Platón y Rousseau: modelos políticos opuestos
Platón y Rousseau proponen modelos políticos opuestos para resolver las crisis de sus épocas: la Atenas decadente y el absolutismo del siglo XVIII. La principal diferencia es que Platón busca un Estado ideal basado en la verdad y el orden, mientras que Rousseau busca un Estado legítimo basado en la libertad y la igualdad. Para el filósofo griego, la sociedad es organicista, es decir, surge de forma natural porque el ser humano no es autosuficiente. En cambio, Rousseau es contractualista; sostiene que el Estado nace de un Contrato Social, un pacto necesario para recuperar la libertad que el hombre perdió tras la aparición de la propiedad privada y la corrupción de la sociedad civil.
Sobre el poder y la legitimidad
En cuanto al poder, Platón defiende el intelectualismo moral: solo quien conoce la Idea del Bien puede gobernar, lo que justifica una aristocracia del saber liderada por el filósofo‑rey. Para él, la democracia es peligrosa porque deja el poder en manos de ignorantes. Rousseau, por el contrario, defiende la soberanía popular y la Voluntad General. Aquí, el poder no reside en el sabio, sino en el pueblo.
Libertad, autonomía y justicia
La libertad no consiste en hacer lo que uno quiera, sino en la autonomía: obedecer las leyes que los propios ciudadanos han creado para buscar el bien común, y no el interés privado.
Diferencias fundamentales
- Platón: la justicia es armonía y jerarquía. La ciudad es justa cuando cada clase social (productores, guerreros y gobernantes) cumple su función según su tipo de alma. La educación es un proceso de selección para colocar a cada uno en su sitio.
- Rousseau: la justicia es inseparable de la igualdad, pues no puede haber libertad si existen grandes diferencias de riqueza. Sostiene que el único orden justo nace de la participación y la igualdad de todos los ciudadanos.
Resumen: mientras Platón sacrifica la libertad individual para lograr un orden perfecto diseñado por sabios, Rousseau sostiene que el orden legítimo es el que nace de la participación y la igualdad de todos los ciudadanos.
San Agustín y Santo Tomás: Patrística y Escolástica
San Agustín de Hipona vivió entre los siglos IV y V y es el máximo representante de la Patrística; su filosofía se basa en la síntesis del cristianismo con el platonismo, afirmando que la verdad se encuentra en la interioridad del alma y que la fe y la razón deben colaborar para alcanzarla. En el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino desarrolló la Escolástica al adaptar el pensamiento de Aristóteles a la doctrina cristiana, estableciendo una distinción clara entre los ámbitos de la fe y la razón, aunque defendiendo que ambas son compatibles.
René Descartes: racionalismo y metafísica
René Descartes, en el siglo XVII, fundó el racionalismo moderno mediante la aplicación del método matemático a la filosofía, buscando un principio evidente que encontró en la existencia del pensamiento.
El método y la certeza
La metafísica de Descartes es la base de su sistema filosófico y busca encontrar una certeza absoluta que sea resistente a cualquier duda. Para ello, utiliza la duda metódica, que no es un escepticismo real, sino una herramienta para rechazar todo lo que no sea evidente. Tras dudar de los sentidos, de la realidad física y de las verdades matemáticas (mediante la hipótesis del genio maligno), Descartes llega a su primera verdad indudable: el cogito («Pienso, luego existo»). Esta certeza establece que el «yo» es una sustancia cuya esencia es pensar, y se convierte en el criterio de verdad: solo aceptaremos como verdadero lo que percibamos de forma clara y distinta.
Ideas y proceso del conocimiento
En el proceso del conocimiento, Descartes analiza el contenido del pensamiento, que son las ideas. Las clasifica en tres tipos: adventicias (vienen de fuera), facticias (inventadas por la imaginación) e innatas (nacidas con la razón, como la idea de infinito). Es a través de la intuición (captación inmediata de conceptos) y la deducción (conexión lógica entre verdades) como la razón debe avanzar para construir una ciencia segura.
