Descartes y Hume: método, sustancia y la crítica al conocimiento moderno

Introducción

René Descartes, considerado el primer filósofo de la modernidad (siglo XVII), surge en un contexto marcado por una profunda revolución científica y humanista que rompe el orden medieval. Su preocupación es establecer un método que garantice la certeza, evitando los errores de la filosofía escolástica tradicional, que consideraba llena de disputas absurdas.

El objetivo es proveer a la nueva ciencia de una base metafísica sólida que sustituya al modelo aristotélico. Toma como modelo de saber la matemática y la geometría, que aportan certeza y evidencia. Aspira a una ciencia única basada en un método universal, comparando el conocimiento con un árbol donde la metafísica son las raíces, la física el tronco y las demás ciencias las ramas.

Método cartesiano

El método cartesiano se apoya en dos operaciones fundamentales de la mente: la intuición y la deducción. La intuición es una captación inmediata y simple de una idea, a la que la razón no puede sino asentir debido a su absoluta claridad y distinción. La deducción es un proceso discursivo que permite inferir nuevas verdades a partir de lo ya conocido (ideas simples). Estas operaciones se concretan en cuatro reglas fundamentales, expuestas en el Discurso del método:

  • Regla de la evidencia: Consiste en no admitir jamás como verdadera cosa alguna que no se presente al espíritu de forma tan clara y distinta que no quepa la menor duda.
  • Regla del análisis: Prescribe dividir cada una de las dificultades en tantas partes como sea posible para resolverlas mejor, buscando los elementos simples de la realidad.
  • Regla de la síntesis: Propone conducir los pensamientos ordenadamente, empezando por los objetos más simples hasta el conocimiento más complejo.
  • Regla de la enumeración o revisión: Exige realizar recuentos y revisiones para tener la seguridad de no haber omitido nada en el proceso.

La duda metódica

La filosofía de Descartes marca el inicio de la modernidad al proponer una ruptura radical con la tradición escolástica y aristotélica, incapaz de fundamentar los hallazgos de la nueva ciencia. Ante la falta de certezas en la filosofía de su tiempo, Descartes se propone encontrar una verdad absoluta e indudable sobre la cual reconstruir el edificio del conocimiento humano, utilizando como modelo la claridad y distinción de las matemáticas. El instrumento fundamental para este propósito es la duda metódica, un procedimiento analítico que consiste en rechazar como absolutamente falso todo aquello en lo que se pueda imaginar la menor sospecha de duda.

A diferencia del escepticismo tradicional, que duda para concluir que la verdad es inalcanzable, la duda de Descartes es metódica y provisional: es un camino para alcanzar la certeza. Se define por cuatro rasgos esenciales:

  • Universal: Afecta a todos los conocimientos que no sean evidentes, incluyendo la existencia del mundo y las matemáticas.
  • Metódica: Es el primer paso del método, una herramienta de análisis para llegar a los elementos más simples de la realidad.
  • Teorética: Solo se aplica a la reflexión filosófica y científica, excluyendo los asuntos prácticos de la moral y la religión para evitar el caos social.
  • Provisional: Es un punto de partida necesario para encontrar una base firme; una vez hallada, la duda se abandona.

Agrupación del conocimiento según su fuente

Para aplicar el análisis de forma ordenada, Descartes agrupa los conocimientos según su fuente:

1. El conocimiento sensible y la falibilidad de los sentidos: Descartes comienza dudando de la información que proporcionan los sentidos, pues estos nos engañan en ocasiones, como ocurre con el Sol, que parece pequeño aunque sea inmenso, o con un bastón sumergido en agua que parece quebrado por la refracción. Descartes rechaza la sensibilidad como fuente de certeza.

Demostración de la existencia de Dios

La demostración de la existencia de Dios es el paso fundamental para salir del solipsismo (la soledad del «yo» pensante) y recuperar la certeza sobre la realidad del mundo exterior. Una vez que ha descubierto el cogito como primera verdad, Descartes examina sus ideas innatas para ver si alguna de ellas garantiza la existencia de algo fuera de su mente. Descartes propone tres argumentos principales para demostrar la existencia de Dios:

  • Argumento de la infinitud: Descartes encuentra en su mente la idea de un ser infinito y perfecto. Dado que él es un ser finito, no puede ser la causa de una idea de infinitud, ya que el efecto no puede ser superior a la causa. Por tanto, debe existir una realidad infinita fuera de él que haya puesto esa idea en su pensamiento.
  • Argumento de Dios como causa de mi ser: Argumenta que, si él mismo fuera el creador de su propio ser, se habría otorgado todas las perfecciones que puede imaginar (como la omnisciencia o la omnipotencia). Como carece de ellas, debe depender de un ser más perfecto que él, del cual ha obtenido lo que posee.
  • Argumento ontológico: Basado en la herencia de Anselmo de Canterbury, sostiene que la existencia es una perfección necesaria de la idea de un ser infinitamente perfecto. Así como no se puede concebir un triángulo sin que la suma de sus ángulos sea igual a dos rectos, no se puede pensar en un ser sumamente perfecto al que le falte la existencia, pues dejaría de ser perfecto.

