarios de la Ilustración, trajo consigo un nuevo estilo de prosa, caracterizado por ser llano, directo, natural y preciso, sin artificios ni ambigüedades. La prosa ensayística no trata de despertar la emoción del lector, sino que busca la reflexión. El ensayo dieciochesco impulsó el español como lengua de la ciencia y de la filosofía. El padre Benedito Jerónimo Feijoo fue el iniciador de este género, que pronto halló en la prensa su canal idóneo de divulgación. Otro de los principales prosistas del siglo fue Gaspar Melchor de Jovellanos. Con todo, es José de Cadalso el principal prosista de la época.
José de Cadalso
Cultivó diversos géneros literarios, pero es en la prosa donde alcanza sus más altas cotas expresivas. En 1772 publica Los eruditos a la violeta, una gran sátira contra los falsos intelectuales. En 1793 se editaron sus Cartas marruecas, colección de noventa y una epístolas en las que vierte sus pensamientos sobre la sociedad y la cultura española. Su última obra, Noches lúgubres, fue publicada póstumamente. Su protagonista, Tediato, dialoga con Lorenzo, el sepulturero del cementerio donde está enterrada su amada. Durante tres noches seguidas, Tediato intenta desenterrar el cuerpo de esta porque quiere llevárselo a casa para, una vez allí, suicidarse quemándose junto al cadáver.
El teatro en el siglo XVIII
Durante el siglo XVIII, los teatros siguieron ofreciendo piezas que continuaban la estética barroca, en especial las obras de Calderón. Las novedades comenzarán a producirse en la segunda mitad del siglo; los cambios no serán bien recibidos salvo por la minoría ilustrada. Desde 1750 se escribieron algunas tragedias al estilo del francés Racine, respetando la regla de las tres unidades.
El género dramático en este siglo se vio envuelto en varias polémicas. Se discutió sobre la conveniencia o no del teatro. Los disparates que se veían en escena provocaban que algunos pidieran la supresión de las representaciones. De hecho, los autos sacramentales, que se habían convertido en piezas de escenografía deslumbrante y exagerada contrarias al buen gusto neoclásico, se prohibieron en 1765. Los esfuerzos de los ilustrados iban destinados a conseguir un nuevo teatro que siguiera la regla de las tres unidades y que fuese escuela de buenas costumbres. Las nuevas obras debían buscar la verosimilitud y presentar personajes y conflictos universales de los que pudiera extraerse una enseñanza útil. Este tipo de teatro no obtuvo, salvo contadas excepciones, el favor del público. Autores destacables fueron Tomás de Iriarte, Jovellanos, Leandro Fernández de Moratín y Ramón de la Cruz, impulsor del género del sainete, breve pieza dramática de carácter humorístico y popular.