Crisis y decadencia de la Monarquía Hispánica: el reinado de Carlos II y el problema sucesorio
Durante la primera parte del gobierno de Carlos II, su madre llevó a cabo la regencia con validos como Nithard o Fernando de Valenzuela. A su mayoría de edad, primero gobernó Juan José de Austria y, después, el Duque de Medinaceli y el Conde de Oropesa, quienes realizaron una acertada política financiera de reducción de impuestos y contuvieron los gastos públicos, acabando con la crisis del siglo XVII y poniendo las bases de la recuperación del XVIII.
Sin embargo, España conservaba una imagen de decadencia internacional, acrecentada por la incapacidad del rey. En política exterior, se reconoció la independencia de Portugal en 1668. España sufrió la política expansionista de Luis XIV:
- Paz de Aquisgrán (1668): España cedió Lille y plazas flamencas a Francia.
- Paz de Nimega (1678): Entregó el Franco Condado y más plazas flamencas.
Al final, solo conservaba los Países Bajos del Sur, el Milanesado, Nápoles, Sicilia y Cerdeña. En la política interior, el debilitamiento del Estado incrementó los privilegios de la aristocracia y la Iglesia. Pese a la mejora económica, las revueltas no desaparecieron (Valencia, segunda Germanía; y Madrid, motín de los gatos).
El final del reinado de Carlos II desató una crisis internacional por la sucesión de la Corona. El rey no tenía descendencia y el candidato principal (José Fernando de Baviera) murió. España quiso mantener la unidad territorial, mientras que el resto de potencias buscaban repartirse los territorios para asegurar el equilibrio continental. Tanto los Borbones como los Austrias tenían derecho a gobernar. Inglaterra y las Provincias Unidas temían la unión de las coronas francesa y española, o la resurrección del imperio de los Austrias. Por ello, en 1700, Inglaterra mantuvo al margen a España del Tratado de Partición. Finalmente, Carlos II rechazó el acuerdo y nombró sucesor a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, con dos condiciones: mantener la integridad territorial del Imperio español y no unir las dos coronas. Esto fue rechazado por el archiduque Carlos de Austria, dando inicio a la Guerra de Sucesión.
La Guerra de Sucesión Española y el sistema de Utrecht. Los Pactos de Familia
La muerte de Carlos II sin descendencia (1700) provocó una lucha sucesoria entre Borbones y Habsburgos, implicando a Inglaterra, Holanda, Prusia, Saboya y Portugal. En España, Castilla apoyó a los Borbones, buscando una política más centralista, mientras que Aragón apoyó a los Austrias, deseando el respeto de sus fueros.
Tras la victoria de Felipe V y la firma de la Paz de Utrecht (1712-1714), se estableció un nuevo equilibrio de poder en Europa:
- Felipe V renunció a la sucesión francesa.
- España cedió los Países Bajos e Italia a Austria.
- España cedió Gibraltar y Menorca a Inglaterra, además del navío de permiso y el asiento de negros, rompiendo el monopolio comercial americano.
Posteriormente, se firmaron los Pactos de Familia. La participación de España en la Guerra de Independencia de los EE. UU. permitió recuperar Menorca mediante el Tratado de Versalles de 1783.
La nueva Monarquía Borbónica. Los Decretos de Nueva Planta. Modelo de Estado y alcance de las reformas
Felipe V (1701-1746) unificó y centralizó la política con los Decretos de Nueva Planta, asimilando las leyes e instituciones de los reinos de la Corona de Aragón a las de Castilla (1707 en Valencia y Aragón; 1716 en Cataluña y Baleares). Solo Navarra y el País Vasco mantuvieron sus fueros por su fidelidad a Felipe V.
Características del modelo borbónico:
- Absolutismo: Se imitó el modelo francés. Felipe V introdujo la Ley Sálica, prohibiendo reinar a las mujeres.
- Administración: Se prescindió de los Consejos, cuyas funciones fueron asumidas por las Secretarías de Estado.
- Territorio: Se dividió en intendencias, dirigidas por intendentes con atribuciones en justicia, impuestos, policía y guerra.
- Regalismo: Los monarcas ejercieron privilegios sobre la Iglesia, como la presentación de obispos, destacando la expulsión de la Compañía de Jesús.
Con estas reformas, se logró sanear la Hacienda pública y reducir el poder de la nobleza y el clero, consolidando un Estado centralizado gobernado desde Madrid.