Poesía española de posguerra (1936–1968): Miguel Hernández, generación del 50 y tendencias literarias

Poesía española (1936–1968): evolución, autores y movimientos

Guerra Civil y primeras manifestaciones poéticas (1936–1939)

Al estallar la Guerra Civil, los poetas participaron activamente en defensa de sus ideales. Entre 1936 y 1939 se desarrolló una literatura de propaganda ideológica que no se caracterizó, por lo general, por su calidad. Desde el fin de la Guerra Civil la poesía ha atravesado momentos muy dispares: desde la poesía de evasión hasta la de compromiso social, pasando por la pura y esteticista y la de experimentación vanguardista.

En los años treinta se desarrolla una poesía centrada en la situación social del ser humano, en las injusticias y el dolor. Destaca la figura de Miguel Hernández, que llega a su esplendor en los últimos años de la década. Cultiva algunas de las tendencias más importantes de la Generación del 27: neopopularismo, surrealismo y barroquismo gongorino. En su producción hay que distinguir tres etapas:

  • Antes de la Guerra: escribe su primera obra, Perito en lunas (1933), poesía de tono barroco, de influencia gongorina y vanguardista. En 1936 publica El rayo que no cesa, libro fundamental que contiene poemas que expresan el sufrimiento del amor no correspondido a través de imágenes surrealistas y de símbolos como el rayo o elementos minerales y puntiagudos, como el cuchillo.
  • Durante la guerra: pone su poesía al servicio de la causa republicana; así nace una poesía social, comprometida, política y combativa: Viento del pueblo (aparece el pueblo oprimido y el poeta como viento de salvación) y El hombre acecha (refleja el pesimismo por la muerte y el dolor por los horrores de la guerra).
  • Después de la guerra: en la cárcel escribirá Cancionero y romancero de ausencias; el poeta se duele de la ausencia de los suyos y escribe intensos poemas de amor a su mujer; también recuerda una guerra que sólo ha provocado odio y destrucción, pero aun así no renuncia a la esperanza. Predominan canciones y romances; las metáforas se reducen en busca de una expresión directa y esencial.

Consecuencias culturales del triunfo franquista

El triunfo del ejército franquista significó la derrota de la República y también la decadencia de la actividad cultural: los escritores más brillantes habían muerto (Machado, Lorca), estaban en la cárcel (Miguel Hernández), se habían exiliado (Salinas, Cernuda, Alberti…) o eran condenados al silencio por la censura.

Años 40: primeros años de posguerra

Poesía arraigada

Se inicia a principios de la década. Los poetas que se identifican con el régimen franquista, que habían ganado la guerra y muestran su optimismo —algunos posteriormente se distanciaron del régimen—, son, entre otros: Leopoldo Panero, Dionisio Ridruejo, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco. Frente a una sociedad marcada por el racionamiento, el hambre y el aislamiento internacional, la España que aparece en sus versos es un país idealizado que se refleja a través de un lenguaje clásico y embellecedor, por lo que regresan a formas poéticas tradicionales como el soneto. Los temas son: el amor, el paisaje, la patria y Dios (que aporta serenidad, armonía y confianza).

Poesía desarraigada

Se impone en la segunda mitad de la década y se centra en la angustia existencial (lírica existencialista). Para los poetas desarraigados el mundo es un lugar inhóspito, y la poesía el medio para buscar la salvación. Entre ellos están: Vicente Aleixandre (Sombra del paraíso), Dámaso Alonso (Hijos de la ira), Gabriel Celaya y Blas de Otero. Su poesía refleja la soledad del hombre en un mundo caótico, sin sentido. Los temas serán: el vacío personal, la soledad del hombre y el desarraigo. Lo religioso aparece con frecuencia, pero será una religiosidad conflictiva, con dudas y hasta desesperación. Es una poesía de estilo bronco y apasionado, directa y desgarrada, con uso frecuente del verso libre (versículo).

En la segunda mitad de los años 40 dos movimientos plantearon una voz diferente a la de la poesía neoclásica arraigada y a la existencialista, reivindicando la poética vanguardista: el Postismo y el Grupo Cántico.

Años 50: la poesía social

En los años 50 predomina en la poesía el deseo de ofrecer un testimonio crítico de la realidad. Es la poesía social, que parte de la idea de que el poeta debe anteponer los problemas y sufrimientos de los hombres de su tiempo a cualquier otra circunstancia. Creían que la poesía podía cambiar el mundo, por lo que era un instrumento útil; el escritor puro, el que sólo busca la belleza, es un irresponsable, ya que todo el que no denuncia la opresión es su cómplice.

Los máximos representantes serán: Blas de Otero, Gabriel Celaya, Victoriano Crémer y José Hierro. Los temas fundamentales: injusticias sociales, la solidaridad con los desfavorecidos, la opresión, la lucha por la libertad, etc. En cuanto a la forma, se busca un lenguaje claro y sencillo, desnudo de recursos retóricos, lenguaje cotidiano con un tono coloquial (prosaísmo). Interesa más el contenido que los valores formales o estéticos.

