Transformaciones Económicas y el Sexenio Revolucionario en la España del Siglo XIX

Introducción: La Transición Económica del Siglo XIX

En el siglo XIX, la economía española inició una lenta transición hacia estructuras capitalistas. El antiguo sistema agrario señorial fue siendo sustituido por otro basado en cambios en la propiedad de la tierra, especialmente mediante las desamortizaciones, junto con un tímido desarrollo industrial.

Desarrollo: La Agricultura y las Desamortizaciones

Durante el siglo XIX, la agricultura continuó siendo el sector económico más importante de España, lo que demuestra el escaso desarrollo industrial del país. Los cambios más importantes afectaron a la estructura de la propiedad de la tierra y a la creciente comercialización de los productos, aunque la productividad siguió siendo baja debido al uso de técnicas arcaicas, lo que provocaba periódicas crisis de subsistencias.

El elemento clave de estos cambios fue la desamortización, proceso jurídico-político que consistía en poner en el mercado bienes que hasta entonces eran inalienables, como los bienes nobiliarios sometidos a la ley del mayorazgo (desvinculación) y los bienes de la Iglesia y de los ayuntamientos, llamados bienes de “manos muertas”, previamente expropiados por el Estado.

El objetivo inicial era crear un campesinado libre que explotara las tierras con mentalidad capitalista, aumentando la producción y la riqueza nacional, siguiendo el modelo de la Francia revolucionaria de 1789. Sin embargo, en la práctica, los compradores fueron banqueros, comerciantes, industriales y nobles, los únicos con dinero suficiente. Como consecuencia, no se creó una clase campesina propietaria y se acentuó el latifundismo de baja productividad.

Además, el proceso se explica por las dificultades de la Hacienda Pública, con una elevada deuda pública y déficit, causados por las guerras de las primeras décadas del siglo XIX y por la financiación del Estado moderno. Las leyes de desamortización fueron impulsadas principalmente por los progresistas, mientras que el Partido Moderado se mostró contrario.

Principales procesos desamortizadores

  • Desamortización de Mendizábal (1836-1855): Durante la guerra carlista se disolvieron las órdenes religiosas (excepto las dedicadas a la enseñanza y asistencia hospitalaria) y se incautaron y subastaron sus bienes, ampliándose después a los del clero secular. Sus objetivos eran financiar la guerra carlista, reducir la deuda pública, debilitar a la Iglesia y atraer a la burguesía al régimen liberal.
  • Desamortización de Madoz (1855): Sacó a la venta bienes eclesiásticos no vendidos, bienes del Estado, de las Órdenes Militares y bienes de propios y comunes de los ayuntamientos. El dinero obtenido se destinó principalmente a la compra de deuda pública y a la construcción del ferrocarril.

Conclusión: Balance de las desamortizaciones

En conjunto, el balance de las desamortizaciones fue limitado. No se creó un campesinado propietario, se reforzó el latifundismo, la productividad agraria apenas mejoró y muchos campesinos se vieron perjudicados por la privatización de tierras municipales, aunque el proceso ayudó parcialmente a la Hacienda pública.

El Sexenio Revolucionario (1868-1874)

El Sexenio Revolucionario es el periodo de la historia de España comprendido entre el destronamiento de Isabel II en septiembre de 1868 y la restauración de la monarquía borbónica en 1874. Se inició con la Revolución de 1868, conocida como “La Gloriosa”, que tuvo un carácter democratizador y permitió la implantación del sufragio universal masculino recogido en la Constitución de 1869. Sin embargo, fue un periodo de gran inestabilidad política, social y militar que provocó el fracaso tanto de la monarquía democrática de Amadeo I como de la Primera República.

Causas y desarrollo de la Revolución

Las causas de la Revolución de 1868 fueron diversas. Destacan la crisis económica, el malestar social provocado por las duras condiciones de vida de jornaleros y obreros, y el descontento de muchos militares, intelectuales y políticos con el sistema político de Isabel II. En 1866, los progresistas, liderados por el general Prim, firmaron el Pacto de Ostende con unionistas y demócratas con el objetivo de derrocar a Isabel II e implantar el sufragio universal.

En septiembre de 1868, el almirante Topete se sublevó en Cádiz junto con Prim y el general Serrano. La sublevación contó con el apoyo de juntas revolucionarias en muchas ciudades. Finalmente, las tropas moderadas fueron derrotadas en la batalla de Alcolea, lo que obligó a Isabel II a exiliarse en Francia.

De la Monarquía Democrática a la Primera República

Tras el triunfo de la revolución se formó un Gobierno Provisional presidido por Serrano, con Prim como figura principal. Este gobierno convocó elecciones a Cortes Constituyentes. De estas Cortes surgió la Constitución de 1869, la primera constitución democrática española, que establecía la soberanía nacional, una amplia declaración de derechos y libertades, la división de poderes y una monarquía democrática. Posteriormente, las Cortes eligieron a Amadeo de Saboya como monarca.

Su reinado fue muy inestable debido al asesinato de Prim, la oposición de carlistas, republicanos y monárquicos alfonsinos, y conflictos como la Tercera Guerra Carlista y la Guerra de Cuba. Ante esta situación, Amadeo I abdicó en febrero de 1873, dando paso a la Primera República. Este régimen sufrió una gran inestabilidad política, con cuatro presidentes en menos de un año, y conflictos como el movimiento cantonalista. Finalmente, el 3 de enero de 1874, el general Pavía dio un golpe de Estado, poniendo fin a la Primera República.

Conclusión del Sexenio

El Sexenio Revolucionario fue un intento de democratizar la vida política española mediante reformas y nuevos sistemas políticos. Sin embargo, la falta de estabilidad, las divisiones políticas y los conflictos sociales y militares impidieron consolidar estos cambios. Finalmente, el fracaso del Sexenio facilitó la restauración de la monarquía borbónica con Alfonso XII y el inicio de un nuevo sistema político diseñado por Cánovas del Castillo.