Para Descartes, Dios es la res infinita, la única sustancia que existe de tal manera que no necesita de ninguna otra para existir (causa sui). Su papel es crucial por dos motivos:

  • Eliminación del Genio Maligno: Puesto que Dios es sumamente perfecto y bueno, no puede ser un engañador, ya que el engaño es una imperfección. Esto permite descartar definitivamente la hipótesis del genio maligno.
  • Garantía de la verdad: La veracidad divina es el fundamento último del criterio de certeza. Dios garantiza que todas las cosas que el hombre concibe de forma clara y distinta (como las matemáticas o la extensión del mundo material) son efectivamente verdaderas.

Es importante notar que el Dios de Descartes es un Dios filosófico. Sirve como el pilar metafísico que permite el desarrollo de la ciencia moderna.

Ontología cartesiana: sustancia, atributos y modos

La ontología de Descartes se fundamenta en el concepto central de sustancia, que define como «una cosa que existe de tal manera que no necesita a ninguna otra para existir». Aunque, siguiendo esta definición con rigor, solo Dios podría ser considerado sustancia por ser el único ser absolutamente independiente, Descartes distingue tres realidades o ámbitos de lo real: la res infinita (Dios), la res cogitans (el Yo o alma) y la res extensa (el mundo material). A cada una de estas sustancias le corresponde un atributo, que constituye su esencia, y diversos modos, que son las formas concretas en que dicha sustancia se manifiesta o dispone.

En el sistema cartesiano, la sustancia infinita (Dios) posee los atributos de infinitud y perfección, y carece de modos, ya que al ser perfecto no sufre modificaciones. Por otro lado, las sustancias finitas son el alma y el cuerpo. El atributo del alma (res cogitans) es el pensamiento, mientras que sus modos son actividades mentales como dudar, imaginar, sentir o afirmar. El atributo de los cuerpos (res extensa) es la extensión (espacio tridimensional), y sus modos incluyen la figura, la posición y el movimiento. Esta división da lugar a un marcado dualismo antropológico, donde el alma es totalmente independiente del cuerpo y no necesita de él para existir.

Comparación con Spinoza y Leibniz

Al comparar esta estructura con la de Baruch Spinoza, se observa que este último lleva la definición de sustancia de Descartes a su extremo lógico. Spinoza argumenta que si una sustancia es aquello que no necesita de nada más para existir, entonces solo puede existir una única sustancia, que es Dios. Mientras Descartes es un dualista que admite sustancias creadas e independientes entre sí, Spinoza propone un monismo panteísta donde el pensamiento y la extensión no son sustancias distintas, sino atributos de la única sustancia divina. Para Spinoza, todo lo que existe es una manifestación de Dios, eliminando la separación radical que Descartes mantenía entre el Yo y el Mundo para facilitar el estudio científico.

Respecto a Gottfried Wilhelm Leibniz (identificado en las fuentes como parte del gran triunvirato racionalista junto a Descartes y Spinoza), su ontología comparte la confianza plena en la autonomía de la razón para alcanzar la verdad. Los tres autores sostienen que existe una correspondencia entre el pensar y el ser, lo que implica que la realidad tiene una estructura racional que el pensamiento humano puede descubrir mediante el método adecuado. Leibniz, al igual que sus contemporáneos, defiende la existencia de ideas innatas (como la de sustancia o infinito) que no proceden de los sentidos y que garantizan la objetividad del conocimiento.

Una diferencia clave entre estos filósofos radica en su concepción de la naturaleza y el mecanismo del mundo. Descartes propone un modelo mecanicista donde el mundo material es un gran autómata formado por masas y volúmenes movidos por leyes naturales físicas, sin propósitos ni deseos internos. Este modelo permitió que la ciencia moderna se desprendiera de la teología, dejando el estudio de la materia exclusivamente a los científicos. Leibniz y Spinoza, aunque racionalistas, construyeron sistemas metafísicos propios que, si bien respetaban la lógica matemática, ofrecían interpretaciones distintas sobre la conexión entre lo espiritual y lo material que Descartes intentó resolver mediante la glándula pineal.

