Obras Maestras y Evolución del Arte Barroco en Europa y España

Contexto histórico-artístico del Barroco

El arte barroco se desarrolló durante los siglos XVII y principios del XVIII. El siglo XVII fue una época de crisis política, social y económica. El comercio se estancó en el área mediterránea y solo floreció en Inglaterra y los Países Bajos. Esta pobreza se agravó por los numerosos enfrentamientos entre católicos y protestantes, especialmente en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), donde participaron las principales potencias europeas. La Paz de Westfalia puso de manifiesto el fin del poder de España, basculando el equilibrio de poder hacia Francia.

Otro factor fundamental para entender la crisis fueron las enfermedades que asolaron Europa a mediados del siglo XVII, sobre todo la peste negra.

Toda esta crisis provocó una gran tensión en la población, que se refugió en la Iglesia. Aumentó el pesimismo y la desconfianza, remitiendo el humanismo precedente y surgiendo nuevas órdenes religiosas: las órdenes mendicantes.

A nivel filosófico destaca Descartes, quien planteó un pensamiento racionalista, crítico y lógico en contra de los excesos del pensamiento barroco.

El principal estilo artístico es el Barroco. Se llamó así a partir del siglo XVIII con sentido negativo, como sinónimo de arte recargado, extravagante y artificioso. A partir del siglo XIX comenzó a utilizarse sin ese componente peyorativo.

El Barroco surgió en Italia y se extendió por toda Europa. Su objetivo era sorprender, impactar al espectador y persuadirlo. Para ello, el arte se caracterizó por el movimiento, lo teatral e ilusorio y el uso de la luz, tanto real como artificial.

Apolo y Dafne

Esta escultura se conoce por el nombre de Apolo y Dafne; fue elaborada por Bernini en el siglo XVII, es de estilo barroco y se encuentra en Roma, concretamente en la Galería Borghese.

La iconografía es mitológica, procedente de las Metamorfosis de Ovidio. Cuenta el mito que Eros, molesto por la arrogancia de Apolo, ideó vengarse de él lanzándole una flecha de oro, que causaba amor inmediato. A Dafne, una ninfa, le lanzó una flecha de plomo, que causaba el efecto contrario. Así, cuando Apolo vio a Dafne, se enamoró de ella y la persiguió. Ella escapó, pero cuando estaba a punto de ser alcanzada, pidió a su padre que la convirtiera en un árbol de laurel. Bernini representa en la obra el momento culminante de la escena, cuando Apolo alcanza a Dafne y ella comienza su metamorfosis.

Es un grupo escultórico de bulto redondo realizado en mármol. El material está tratado de distinta manera según la zona, más pulido o rugoso. La luz resbala por el mármol creando efectos de claroscuro.

La composición es muy dinámica, basada en diagonales, con la que se obliga al espectador a rodear la obra si quiere contemplarla en su totalidad. La obra permite distintos puntos de vista: si la vemos de frente no vemos a Apolo, tenemos que girar para verlo; y según la rodeamos, observamos la transformación de Dafne de ninfa a árbol. La expresividad es muy marcada y contrastante: mientras Apolo observa atónito la escena, Dafne muestra en el rostro una mezcla de terror por ser alcanzada y sorpresa ante su metamorfosis.

La manera de plasmar la obra muestra un claro influjo clásico. Observamos el canon de siete cabezas, el contrapposto, un modelado suave y un desarrollo anatómico blando. Pero el virtuosismo de Bernini se muestra en la figura de Dafne, que parece estar flotando en el aire, y en el tratamiento detallado de su cabello.

En conclusión, esta obra es una de las más importantes de Bernini, el principal escultor del Barroco. Resume claramente sus características: virtuosismo, naturalismo, claroscuros y composiciones dinámicas de efecto teatral. Su movimiento, expresividad y contraste la sitúan en el Barroco pleno.

El éxtasis de Santa Teresa

Esta obra se conoce como Transverberación de Santa Teresa; fue elaborada por Bernini en el siglo XVII, es de estilo barroco y se encuentra en Roma. Fue un encargo del cardenal Cornaro para que presidiera la capilla de su tumba en la Iglesia de Santa Maria della Vittoria.

