Conceptismo y culteranismo: definiciones y características
1. Definición de conceptismo y culteranismo
- Conceptismo: El conceptismo se preocupa del contenido, por lo que recurre casi siempre a la retórica del pensamiento mediante figuras retóricas como la antítesis, las paradojas, los juegos de palabras y, sobre todo, las agudezas de ingenio y las metáforas racionales.
- Culteranismo: El culteranismo tiene como meta la expresión de la forma y la ocultación de los contenidos para lograr la belleza, por lo que suele recurrir a las metáforas, el hipérbaton, las perífrasis amplificadoras, los cultismos y las alusiones mitológicas.
El conceptismo se preocupa del contenido, por lo que recurre casi siempre a la retórica del pensamiento mediante figuras retóricas como la antítesis, las paradojas, los juegos de palabras y, sobre todo, las agudezas de ingenio y las metáforas racionales. El culteranismo tiene como meta la expresión de la forma y la ocultación de los contenidos para lograr la belleza, por lo que suele recurrir a las metáforas, el hipérbaton, las perífrasis amplificadoras, los cultismos y las alusiones mitológicas.
Características
Culteranismo: El culteranismo es un término, en principio peyorativo, que se acuñó a principios del siglo XVII para definir un estilo de extrema artificiosidad y brillantez formal que, en la práctica, equivale a:
- Una renovación del léxico poético mediante el uso de numerosos latinismos: cultismos y neologismos, los cuales resultaban extraños incluso para muchos lectores cultos de su época.
- Una latinización de la sintaxis a través del uso intensivo del hipérbaton y el gusto por las oraciones largas.
- Acumulación de figuras y recursos estilísticos. Así, la metáfora, tan utilizada durante el Renacimiento, se renueva extrayéndole posibilidades inexploradas; por ejemplo, estableciendo relaciones ocultas entre los objetos comparados (la comparación de los objetos es la base de la metáfora), pero en este caso no existe una identificación inmediata entre ellos. Se crea así un universo artificial e idealizado de imágenes.
- Un uso constante de alusiones clásicas.
Conceptismo: Por otra parte, el conceptismo (la agudeza de ingenio —el uso y juego de los conceptos—) fue conscientemente cultivado por la mayoría de escritores tanto en prosa como en verso. Su intención no es otra que subrayar el papel de la inteligencia del escritor y del lector. El juego de conceptos y de ideas multiplica el contexto mental de lo expresado. Para la mente del siglo XVII, cuanto más extremados eran los términos relacionados, más satisfactorio era el resultado.
Un concepto afirmaba al mismo tiempo la semejanza (comparación) y la diferencia (mediante la distancia entre las dos cosas comparadas). En el choque está la agudeza; es decir, es una explotación consciente e ingeniosa de una analogía inesperada y sorprendente. Por ejemplo, Quevedo describe unos pechos y unas manos:
En dos cumbres los divides, Y las tienen coronadas Dos pezones tan chiquitos Que aún no saben decir “mamá”. Tan transparentes las tienes Que cualquiera luz las pasa, Y en las puntas de tus dedos Hasta las yemas son claras.
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Autores y tendencias del siglo XVIII
3. Autores destacados
José Cadalso (1741-1782) se erige en maestro de la poesía anacreóntica. Su tono es suave, con una ingenuidad picaresca de ritmo vivaz y saltarín. Su sensualidad y gusto detallista le llevan a componer pequeños retratos femeninos, entre los que destacan los dedicados a Filis. Publica en 1773 Ocios de mi juventud, una obra donde encontramos todos los géneros del momento, desde la anacreóntica a la poesía filosófica y satírica.
Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811) escribe en 1776 La carta de Jovino a sus amigos salmantinos, en la que exhorta a éstos para que abandonen los frívolos temas amorosos y se dediquen a servir a la patria por medio de composiciones de más altos vuelos. Son de especial importancia sus sátiras. La primera de ellas, A Arnesto, tiene como asunto la sátira contra las malas costumbres de las mujeres nobles, donde denuncia en un tono crudo su desorden moral, su lujo desmedido e inutilidad. Su poesía didáctica y filosófica está compuesta por un grupo de epístolas. Jovellanos emplea un lenguaje realista, lleno de expresiones fuertes y objetos de la vida diaria, prohibidos en la poesía de salón y de ambiente pastoril. De ahí que se haya hablado de un cierto “prosaísmo” en la poesía del momento, entendido como una ruptura entre los límites de prosa y poesía por el carácter utilitario y transmisor que se le da al verso en este momento.
