Evolución Demográfica, Desamortizaciones e Industrialización Española

La evolución de la población y las ciudades

La evolución de la población

En el siglo XIX, España mantuvo el régimen demográfico antiguo, caracterizado por una alta natalidad y alta mortalidad, lo que provocó un crecimiento lento de la población. Las elevadas tasas de mortalidad se debieron a:

  • Guerras: como la Guerra de Independencia y las Guerras Carlistas, que causaron numerosas muertes.
  • Crisis de subsistencias y hambrunas: provocadas por sequías, heladas, baja productividad agrícola y malas redes de transporte.
  • Enfermedades y epidemias: favorecidas por la mala alimentación, escasa higiene y deficiente atención sanitaria.

Aunque la natalidad era alta (por motivos religiosos y necesidad de mano de obra familiar), la mortalidad infantil también era muy elevada. Como resultado, la población española creció solo un 24% en el siglo XIX, pasando de 11 a 18,6 millones de habitantes, un aumento menor que en otros países de Europa occidental. La esperanza de vida rondaba los 35 años. La excepción fue Cataluña, región más industrializada, cuyo crecimiento demográfico fue mayor y similar al de países más avanzados como Gran Bretaña y Francia.

Movimientos migratorios

La población de España cambió en el siglo XIX debido a las migraciones exteriores e interiores.

Las migraciones exteriores estuvieron prohibidas hasta 1853, pero desde entonces aumentaron notablemente, sobre todo en las dos últimas décadas del siglo. Más de un millón de españoles emigraron, principalmente a Argentina, Brasil, México y Venezuela. Las causas fueron sobre todo económicas, aunque también políticas. Algunos emigrantes regresaron enriquecidos (los indianos), contribuyendo al desarrollo de sus lugares de origen.

Las migraciones interiores consistieron en un éxodo rural hacia ciudades como Madrid, por su condición de capital, y Barcelona, por su industrialización, además de las zonas costeras más fértiles. Aunque España seguía siendo mayoritariamente rural a comienzos del siglo XX, comenzó una distribución desigual de la población, concentrada en la periferia y con un interior cada vez más despoblado, salvo Madrid.

Evolución de las ciudades

Con la industrialización, muchos campesinos abandonaron el campo y se trasladaron a las ciudades, lo que impulsó un crecimiento urbano progresivo y transformó su estructura.

A mediados del siglo XIX se derribaron murallas para ampliar las ciudades y acoger a la nueva población, la industria y el ferrocarril. Surgieron los ensanches, barrios burgueses de plano ortogonal con amplias avenidas y zonas verdes, como el plan de Ildefonso Cerdá en Barcelona, el de Carlos María de Castro en Madrid y la Ciudad Lineal de Arturo Soria.

A comienzos del siglo XX aparecieron nuevas zonas de ocio y negocios, como la Gran Vía madrileña. Sin embargo, también crecieron barrios obreros periféricos, sin planificación y con malas condiciones de vivienda.

El desarrollo urbano incluyó mejoras como el tranvía, alcantarillado, iluminación pública y agua potable. El mayor crecimiento se dio en ciudades industriales y costeras como Bilbao, Santander, Vigo, Valencia y Málaga, además de Madrid.

De la sociedad estamental a la sociedad de clases

Durante el reinado de Isabel II, la sociedad estamental del Antiguo Régimen fue sustituida por una sociedad de clases. Se estableció la igualdad ante la ley y desaparecieron los privilegios jurídicos, económicos y políticos de la nobleza y el clero. Las diferencias sociales dejaron de basarse en el nacimiento y pasaron a depender de la riqueza, permitiendo cierta movilidad social.

Sin embargo, la sociedad seguía siendo jerárquica:

  • Clase alta: formada por la alta nobleza, el alto clero y la burguesía enriquecida (gracias a desamortizaciones, ferrocarril, industria y banca). Era el grupo dominante y conservador.
  • Clase media: reducida y urbana, integrada por comerciantes, funcionarios, profesionales liberales y campesinos acomodados.
  • Clases populares: la mayoría de la población, compuesta por campesinos y obreros. El campesinado, muy afectado por las desamortizaciones, vivía en condiciones duras y protagonizó el éxodo rural. El proletariado urbano, en zonas como Barcelona y Vizcaya, era minoritario pero crecía y sufría gran precariedad.

Desamortizaciones e industrialización

Las desamortizaciones

Desde 1836, los liberales impulsaron reformas para modernizar la economía: suprimieron el mayorazgo, los gremios y el régimen señorial, y promovieron las desamortizaciones, es decir, la expropiación y venta en subasta de tierras eclesiásticas y municipales.

Sus objetivos eran reducir la deuda pública, modernizar la agricultura, favorecer la industrialización y ganar apoyos para el liberalismo frente al carlismo. Destacaron dos grandes procesos:

  • Desamortización de Mendizábal (1837-1849): afectó a bienes del clero y ayudó a financiar al ejército liberal durante la Primera Guerra Carlista.
  • Desamortización de Madoz (1855-1867): incluyó bienes eclesiásticos y tierras comunales y municipales; sus ingresos se destinaron en gran parte al ferrocarril.

Aunque se redujo la deuda pública, los resultados no fueron los esperados: la tierra pasó sobre todo a la oligarquía, no hubo un verdadero reparto agrario, los campesinos se vieron perjudicados y aumentó el descontento. Además, la producción agrícola apenas mejoró por la falta de innovaciones técnicas.

El proceso de industrialización

España se incorporó tarde a la Revolución Industrial iniciada en Inglaterra y no logró industrializarse plenamente en el siglo XIX. Las causas fueron la inestabilidad política, la mala red de comunicaciones, la escasez de carbón y materias primas, el atraso agrario, el proteccionismo, la pérdida de las colonias y el atraso tecnológico.

Las principales ramas industriales fueron:

  • Industria textil catalana: especialmente el algodón, impulsado por la burguesía y protegido por aranceles, con uso de maquinaria a vapor.
  • Industria siderúrgica: primero en Málaga y luego en Asturias y Vizcaya, limitada por la falta de carbón de calidad.
  • Minería: carbón en Asturias, hierro en Vizcaya y cobre en Riotinto (Huelva). Tras la Ley de Minas de 1868, muchos yacimientos pasaron a manos extranjeras.

Otras industrias destacadas fueron la del aceite (Andalucía), vino (Castilla y Andalucía) y la naval (Vizcaya).

Comercio y ferrocarril

En el siglo XIX, el comercio exterior de España creció, pero fue deficitario. Para proteger la producción nacional, los gobiernos conservadores aplicaron aranceles proteccionistas, beneficiando al textil catalán, al cereal castellano y al carbón asturiano. Solo hubo etapas de librecambismo durante la regencia de Espartero y el Sexenio Democrático con el Arancel Figueroa.

El ferrocarril se implantó tarde por dificultades técnicas (orografía) y falta de inversión. Las primeras líneas fueron Barcelona-Mataró (1848) y Madrid-Aranjuez (1851). La Ley de Ferrocarriles de 1855 impulsó su expansión, estableciendo una red radial con centro en Madrid y un ancho de vía mayor que el europeo, lo que dificultó las conexiones internacionales pero se justificó por motivos técnicos y de seguridad.