La temática es religiosa: representa el momento en el que Santa Teresa de Ávila recibe el don místico de la transverberación, tal y como lo describe en su libro: con un ángel clavándole una flecha dorada en el corazón. La transverberación era una experiencia mística donde se lograba una unión íntima con Dios.

Es un grupo escultórico de bulto redondo realizado en mármol. Pero a este grupo se añade arquitectura (columnas de mármol), pintura (frescos) y un segundo conjunto escultórico con la representación de la familia Cornaro asistiendo a la escena desde un palco lateral. Con estos elementos, Bernini logra un conjunto artístico de gran valor escenográfico.

Detrás del conjunto principal se encuentra una ventana oculta por la que entra luz que resbala por los rayos de bronce situados detrás de la Santa y el ángel, creando el efecto simbólico de luz divina. El modelado es distinto según la zona, con mayor volumen en los paños de la Santa, creando grandes claroscuros, y más pulido en los cuerpos y en los paños del ángel, logrando que la luz se deslice con delicadeza. Estos efectos lumínicos aumentan la sensación de ingravidez.

La composición es muy dinámica e inestable, basada en diagonales, tanto por el cuerpo de la Santa como por la dirección de la flecha del ángel. La expresividad de los rostros es muy destacada: Santa Teresa muestra el éxtasis con una expresión que mezcla placer y dolor, mientras el ángel manifiesta una leve sonrisa de marcado carácter místico-erótico.

En conclusión, esta obra resume las características esenciales de Bernini: virtuosismo, naturalismo y teatralidad. En esta obra, Bernini lleva al Barroco a su máxima expresión uniendo arquitectura, pintura y escultura con un objetivo claramente escénico.

La Piedad

Esta obra se conoce como La Piedad; fue elaborada por Gregorio Fernández, es de estilo barroco y se encuentra en Valladolid, en el Museo Nacional de Escultura.

Representa uno de los momentos finales de la Pasión: la Virgen recoge en su regazo a Cristo muerto después de descender de la cruz. Se encuentra rodeado por el buen y el mal ladrón. Es un tema bíblico que recibió un gran impulso con la Contrarreforma, buscando conmover al espectador a través del dramatismo de la escena. Para lograrlo, la Virgen levanta el brazo como realizando una petición de ayuda.

Es un grupo escultórico realizado en madera policromada e incluye elementos postizos como vidrio en los ojos y hueso en los dientes, que aumentan el realismo. La composición es abierta y tiene forma de pirámide asimétrica, que lleva el centro de interés hacia la mano y la cara de la Virgen. Destacan dos diagonales, la de la Virgen y la de Cristo, que crean dinamismo.

Destaca el contraste en el tratamiento de las figuras:

  • El canon de la Virgen es más corto y ancho que el de Cristo.
  • El modelado de Cristo es suave y realista, marcando toda su anatomía, mientras que en la Virgen el modelado de los paños es profundo y rígido, creando fuertes claroscuros.

En conclusión, esta obra es una de las más importantes de Gregorio Fernández, principal representante de la escuela castellana desarrollada en el Barroco. En la obra apreciamos la iconografía religiosa, el uso de madera policromada y paños rígidos, pero sobre todo una expresividad que busca emocionar al espectador de manera teatral.

La vocación de San Mateo

Esta obra, que fue la primera de carácter monumental que pintó Caravaggio, se conoce como La vocación de San Mateo; es de estilo barroco y fue pintada en el siglo XVII. Pertenece a un ciclo de tres óleos dedicados a San Mateo bajo encargo de un cardenal para una iglesia romana.

La iconografía es bíblica (Evangelio según San Mateo): representa el instante en el que Cristo, acompañado de San Pedro, señala a Mateo escogiéndolo como apóstol. Mateo es sorprendido en una taberna contando dinero (era recaudador de impuestos) rodeado de otros personajes vestidos a la moda del siglo XVII.