Meléndez Valdés (1754-1817) se ha considerado el mejor representante de este siglo. En su poesía se resumen las distintas tendencias anunciadas. Escribió numerosas anacreónticas cultivando su vertiente sensual y erótica, caracterizándose por un estilo jovial, donde tienen su representación más tópica los símbolos del amor y la alegría: Cupido y Baco. Entre su obra anacreóntica destacamos Los besos del amor. En sus Epístolas recoge una poesía bien distinta, expresando sus ideas de reforma y progreso. También cultivó un tipo de poesía más comprometida política y socialmente; en ella somete a la sociedad a un duro análisis de sus aspectos más negativos. Así, en El filósofo de campo pretende la rehabilitación del campesino, condenando la ociosidad y la vida orgullosa del cortesano. Destaca, por tanto, por poner la poesía al servicio de la humanidad y de lo que se concebía como progreso, pero elevando el estilo.
Félix de Samaniego (1745-1801) escribió sus fábulas con un estilo prosaico, a veces ramplón, para educar a los niños del seminario de Vergara, adaptando diversas fábulas tradicionales, de Fedro y La Fontaine.
Tomás de Iriarte (1750-1791) se sirvió de fábulas para inculcar a sus coetáneos unos cuantos principios literarios, limitándose a la enseñanza de la retórica y de la poética con un estilo de gran claridad expositiva. Recuérdese la fábula de El burro flautista y sus irónicos pero ilustrativos versos: “sin reglas del arte, / borriquitos hay / que una vez aciertan / por casualidad”.
José Cadalso (1741-1782) es uno de los talentos críticos primordiales del siglo. Su andadura como literato en prosa se inicia con Los eruditos a la violeta, obra publicada en 1772 en la que se critica a quienes presentan una erudición de miscelánea, dedicada a aquellos que pretenden saber mucho con escaso estudio. Su obra maestra fue Cartas marruecas. Participa del gusto del momento por lo oriental, que se inicia en Europa a finales del siglo XVIII. Es una obra epistolar que recoge la correspondencia entre Gazel (joven marroquí), Ben Beley (su protector marroquí) y el español Nuño. Su tema central es España: el análisis del carácter propiamente español, el atraso de la sociedad con respecto a Europa, el inmovilismo de las clases poderosas, el atraso de la economía, la reforma agraria… Pero también tiene importancia capital el aspecto costumbrista. Se van denunciando sucesivamente, y desde el extrañamiento que permite la visión del extranjero con la técnica del perspectivismo, algunas de las tradiciones y hábitos más rancios de la sociedad del momento. Es ya clásica la referencia a la fiesta de los toros, el vestuario y los viajes. Otra obra destacable de Cadalso son sus Noches lúgubres, de marcado contenido prerromántico. Dividida en tres noches y sin una sucesión cronológica estricta ni argumental, es una suerte de engarce azaroso de estampas unidas por la presencia de un personaje central como es Tediato, en quien se ha querido ver al propio Cadalso tras la muerte de su amada. Es, en realidad, una elegía en sentido pleno, un canto fúnebre de marcado carácter subjetivo y doliente, caracterizado por ambientes sepulcrales y nocturnos cercanos al Romanticismo.
Melchor Gaspar de Jovellanos (1744-1811) encarna el modelo de ilustrado del momento y sintetiza sus condiciones de intelectual polifacético y culto, imbricado en toda una serie de actividades de tipo social y político. Su actividad prosística más destacada se centra en el desarrollo de discursos sobre temas variados. Cabe mencionar El informe sobre la ley agraria, publicado en 1794. Se compone de una primera parte histórica que sirve como marco para encuadrar la parte analítica, en la que se somete a juicio la situación coetánea del desarrollo agrario, proponiendo reformas útiles para su mejora. Otro discurso que merece comentario es la Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas y sobre su origen en España; en él se comienza con un repaso del origen de los festejos públicos desde la Edad Media, y se analiza la progresiva decadencia, sobre todo centrándose en el teatro, por haberse separado de la preceptiva clásica y por abandonar como directriz la de la instrucción y el deleite. Defiende abiertamente una intervención estatal que censure lo moral y lo estético, propugnando, como todos los neoclásicos, un teatro minoritario, intelectual y aristocrático.
Diego de Torres Villarroel (1694-1770) posee una variadísima obra literaria con una marcada filiación quevedesca en cuanto al estilo. Su fama se la ha granjeado la publicación de su supuesta autobiografía Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor Don Diego de Torres Villarroel, un relato novelesco de género picaresco, aunque incumple algunos de sus recursos básicos, como el carácter de pícaro del protagonista o el resentimiento contra la sociedad. Su obra de mayor influencia quevedesca es Visiones y visitas de Torres con don Francisco de Quevedo por la Corte, de fuerte contenido satírico, en la que se someten a burla y revisión algunas costumbres y oficios españoles de su tiempo. En este sentido conecta el estilo barroco con la intención ilustrada de la regeneración de las costumbres del momento.