Dios como garantía
Sin embargo, para que este conocimiento sea válido fuera de la mente, Descartes necesita demostrar la existencia de una garantía superior. Aquí entra la figura de Dios como la Res infinita. Descartes demuestra su existencia mediante la idea innata de perfección: como yo soy un ser finito e imperfecto, no puedo haber creado la idea de infinito; por tanto, un ser realmente infinito debe haberla puesto en mí (argumento de la causalidad). También utiliza el argumento ontológico, afirmando que la existencia es una perfección necesaria en un ser sumamente perfecto. Al demostrar que Dios existe y es infinitamente bueno, Descartes elimina la hipótesis del genio maligno: Dios es la garantía de verdad que asegura que mis facultades racionales no me engañan cuando conozco el mundo exterior.
La división de la realidad
La realidad queda dividida en la teoría de las tres sustancias: la Res cogitans (el alma), cuya esencia es el pensamiento y la libertad; la Res infinita (Dios), que es la causa de todo; y la Res extensa (el mundo físico). Para Descartes, la materia es pura extensión espacial y carece de libertad, funcionando bajo un modelo de mecanicismo, donde todo se explica por leyes de movimiento y choque. Esta división radical entre pensamiento y materia es el famoso dualismo cartesiano.
David Hume: empirismo, fenómenos y escepticismo
David Hume, en el siglo XVIII, representó el empirismo escocés y sostuvo que todo conocimiento deriva de la experiencia sensible y las impresiones, rechazando la existencia de ideas que no provengan de los sentidos. Hume denomina percepciones a todos los contenidos de la mente y las clasifica en dos categorías según su fuerza y viveza: las impresiones, que son los datos inmediatos de la experiencia (sensaciones externas o emociones internas) y se presentan con máxima intensidad; y las ideas, que son representaciones o copias debilitadas de las impresiones en el pensamiento. De esta distinción deriva el principio de copia, según el cual una idea solo es legítima si podemos señalar la impresión de la que procede; de lo contrario, se trata de una ficción de la mente.
Relaciones de ideas y cuestiones de hecho
A partir de este origen, Hume divide los objetos de la razón en dos tipos: las relaciones de ideas y las cuestiones de hecho. Las relaciones de ideas pertenecen al ámbito de la lógica y la matemática; son proposiciones cuya verdad es necesaria e independiente de la experiencia, ya que su negación implica contradicción, aunque no aportan información sobre la realidad del mundo. En cambio, las cuestiones de hecho dependen enteramente de la experiencia y su contrario siempre es posible.
Crítica a la causalidad y consecuencias
El conocimiento de la realidad física se basa en las cuestiones de hecho, apoyándose en el principio de causalidad. Sin embargo, Hume realiza una crítica demoledora a este principio, afirmando que no tenemos una impresión de la «conexión necesaria» entre causa y efecto, sino que nuestra mente simplemente proyecta hacia el futuro el hábito o la costumbre de haber visto dos sucesos ocurrir de forma consecutiva en el pasado.
Esta crítica a la causalidad transforma radicalmente la visión de la realidad, desembocando en el fenomenismo y el escepticismo. Para Hume, no podemos afirmar la existencia de una realidad exterior e independiente de nuestras percepciones (la sustancia material), ya que solo conocemos los «fenómenos» o impresiones que se nos aparecen. La realidad no es un conjunto de objetos sólidos y permanentes, sino un flujo constante de percepciones que nuestra imaginación unifica por comodidad. Por lo tanto, el conocimiento humano no puede alcanzar verdades absolutas ni certezas metafísicas sobre el mundo, sino solo creencias probables basadas en la experiencia pasada. Hume concluye que la realidad es, en última instancia, una construcción mental guiada por el instinto y la costumbre, más que por una demostración racional.