En resumen, la ontología de Descartes establece un pluralismo de sustancias (Infinita, Pensante y Extensa) basado en la claridad y distinción de la razón. Spinoza reduce esta multiplicidad a una unidad absoluta (monismo), mientras que el racionalismo de Leibniz refuerza la idea de una realidad cuya esencia es accesible al intelecto puro. Los tres filósofos comparten el objetivo de proveer a la nueva ciencia de un fundamento metafísico sólido, sustituyendo el modelo aristotélico cualitativo por uno basado en la razón y la medida.

David Hume: empirismo y crítica al racionalismo

La teoría del conocimiento de David Hume representa la culminación del empirismo moderno y se construye, en gran medida, como una respuesta crítica y radical al racionalismo de René Descartes. Mientras Descartes buscaba cimentar el saber en la razón absoluta y verdades indudables, Hume sostiene que el conocimiento humano es limitado y tiene su origen y frontera infranqueable en la experiencia sensible.

La divergencia fundamental comienza en el origen de nuestros contenidos mentales. Descartes defendía la existencia de ideas innatas, como la de Dios o la infinitud, que nacen con el individuo y no proceden de los sentidos. Por el contrario, Hume afirma que la mente es una «pizarra vacía» (tabula rasa) que se llena exclusivamente a través de la percepción.

Hume clasifica todos los contenidos de la mente como percepciones, las cuales divide en dos categorías según su fuerza y vivacidad:

  • Impresiones: Son las percepciones más intensas que recibimos cuando sentimos, ya sea a través de los sentidos externos (sensaciones) o internos (sentimientos o pasiones).
  • Ideas: Son representaciones o copias de las impresiones en el pensamiento, por lo que son más débiles y borrosas.

De aquí surge el primer principio de Hume, opuesto al racionalismo: todas las ideas provienen de impresiones previas. Para Hume, una idea es falsa o ficticia si no se puede señalar la impresión de la que deriva, invalidando así conceptos metafísicos que Descartes daba por ciertos.

Crítica de Hume a la noción de sustancia

La noción de sustancia es el eje central de la ontología de Descartes, pero fue objeto de una crítica demoledora por parte de la tradición empirista, especialmente por David Hume, quien desmanteló los cimientos del racionalismo cartesiano.

Para Descartes, la sustancia se define como «una cosa que existe de tal manera que no necesita a ninguna otra para existir». Bajo este criterio, su sistema se articula en tres realidades:

  • Res infinita (Dios): La única sustancia en sentido estricto, pues es causa sui y no depende de nada.
  • Res cogitans (el Yo o alma): Una sustancia inmaterial cuya esencia es el pensamiento (dudar, imaginar, sentir) y que es independiente del cuerpo.
  • Res extensa (el mundo material): Su atributo es la extensión (espacio tridimensional) y funciona como un mecanismo regido por leyes físicas.

Descartes confía en la existencia de estas sustancias porque se presentan como ideas claras y distintas a la razón, y la veracidad de Dios garantiza que no somos engañados al percibirlas.

David Hume aplica un método radicalmente distinto: para que una idea sea verdadera, debe provenir de una impresión sensible. Al analizar la idea de sustancia, su crítica es total:

  • Inexistencia de impresión: Hume señala que no tenemos ninguna impresión de la «sustancia» en sí. Solo percibimos un conjunto de cualidades aisladas (colores, olores, sabores); la mente, por la fuerza de la costumbre y la imaginación, supone que existe un sustrato oculto que las une, pero esto es un artificio de la imaginación.
  • Crítica al «Yo» (res cogitans): Frente al cogito cartesiano («Pienso, luego existo»), Hume afirma que al mirar en su interior no encuentra un «yo» estable, sino solo un haz de percepciones cambiantes (calor, dolor, pensamientos) que se suceden con rapidez. El «yo» no es una sustancia, sino un «teatro» sin edificio, una mera colección de recuerdos unidos por la memoria.

Causalidad: ruptura entre Descartes y Hume

La crítica a la causalidad representa uno de los puntos de ruptura más drásticos entre el racionalismo de Descartes y el empirismo de Hume, conflicto que posteriormente intentará resolver Immanuel Kant. Mientras que para Descartes la causalidad es un principio racional seguro, para Hume es una mera costumbre psicológica sin fundamento objetivo.