En la obra observamos un óleo con una gran importancia del claroscuro. La luz entra por la derecha a través de una ventana o claraboya que no se ve, creando una diagonal que determina la composición, pues ilumina partes específicas como los rostros y deja el resto en penumbra, estableciendo fuertes contrastes. Aunque Cristo se encuentra en un lugar secundario, la luz y las miradas de los otros personajes nos llevan hacia él. La composición es cerrada y se organiza en dos planos desequilibrados: el superior casi vacío y el inferior donde se concentran los personajes.

La representación de personajes cotidianos vestidos al estilo de la época otorga realismo a la obra, pero sus gestos marcados aportan un dramatismo teatral. La postura de la mano de Cristo es semejante a la de La creación de Adán de Miguel Ángel.

En conclusión, esta es una de las principales obras de Caravaggio, quien introdujo el naturalismo y el tenebrismo. Este estilo busca representar la realidad sin artificios, huyendo de la belleza idealizada. El uso dramático de la luz artificial destaca elementos concretos y desprecia los fondos, influyendo en pintores como Rembrandt o Velázquez.

El aguador de Sevilla

Esta obra fue pintada por Velázquez en el siglo XVII y es de estilo barroco. Se conserva en Londres tras ser un regalo de Fernando VII al duque de Wellington.

El contexto de Velázquez se sitúa en el Siglo de Oro español, una época de ocaso político pero de florecimiento artístico sin precedentes bajo los últimos Austrias. La iconografía de la obra es compleja; en primer plano vemos a un aguador humilde y a un niño de mejor clase social. Se suele interpretar como la representación de las tres edades del hombre: el viejo que enseña, el niño que aprende y el hombre maduro que actúa.

Este óleo representa una escena de género con un bodegón en primer plano. Destaca la preferencia por los colores terrosos, ocres y marrones, y la importancia del dibujo. La luz entra desde el lado izquierdo, creando fuertes claroscuros, influjo directo del tenebrismo de Caravaggio. Destaca el gran realismo técnico, mostrando detalles como la gota de agua en el cántaro o el higo dentro de la copa de cristal.

En conclusión, esta obra pertenece a la etapa sevillana de Velázquez, en el taller de Pacheco, donde se inició en el uso de tonos terrosos y el aprendizaje a través de bodegones.

La forja de Vulcano

Esta obra barroca se encuentra en el Museo del Prado y fue realizada por Velázquez en el siglo XVII sin encargo previo. La iconografía es mitológica: Apolo, el brillante dios del sol, acude al taller de Vulcano para informarle de que su mujer, Venus, le es infiel con Marte. Velázquez plasma el momento de mayor carga emocional y la reacción de los personajes.

Observamos un óleo con colores más claros y luminosos. La pincelada es suelta y no hay un claroscuro tan marcado como en su etapa anterior. Existe un importante estudio anatómico y los personajes son tratados de forma contrastante. La composición es cerrada y elíptica, con una gran carga psicológica en las expresiones.

En conclusión, esta obra pertenece al primer viaje a Italia de Velázquez, donde conoció la obra de la escuela veneciana y de maestros como Miguel Ángel y Rafael. Esto provocó un cambio en su técnica: abandono del tenebrismo, mejor estudio de la anatomía y un nuevo concepto de la pintura histórica.

La rendición de Breda

Conocido también como Las Lanzas, este cuadro fue encargado por Felipe IV para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. Representa un hecho histórico: la caída de la ciudad de Breda (1625) ante los tercios españoles liderados por Spínola.

Velázquez representa una rendición caballerosa, sin humillación. El gobernador de Breda, Justino de Nassau, intenta arrodillarse y Spínola se lo impide en un gesto de respeto. En el cuadro predomina el color sobre el dibujo, con una luz intensa que ayuda a modelar los cuerpos.

Apreciamos una gran importancia del paisaje, pintado al estilo flamenco, con mucha profundidad y perspectiva aérea. Las figuras en escorzo, como el caballo de la derecha, ayudan a crear tridimensionalidad. Los personajes están tratados como verdaderos retratos individualizados.

