Kant y la Ilustración: Minoría de edad, autonomía moral y uso público de la razón

Kant y la Ilustración: minoría de edad, autonomía y voluntad

Introducción

Para Kant, la Ilustración no es un evento histórico que se pueda datar, sino un gesto de coraje individual. Lo que hace este texto de manera vibrante es desplazar el problema del conocimiento al terreno de la ética y la voluntad. La tesis central es clara: la «minoría de edad» no es una deficiencia intelectual, sino un estado de servidumbre voluntaria. Al definirla como la «incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la guía de otro», Kant está señalando que el obstáculo para la libertad no es la falta de inteligencia, sino la falta de carácter.

Estrategia argumentativa y exhortación moral

Su estrategia argumentativa es brillante porque no intenta demostrar una verdad científica, sino que busca sacudir la inercia del lector mediante una exhortación moral. El argumento gira en torno a la responsabilidad: uno mismo es el culpable de su minoría de edad. Aquí, Kant utiliza una lógica de causalidad ética: si la causa de nuestra dependencia es la «pereza y la cobardía», la solución no es más información, sino más resolución. Por eso, el texto desemboca necesariamente en el lema Sapere aude! (¡Atrévete a saber!), que funciona como un imperativo que resume toda la arquitectura de su pensamiento.

Implicaciones para la historia de la filosofía

Este análisis tiene implicaciones profundas en la historia de la filosofía. Conecta directamente con la autonomía de la voluntad: para Kant, no puede haber moralidad si no hay libertad de juicio. Si actúo guiado por un libro, un cura o un médico (lo que él llama «heteronomía»), no soy un sujeto ético, sino un autómata. El valor de este texto reside en que marca el inicio de la modernidad política y filosófica; el ser humano deja de ser un súbdito tutelado para convertirse en un ciudadano que legisla su propia vida.

Por qué preferimos no ser libres

Siguiendo el hilo del análisis anterior, Kant profundiza aquí en las razones de nuestra servidumbre voluntaria. Si antes definía la Ilustración como un acto de valor, aquí explora el reverso de la moneda: por qué preferimos no ser libres. La tesis que vertebra el texto es que la minoría de edad se perpetúa no por una imposibilidad natural —pues la Naturaleza ya nos ha hecho físicamente adultos— sino por una decisión basada en la comodidad. Kant sostiene que la pereza y la cobardía actúan como los verdaderos grilletes que permiten a otros erigirse en nuestros tutores, transformando la autonomía en una tarea que percibimos como «engorrosa».

Ejemplos y la delegación de la responsabilidad

Para sostener esta idea, Kant despliega una serie de ejemplos punzantes que conectan la teoría con la inercia del día a día. Al mencionar al libro que piensa por nosotros, al confesor que gestiona nuestra conciencia o al médico que decide nuestra dieta, el autor desvela un mecanismo de delegación de la responsabilidad: mientras podamos pagar, no necesitamos pensar. Esta lógica de intercambio —dinero por autonomía— es lo que fundamenta la heteronomía que Kant tanto critica. Este pasaje es vital porque sitúa el foco en la voluntad; la Ilustración deja de ser un ideal abstracto para convertirse en una lucha contra la tendencia humana a buscar la seguridad en la dirección ajena.

Uso público y uso privado de la razón

Siguiendo con el análisis de la libertad kantiana, este fragmento introduce la distinción técnica que permite que la Ilustración sea viable en una sociedad organizada. La tesis central es que la verdadera chispa del progreso reside en el uso público de la razón, el cual debe ser siempre libre e ilimitado, mientras que el uso privado puede —y a veces debe— ser restringido para asegurar el orden social. Kant argumenta que la libertad necesaria para ilustrarse no es una rebeldía caótica1, sino la capacidad de expresarse como «docto» (capacitado intelectualmente) ante el resto de los miembros de nuestra sociedad. Así, mientras que el ciudadano tiene el deber de obedecer en su función civil (pagar impuestos o cumplir órdenes militares), mantiene intacto su derecho y obligación de razonar críticamente sobre esas mismas leyes o mandatos ante la comunidad universal.

Esta diferenciación —entre uso público y privado de la razón— es la herramienta con la que Kant resuelve la aparente contradicción entre obediencia y libertad. Para defender esta postura, el autor utiliza un recurso de contraste muy efectivo:

  • En el plano civil, el deber de obedecer por la organización y el orden.
  • En el plano público y reflexivo, la libertad de exponer argumentos y críticas ante la comunidad.

Comparación con el pensamiento de Marx y el papel del soberano ilustrado

Esta es una de las características del pensamiento político kantiano que más lo diferencia de los planteamientos que veremos en el siguiente tema sobre Marx: mientras que Kant es reformista, Marx es revolucionario. Mientras que el primero quiere —expresado con una metáfora— reestructurar el edificio de la sociedad ladrillo a ladrillo, el segundo quiere demolerlo y reedificar desde cero. Frente al clamor general de las instituciones que ordenan «¡no razones!», Kant propone el modelo de un «único señor» (Federico II de Prusia)2 que permite el pensamiento libre siempre que se mantenga la disciplina civil. De este modo, Kant fundamenta la Ilustración como un proceso compatible con la estabilidad del Estado.

Época ilustrada vs. época de Ilustración

En este fragmento, Kant introduce una distinción fundamental para entender el progreso histórico: la diferencia entre vivir en una «época ilustrada» y una «época de Ilustración». Su tesis central sostiene que, aunque el ser humano aún no ha alcanzado la plena autonomía —especialmente en el delicado ámbito de la religión—, se encuentra por fin en el camino hacia ella gracias a la apertura de un espacio de libertad para el pensamiento. A través de una argumentación que contrapone la realidad actual (la falta de capacidad colectiva para el autocontrol racional) con los «claros indicios» de cambio, Kant presenta su tiempo como un periodo de transición o reforma, bautizándolo como el «Siglo de Federico».

Esta denominación no es baladí, pues funciona como un argumento de autoridad y gratitud hacia Federico II de Prusia, cuya política de tolerancia permitió el uso público de la razón analizado anteriormente. Kant, así pues, define la Ilustración no como un estado final ya conseguido, sino como un proceso dinámico y pedagógico. Al vincular la disminución de obstáculos externos con la persistente responsabilidad individual de abandonar la minoría de edad, Kant refuerza la idea de que la libertad política es la condición necesaria para que el germen del pensamiento libre, presente en la naturaleza humana, pueda finalmente florecer y transformar la mentalidad del pueblo hacia una verdadera mayoría de edad.

Notas

1 Esta es una de las características del pensamiento político kantiano que más se diferencia de los planteamientos que veremos en el siguiente tema en Marx: mientras que Kant es reformista, Marx es revolucionario.

2 Kant alude a Federico II de Prusia como ejemplo de monarca ilustrado que tolera el uso público de la razón, a condición de mantener la disciplina en la esfera civil.