Para René Descartes, la relación de causa y efecto es un principio racional que permite reconstruir la realidad tras la duda metódica. Su uso es fundamental en dos ámbitos:

  • Demostración de Dios: Descartes utiliza la causalidad para salir del «yo» (solipsismo). Argumenta que un ser finito no puede ser la causa de la idea de un ser infinito (Dios), por lo que debe existir una causa real fuera de él que haya puesto esa idea en su mente. También afirma que él mismo debe tener una causa (Dios) que lo mantenga en la existencia.
  • Mecanicismo y ciencia: En su ontología, el mundo material (res extensa) es un gran mecanismo donde los objetos se mueven unos a otros según leyes naturales físicas y matemáticas. La veracidad divina garantiza que estas leyes causales que la razón concibe de forma clara y distinta son verdaderas y no ilusiones.

David Hume desmonta esta visión racionalista al aplicar su criterio de verdad: para que una idea sea válida, debe derivar de una impresión. Hume observa lo siguiente:

  • Inexistencia de la «conexión necesaria»: Al analizar una relación causal (como el choque de dos bolas de billar), solo percibimos tres cosas: contigüidad en el espacio y tiempo, prioridad de la causa sobre el efecto y conjunción constante en el pasado. Sin embargo, no tenemos ninguna impresión de la «fuerza» o «conexión necesaria» que une la causa con el efecto.
  • Cuestión de hecho, no de razón: A diferencia de Descartes, Hume afirma que la causalidad no es una «relación de ideas» (como las matemáticas), sino una cuestión de hecho. Podemos imaginar que el fuego no queme o que el sol no salga mañana sin contradicción lógica, lo que prueba que la relación no es necesaria en sentido lógico.

Ética y política: Descartes vs. Hume

La comparación entre la ética y la política de David Hume y René Descartes revela una oposición fundamental entre el racionalismo y el empirismo aplicados a la vida práctica. Mientras Descartes busca una orientación basada en la razón (aunque sea de forma provisional), Hume traslada el fundamento de la moral al sentimiento y la utilidad.

La diferencia más drástica reside en el papel que desempeña la razón en la conducta humana:

Descartes y la moral provisional: Descartes considera que, dado que la vida no admite esperas, es necesario adoptar una moral provisional mientras se busca la certeza absoluta a través del método. Esta moral se basa en la sumisión de la voluntad a la razón; el objetivo es que el entendimiento descubra el orden del mundo para que la voluntad se adecue a él. Para Descartes, aunque en la moral solo alcancemos verdades probables y no certezas científicas, la razón sigue siendo la brújula necesaria para evitar el extravío.

Hume y el emotivismo moral: Hume rompe con esta tradición al afirmar que la razón es la esclava de las pasiones. Según su emotivismo moral, la razón no puede determinar qué es bueno o malo, ya que la distinción moral no surge de un juicio intelectual, sino de un sentimiento de agrado o desagrado. La virtud es simplemente lo que nos produce un sentimiento de aprobación (placer desinteresado) y el vicio lo que nos causa aversión (dolor). Además, Hume denuncia la falacia naturalista, señalando que no se puede deducir el «deber ser» (norma moral) a partir del «ser» (hechos).

En el ámbito político, sus enfoques también divergen desde el conformismo racionalista hacia el utilitarismo empírico:

Descartes y el respeto a la ley: La política cartesiana se manifiesta principalmente en la primera regla de su moral provisional: obedecer las leyes y costumbres del país. Su postura es conservadora y precavida; recomienda seguir las opiniones más moderadas para garantizar la tranquilidad y el «bien vivir» mientras el individuo se dedica al cultivo de su razón. No busca una reforma del Estado, sino una acomodación del individuo al orden establecido.

Hume y la utilidad colectiva: Hume propone una «Ciencia del Hombre» que aplique el método experimental a la política. Rechaza las teorías del contrato social y fundamenta la política en la utilidad pública. Una acción o institución política es buena si es útil para la sociedad. Para Hume, el poder político se legitima únicamente en la medida en que contribuye a aumentar la felicidad de los ciudadanos. Además, sostiene que la utilidad debe ser colectiva, pues un individuo no puede ser enteramente feliz si sus semejantes son desdichados.