Blas de Otero

Blas de Otero. Trayectoria poética: tras una etapa de poesía existencial —con obras de tono angustioso en las que se reflejaba la búsqueda de sentido—, en los años cincuenta inicia un nuevo ciclo siguiendo las pautas de la poesía social con Pido la paz y la palabra; le sigue una obra centrada en los problemas colectivos de España y su porvenir. El poeta arrincona sus angustias, la búsqueda angustiosa de Dios, del amor y del sentido de la existencia; el camino que no encontró en la religión lo busca ahora en la solidaridad con los que sufren. Es una temática social presidida por la esperanza y por los deseos de paz y convivencia fraterna, volcándose con los problemas colectivos de España, así como en la capacidad de las palabras para hallar la paz.

La voluntad de llegar “a la inmensa mayoría” le lleva a adoptar un lenguaje claro y hasta un tono coloquial. En una tercera y última etapa de su poesía, con mayor presencia de la intimidad, preferencia por formas métricas más libres, imágenes irracionales y liberación del lenguaje —a las que pertenecen Historias fingidas y verdaderas, Mientras y Hojas de Madrid— se produce un cambio importante en la forma al experimentar nuevas soluciones expresivas.

Generación del 50 (promoción de los 60)

Contra la poesía social reacciona un nuevo grupo de poetas que comienzan a publicar a finales de los años 50 (la denominada Generación del 50): Ángel González, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, Claudio Rodríguez, José Agustín Goytisolo, entre otros. Se proponen la renovación del lenguaje poético, con mayor atención a los valores estéticos y formales del poema, sin abandonar los temas sociales. Defienden una concepción de la poesía como acto de conocimiento propio y del mundo que los rodea.

Rasgos comunes:

  • En los temas se vuelve a lo íntimo: el paso del tiempo, la infancia y la juventud, lo familiar, la amistad.
  • Atención a lo cotidiano: en sus poemas aparecen anécdotas de la vida real.
  • El amor es un tema esencial, pero se describen los sentimientos amorosos de forma poco frecuente; a veces aparece de modo explícito el erotismo y la sexualidad, e incluso el amor homosexual.
  • La metapoesía —la reflexión sobre la creación poética— se erige como tema.
  • Cuando en sus versos aparece la crítica social, los autores utilizan la ironía y el humor como recursos desdramatizadores.
  • En el estilo, aunque continúan el estilo conversacional y antirretórico, demuestran una labor de depuración y de concentración de la palabra: lenguaje cuidado y verso libre.

Jaime Gil de Biedma

Su breve producción literaria está reunida en Las personas del verbo. En su poesía domina el tono confesional (en primera persona) e irónico, con el que recoge sus recuerdos de infancia y juventud, la visión descarnada de la alta burguesía a la que él mismo pertenecía y el relato de sus experiencias amorosas de carácter homosexual. El amor, el paso del tiempo y los espacios urbanos se erigen como temas principales de su obra. Todo ello se expresa con un lenguaje aparentemente sencillo, narrativo, coloquial (prosaísmo) y con intertextualidad (citas y autocitas). La voz poética de Gil de Biedma se dirige con frecuencia a un «tú» o a un «vosotros», lo que construye un diálogo que permite una visión irónica y distanciada. Obras: Compañeros de viaje, Moralidades y Poemas póstumos.

Gloria Fuertes

Gloria Fuertes: «Antes de contar sílabas, los poetas tienen que contar lo que pasa». Su nombre está ligado a dos movimientos literarios: la mencionada Generación del 50 y el Postismo. El Postismo (abreviatura de postsurrealismo) fue un movimiento estético de posguerra que continuó la estética surrealista a través del uso de imágenes nuevas, lúdicas y sorprendentes. Gloria Fuertes se unió a él a finales de los años 40.

En los años 50 inició una fulgurante carrera literaria con obras como Isla Ignorada (1950), Aconsejo beber hilo (1954) y Poemas del Suburbio. Todo asusta, poemario en el que se refleja su solidaridad con las clases marginadas de la sociedad urbana. En la siguiente década y tras su experiencia americana, los elementos intimistas pasaron a primer plano en Ni tiro, ni veneno, ni navaja (1965). Poeta de guardia, publicada en 1968, es su obra más lograda y es considerada por la crítica un lúcido e imaginativo ejercicio de introspección que, además de los temas mencionados, añade la propia poesía como materia de reflexión.

Al margen de su poesía para adultos, surgida de forma autodidacta y marcada por la tragedia bélica de la Guerra Civil, en la que con imaginación, dosis de humor e ironía trata asuntos sociales (injusticias) y temas universales como la vida, la muerte, la soledad, el amor o el dolor —donde despuntan metáforas, juegos lingüísticos y un carácter fresco y sencillo que confieren a sus poemas gran musicalidad y cadencia cercana a la lengua oral—, Gloria Fuertes escribió, principalmente en la última etapa de su carrera, literatura infantil, llegando a recibir en 1968 el Premio Andersen por su trabajo, entre otros muchos galardones. Dramaturga y cuentista, no dejó de escribir hasta el final de sus días.