José Francisco de Isla, el Padre Isla (1703-1781), jesuita, profesor de teología y predicador, poseía una disposición natural para el ejercicio de la sátira, ridiculizando las ideas anticuadas y disparatadas. Destaca su obra Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, donde satiriza un tipo de oratoria sagrada: Fray Gerundio será fruto de la mala educación recibida, plagada de mal gusto, retoricismo y artificiosidad, y llena de una religiosidad superficial.
4. Tendencia conceptista y culterana
La tendencia conceptista se advierte en autores como Torres Villarroel o en El Desenfado, de Eugenio Gerardo Lobo, que pretende ser una réplica de la magnificencia satírica de Quevedo, pero se reduce a una simple enumeración de detalles groseros, incluso escatológicos y de dudoso gusto, acumulados para la caracterización de personajes rústicos, grotescos e infrahumanos.
Antonio Porcel, del que se conoce sobre todo su larga obra El Adonis, demuestra su gusto culterano por la descripción simbólica, mitológica, alusiva y perifrástica, así como el gusto por lo sensorial y por la mitología.
José Cadalso (1741-1782) se erige en maestro de la poesía anacreóntica. Su tono es suave, con una ingenuidad picaresca de ritmo vivaz y saltarín. Su sensualidad y gusto detallista le llevan a componer pequeños retratos femeninos entre los que destacan los dedicados a Filis. Publica en 1773 Ocios de mi juventud, una obra donde encontramos todos los géneros del momento, desde la anacreóntica a la poesía filosófica y satírica.
Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811) escribe en 1776 La carta de Jovino a sus amigos salmantinos, en la que exhorta a éstos para que abandonen los frívolos temas amorosos y se dediquen a servir a la patria por medio de composiciones de más altos vuelos. Son de especial importancia sus sátiras.
Meléndez Valdés (1754-1817) se ha considerado el mejor representante de este siglo. En su poesía se resumen las distintas tendencias anunciadas. Escribió numerosas anacreónticas cultivando su vertiente sensual y erótica, caracterizándose por un estilo jovial, donde tienen su representación más tópica los símbolos del amor y la alegría: Cupido y Baco. Entre su obra anacreóntica destacamos Los besos del amor. El filósofo de campo pretende la rehabilitación del campesino, condenando la ociosidad y la vida orgullosa del cortesano.
Tomás de Iriarte (1750-1791). Recuérdese la fábula de El burro flautista.
Meléndez Valdés, destacando su carácter versátil y unificador de las diversas tendencias con poemas como La Tempestad o la Oda a la muerte de Cadalso.
Antonio Zamora, con títulos como No hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague; Gaspar Melchor de Jovellanos con El delincuente honrado; Nicolás Fernández de Moratín con Lucrecia o Cadalso con Sancho García. Pero, de entre todos ellos, destaca Vicente García de la Huerta con Raquel. El sí de las niñas de Moratín. Tomás de Iriarte con títulos como Hacer que hacemos, El señorito mimado o La señorita malcriada.
José Cadalso (1741-1782) es uno de los talentos críticos primordiales del siglo. Su andadura como literato en prosa se inicia con Los eruditos a la violeta, obra publicada en 1772 en la que se critica a quienes presentan una erudición de miscelánea, dedicada a aquellos que pretenden saber mucho con escaso estudio. Su obra maestra fue Cartas marruecas.
Melchor Gaspar de Jovellanos (1744-1811) encarna el modelo de ilustrado del momento y sintetiza sus condiciones de intelectual polifacético y culto, imbricado en toda una serie de actividades de tipo social y político. Su actividad prosística más destacada se centra en el desarrollo de discursos sobre temas variados. Cabe mencionar El informe sobre la ley agraria.
Tendencias formales y populares
5. Tradicional y popular
TRADICIONAL Y POPULAR: Pese a la importancia y la influencia de la poesía culta en el Barroco, también en este período tuvo un gran esplendor la poesía derivada de la canción tradicional y de los romances. Los poetas cultos del siglo XVII recurrieron de forma constante a la poesía popular, anónima, de la tradición castellana. Por una parte, son frecuentes en la obra de los grandes poetas barrocos los metros cortos representados en villancicos, seguidillas o canciones de temática muy variada. Así, los villancicos, letrillas y seguidillas, que constituían las formas de la lírica primitiva castellana, son retomados por los poetas del siglo XVII e incorporados a sus obras individuales.
El teatro barroco asumió frecuentemente estos temas, personajes y formas poéticas, pero fuera del teatro también la obra de Góngora o Quevedo estaba compuesta por romances y letrillas, muchas veces de tipo satírico. Por otra parte, sobresale por méritos propios el Romancero Nuevo, donde se recogen los romances escritos por los poetas cultos y no anónimos. Sus contenidos temáticos dan cabida a los tradicionales —moriscos, pastoriles, históricos—, pero también a los propiamente barrocos, como los morales y filosóficos o los satíricos y burlescos.