Duda metódica detallada: sentidos, sueño y genio maligno

Descartes inicia un proceso de duda metódica. Esta duda no es la del escéptico que duda por sistema, sino una herramienta teorética y provisional diseñada para alcanzar una certeza inamovible. Descartes duda primero de los sentidos, que nos engañan a veces; luego de la realidad del mundo exterior mediante la hipótesis del sueño; y finalmente de los razonamientos matemáticos mediante la hipótesis del genio maligno (o dios engañador), un ser poderoso que podría hacernos errar incluso en lo que nos parece más evidente.

En el fondo de esta duda radical, Descartes descubre por intuición su primera verdad absoluta: «Cogito, ergo sum» (Pienso, luego existo). Aunque todo sea falso o producto de un engaño, el hecho mismo de dudar confirma la existencia de un sujeto que duda. El «Yo» se revela así como una res cogitans o sustancia pensante, cuya esencia es exclusivamente el pensamiento e independiente de cualquier realidad material.

A partir de esta primera certeza, el método exige recuperar la realidad previamente rechazada mediante la síntesis deductiva. Para salir del solipsismo del «Yo», Descartes examina las ideas de su mente y encuentra una idea singular: la idea de un ser perfecto e infinito o Dios (res infinita). Argumenta que un ser finito como el hombre no puede ser la causa de la idea de infinito, por lo que Dios debe existir realmente y haber puesto esa idea en nosotros como una idea innata.

La existencia de un Dios infinitamente perfecto y veraz se convierte en la garantía definitiva del método. Puesto que Dios no puede ser engañador, las ideas que la razón concibe de forma clara y distinta deben corresponderse con una realidad exterior. Esto permite demostrar la existencia del mundo físico o res extensa, definido por el atributo de la extensión cuantificable (espacio).

Hipótesis del sueño

La imposibilidad de distinguir el sueño de la vigilia: A continuación, radicaliza la duda mediante la hipótesis del sueño. A menudo tenemos sueños tan vívidos que, mientras dormimos, creemos que son reales; solo al despertar nos damos cuenta del engaño. Dado que no existen criterios absolutamente seguros para distinguir el estado de vigilia del sueño, Descartes se ve obligado a dudar incluso de la existencia de su propio cuerpo y de todo el mundo material que le rodea.

Hipótesis del genio maligno

La hipótesis del Genio Maligno y la duda sobre la razón: El nivel más profundo y radical de la duda afecta a las verdades matemáticas. Aunque conceptos como «2+3=5» parecen verdaderos tanto si soñamos como si estamos despiertos, Descartes introduce la figura del Genio Maligno (Deus deceptor): un ser hipotético, sumamente poderoso y astuto que emplea toda su industria en engañarnos, incluso en aquello que nos parece más evidente. Esta hipótesis lleva la duda a su extremo metafísico, haciendo que incluso la razón humana pueda ser puesta en tela de juicio.

Descartes descubre una verdad que resiste incluso la hipótesis del genio maligno: el hecho mismo de dudar. Si dudo, pienso; y si pienso, es necesario que yo, que pienso, sea alguna cosa. De aquí surge el primer principio de su filosofía: «Cogito, ergo sum» (Pienso, luego existo). Esta no es la conclusión de un silogismo, sino una intuición intelectual inmediata: en el acto de pensar se capta simultáneamente la propia existencia.

El «cogito» proporciona a Descartes el criterio de certeza definitivo: solo aceptará como verdadero aquello que se presente a su espíritu de forma clara y distinta, tal como se le presentó su propia existencia.

Aunque el «yo» es una verdad indudable, Descartes sigue encerrado en su conciencia (solipsismo) y aún debe justificar si sus ideas sobre el mundo exterior son verdaderas. Para lograrlo, examina sus ideas innatas y encuentra la idea de un ser perfecto e infinito (Dios). Argumenta que un ser finito como el «yo» no pudo crear la idea de infinito, por lo que Dios debe existir fuera de su mente para haber puesto esa idea en ella.

Comparación final entre Descartes y Hume

Hume, en cambio, propone un análisis basado en la asociación de ideas (por semejanza, contigüidad y causalidad) y distingue dos tipos de conocimiento:

  • Relaciones de ideas: Como las matemáticas o la lógica, que son verdades necesarias e intuitivas, pero no informan sobre el mundo real.
  • Cuestiones de hecho: Basadas en la experiencia, donde lo contrario siempre es posible y de las que solo tenemos un conocimiento probable, nunca certero.