Las Meninas

Pintado por Velázquez en el siglo XVII, su título original es La familia de Felipe IV. Muestra una escena cotidiana en la que la infanta Margarita, rodeada de sus sirvientas (meninas), bufones y un perro, visita el estudio del pintor.

Velázquez se incluye en la obra, lo que dignifica su oficio. La luz es la gran protagonista, con tres focos distintos que modelan las figuras y difuminan los contornos. La composición es compleja y novedosa: los reyes aparecen reflejados en un espejo al fondo, situándose en el espacio ficticio del espectador.

La perspectiva aérea se logra mediante el uso magistral de la luz y el color. Esta obra de la etapa final de Velázquez supone la culminación de su estilo y es considerada una de las mayores obras maestras de la historia del arte, inspirando a genios como Goya y Picasso.

Fachada de San Pedro del Vaticano

A comienzos del siglo XVII, Maderno se hace cargo de las obras de la basílica, ampliando la nave hasta convertirla en cruz latina y diseñando la monumental fachada. La fachada muestra una clara tendencia a la horizontalidad y se divide en dos niveles: el inferior y el ático.

El cuerpo central cuenta con columnas corintias de orden gigante que enmarcan balcones y puertas. La distribución de los elementos arquitectónicos, muchos sin función constructiva, logra efectos de claroscuro. En conclusión, aunque mantiene trazos renacentistas, abre el camino al Barroco con el concepto de fachada-telón, que no siempre se corresponde con la estructura interna.

Plaza del Vaticano

Situada a los pies de la basílica, fue diseñada por Bernini en el siglo XVII. Debía cumplir dos funciones: una práctica (acoger fieles) y otra simbólica (ser los brazos de la Iglesia que acogen a la humanidad).

Son realmente dos plazas unidas: una trapezoidal y otra elíptica. Está rodeada por una columnata de cuatro filas de orden toscano, coronada por una balaustrada con 140 estatuas de santos. Bernini resalta el juego de luces y sombras producido por el ritmo de las columnas, creando un espacio monumental y dinámico.

Torre del Reloj (La Berenguela)

Situada en la Catedral de Santiago de Compostela, fue elaborada por Domingo de Andrade en el siglo XVII. Es un ejemplo del barroco compostelano. Andrade elevó una torre sobre un cuerpo cuadrangular preexistente, añadiendo bandas verticales y templetes circulares en las esquinas.

La decoración es abundante, con motivos vegetales y elementos militares. Esta obra marca la introducción del Barroco en Galicia, creando un modelo de torre armónica y esbelta que sería muy imitado.

San Carlo alle Quattro Fontane

Este conjunto romano fue realizado por Borromini. La planta es elíptica y sinuosa, con segmentos cóncavos y convexos que crean un gran dinamismo. La fachada-telón está condicionada por la fuente de la esquina y se organiza en dos pisos con columnas de orden gigante.

En el interior destaca la ondulación de las paredes y una original cúpula elíptica. Borromini rompe con las ideas renacentistas y aporta una complejidad técnica y funcional extraordinaria, a pesar de las limitaciones del espacio.

Fachada del convento de Santa Clara

Ubicada en Santiago de Compostela, esta fachada del siglo XVIII es obra de Simón Rodríguez. Es una auténtica fachada-telón dividida en tres cuerpos donde la decoración aumenta en altura. La novedad es el uso de grandes placas de piedra con formas geométricas, estilo conocido como barroco de placas, que genera una sensación de dinamismo e inestabilidad.

Fachada del Obradoiro

Diseñada por Casas Novoa en el siglo XVIII para la Catedral de Santiago, su objetivo era proteger el Pórtico de la Gloria y modernizar el conjunto. Tiene forma de H, con un cuerpo central flanqueado por dos torres.

El cuerpo central destaca por sus grandes ventanales para iluminar el interior y su profusa decoración escultórica, incluyendo la figura de Santiago Apóstol como peregrino. Es la obra cumbre del barroco compostelano, destacando por su verticalidad, monumentalidad y efectos de claroscuro.