El carácter culto y minoritario de la poesía barroca es un hecho que parecía enfrentarse a la consideración dada al romance y su gran difusión. En todo el siglo XVII la orientación popular será importantísima. Los romances nuevos de los siglos XVI y XVII fueron primero difundidos con música, para más tarde editarse en pliegos sueltos y finalmente ser reunidos en obras conjuntas, como los 1600 del Romancero General. Otras obras del mismo tipo les seguirían, así como numerosas reediciones.
Clasicismo
CLASICISMO: La continuación de las formas clásicas renacentistas se sitúa en las «escuelas» aragonesa y andaluza, especialmente en Sevilla. Estas formas se caracterizan por una mayor sencillez formal y la estoicidad en el tratamiento de los temas, que no experimentan con los conceptos y las formas tal como era el caso de la poesía gongorina y conceptista que se estaba produciendo. Esta tercera tendencia poética, la clasicista, acogió a los poetas que, al margen de las influencias de Góngora y Quevedo, prosiguieron una línea que pretendió mantener los ideales poéticos renacentistas: el equilibrio y la serenidad que forjaron los poetas del siglo XVI, aunque en la temática se entremezclan con lugares comunes del Barroco como la brevedad de la vida y la actitud de desengaño.
La polémica anticulterana también alcanzó a los poetas más “clásicos” que no se mantuvieron al margen de ella, tanto abiertamente en contra como tímidamente a favor, pues a pesar de las fuertes críticas a Góngora también acabaron influenciados por su estilo. Es el caso de Juan de Jáuregui (1584-1641), autor de Antídoto contra la pestilente poesía de las Soledades, donde, sin embargo, se observa el influjo gongorino.
Épica y de circunstancias
ÉPICA Y DE CIRCUNSTANCIAS: En el siglo XVII se continuaron los intentos de crear una épica española que se iniciara en el Renacimiento. La épica era el género que quizás consiguió mayor prestigio; escritores como Lope de Vega o Bernardo de Balbuena (1568-1627), autor del poema Bernardo o la victoria de Roncesvalles (publicado en 1624), escribieron extensos poemas épicos a imitación de los grandes poemas italianos y latinos, de temas muy variados (burlescos, caballerescos, religiosos, contemporáneos…). No obstante, sería en la poesía lírica donde se conseguirían las mejores realizaciones poéticas del Siglo de Oro.
También la poesía llamada «de circunstancias», que constituía un género de menor inspiración, desarrolló una amplia actividad poética en este periodo. Numerosos poemas de este género fueron escritos para fiestas cortesanas y palaciegas, certámenes y justas poéticas, y otras variadas celebraciones, como nacimientos, laudatorias y de halago a nobles y reyes, aniversarios, etc. A pesar de que esta poesía no tenía por lo general un mínimo nivel como para considerarla dentro de la poética culta, en algunas escasas ocasiones podía alcanzar una calidad muy aceptable.
Rococó, neoclasicismo, fábula y prerromanticismo
La poesía ROCOCÓ busca la miniaturización de los objetos y las escenas decorativas. Todo ello se expresa con un léxico refinado, a veces arcaizante, donde predomina el diminutivo. Los metros empleados son cortos y de ritmo marcado. Muestran también su gusto por los epítetos, el colorido suave y una mitología de dimensiones domésticas. En cuanto a los temas, se prefieren el amor y la belleza femenina. Es una poesía vinculada a lo bucólico y a lo anacreóntico, de una deliberada artificialidad. Los autores buscaban crear un mundo ideal, con personajes sencillos cuyos sentimientos se expresasen en un ambiente casi paradisíaco.
NEOCLÁSICA: Al mismo tiempo se propone una concepción utilitaria del arte, al servicio del enaltecimiento de la patria, de los héroes, del bien y del mal. Es el marco de desarrollo de la poesía neoclásica o ilustrada, en la que se da cabida a las ansias cívicas, científicas y filosóficas. Se extiende esta etapa desde 1750 hasta las primeras décadas del siglo XIX.
La fábula: Resultó ser un género que se prestaba perfectamente a los propósitos neoclásicos del didactismo en el arte. Por su condición idiosincrásica de someterse a una moraleja aleccionadora, la fábula dejará poco margen al vuelo imaginativo o a la libertad poética.
El prerromanticismo: Fue cultivado por los mismos autores neoclásicos en sus obras de madurez. El prerromanticismo supone una anticipación del Romanticismo. Recrea un sentimiento filantrópico y una nueva sensibilidad humanitaria y social. Todo ello está expresado en un estilo novedoso, con neologismos, cultismos… Aquí se suele encuadrar a Meléndez Valdés, destacando su carácter versátil y unificador de las diversas tendencias con poemas como La Tempestad o la Oda a la muerte de Cadalso.