La comparación se vuelve más aguda al analizar las tres sustancias que Descartes consideraba reales:

  • El Yo (res cogitans): Descartes lo consideraba la primera verdad indudable. Hume lo desmantela afirmando que no tenemos ninguna impresión de un «yo» estable, sino solo un «haz de impresiones» cambiantes.
  • Dios (res infinita): Descartes demostraba su existencia para que sirviera de garante de la verdad. Hume replica que no existe impresión de Dios y que las pruebas racionales son falaces, por lo que Dios no puede ser objeto de conocimiento.
  • El Mundo (res extensa): Descartes confiaba en la veracidad divina para asegurar la existencia de la realidad externa. Hume sostiene que solo conocemos nuestras percepciones y que la creencia en un mundo exterior es una ficción de la imaginación basada en la constancia de nuestras impresiones.

Para Descartes, la realidad es un mecanismo racional regido por leyes necesarias que la razón puede descubrir. Hume revoluciona esta idea al criticar la relación causal. Argumenta que en la experiencia solo vemos que un hecho sigue a otro (conjunción constante), pero nunca percibimos una «conexión necesaria» entre ellos.

En conclusión, mientras Descartes pone la razón como guía suprema e ilimitada, Hume traslada ese papel a la costumbre y el hábito. Para Hume, no es la razón la que nos permite sobrevivir, sino la creencia instintiva de que el futuro será igual al pasado, un principio que es útil para la vida pero lógicamente indemostrable.

Predecesores y sucesores críticos

Antes de Hume, otros autores iniciaron este camino crítico:

  • John Locke: Fue el primero en calificar la sustancia como un «no sé qué» que sirve de soporte a las cualidades, admitiendo la dificultad de conocerla.
  • George Berkeley: Radicalizó el psicologismo al afirmar que «ser es ser percibido». Negó la existencia de la sustancia material (res extensa), aunque mantuvo las sustancias espirituales (Yo y Dios) como causas de nuestras ideas.
  • Immanuel Kant: En su síntesis, Kant considera que la sustancia es una categoría o concepto puro del entendimiento que el sujeto impone para organizar los fenómenos. Sin embargo, advierte que solo podemos conocer el fenómeno (lo que se nos aparece) y nunca el noúmeno (la cosa en sí), por lo que la pretensión cartesiana de conocer el alma como sustancia es un error lógico o «paralogismo».

Kant y la causalidad

Hábito y costumbre: Concluimos que el futuro será como el pasado no por la razón, sino por el hábito. La causalidad es una creencia subjetiva necesaria para la vida, pero que convierte a la ciencia (como la física) en un conocimiento meramente probable y no absolutamente cierto.

Immanuel Kant acepta que Hume tiene razón al decir que la causalidad no deriva de la experiencia, pero rechaza que sea una simple costumbre.

Giro copernicano: Kant sostiene que la causalidad no es algo que «descubrimos» en las cosas, sino algo que el sujeto impone a los objetos para poder conocerlos.

Categoría a priori: La causa es un concepto puro o categoría del entendimiento. Es una estructura previa a la experiencia que organiza las sensaciones en el tiempo y el espacio.

Uso legítimo e ilegítimo: Kant critica a Descartes por hacer un uso trascendente de la causalidad al intentar demostrar la existencia de Dios. Según Kant, las categorías solo pueden aplicarse legalmente a los fenómenos (la experiencia sensible) y nunca a los noúmenos (cosas en sí como Dios o el alma).

En conclusión, mientras Descartes ve en la causalidad una ley objetiva del mundo y de Dios, Hume la reduce a una asociación psicológica basada en el hábito, y Kant la redefine como una ley necesaria de nuestra propia mente que hace posible la ciencia de la naturaleza.

Epílogo: utilidad, ciencia y moral

Hume y la utilidad colectiva: Hume propone una «Ciencia del Hombre» que aplique el método experimental a la política. Rechaza las teorías del contrato social y fundamenta la política en la utilidad pública. Una acción o institución política es buena si es útil para la sociedad. Para Hume, el poder político se legitima únicamente en la medida en que contribuye a aumentar la felicidad de los ciudadanos. Además, sostiene que la utilidad debe ser colectiva, pues un individuo no puede ser enteramente feliz si sus semejantes son desdichados.

En resumen, las diferencias claves son:

  • Fundamento: Para Descartes es la razón guiando a la voluntad; para Hume es el sentimiento o gusto natural.
  • Criterio: Descartes aplica la moderación y la firmeza en la probabilidad; Hume aplica el criterio de la utilidad y las consecuencias de las acciones.
  • Universalidad: Descartes confía en el buen sentido universal de la razón; Hume apoya la moralidad en un sentimiento común de simpatía que todos los hombres comparten de forma innata.