Teatro
En los años que siguen a la Guerra Civil el panorama teatral español es bastante mediocre. Buena parte de los dramaturgos anteriores partieron al exilio; otros habían muerto. Los que se quedaron tuvieron que hacer frente a la censura y a los intereses económicos de los empresarios teatrales.
I. Comedia burguesa o alta comedia
La comedia burguesa sigue la tradición de Jacinto Benavente. Se trata de un teatro conformista que deja totalmente de lado asuntos sociales o políticos del momento. Los autores muestran gran preocupación por la forma. Fue cultivada por una serie de autores entre los cuales destacan José María Pemán y Juan Ignacio Luca de Tena.
II. Teatro de humor
Dentro del teatro cómico, los dos autores más interesantes son, sin duda, Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura. Ambos crearon un teatro de humor disparatado e ilógico y, a la vez, inteligente.
- Enrique Jardiel Poncela. Las obras de Jardiel Poncela se caracterizan por el dinamismo: los personajes están en constante movimiento. Además, recupera la figura del gracioso, encarnada en un personaje. Muchas veces el autor recurre a situaciones absurdas, llenas de equívocos y sorpresas. Los diálogos son de una comicidad inteligente e intelectual. Sus obras más conocidas son Eloísa está debajo de un almendro y Los ladrones somos gente honrada.
- Miguel Mihura. La comicidad de sus obras se basa en personajes llenos de ingenuidad infantil y ternura, y en la mezcla de situaciones trágicas y ridículas. Escribió su mejor obra, Tres sombreros de copa, antes de la guerra aunque no logró representarla hasta veinte años después. Cambió de rumbo y fundó dos revistas de humor: La Ametralladora y La Codorniz. A finales de los cincuenta volvió al teatro con Melocotón en almíbar (1958) y Maribel y la extraña familia (1959).
III. Teatro realista existencial y social
A finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta, Antonio Buero Vallejo y Alfonso Sastre inician un tipo de teatro realista que se opone al escapismo del teatro anterior. Se llevan a escena los problemas humanos y sociales del momento y se profundiza en los caracteres de los personajes.
En la producción dramática de Buero Vallejo se encuentra, por un lado, la meditación existencial sobre el sentido de la vida humana; por otro, la crítica y la denuncia social de la injusticia. Entre sus obras más representativas podemos citar Historia de una escalera (1949) y El tragaluz (1967).
Alfonso Sastre adoptó una actitud mucho más beligerante y creó un teatro de protesta radical. Su primer éxito, Escuadra hacia la muerte (1953), fue prohibido a los tres días de su estreno por ser considerado antimilitarista. El teatro realista crítico iniciado por Buero y Sastre tuvo grandes continuadores en la década de los sesenta. Algunos títulos son Las salvajes en Puente San Gil (1961), de José M.ª Martín Recuerda, o La camisa (1962), de Lauro Olmo.
IV. Teatro experimental
De manera paralela al teatro realista, en los años sesenta surge una línea de teatro experimental, con una estética innovadora radicalmente opuesta al realismo. Los autores innovadores reciben el influjo del teatro del absurdo europeo, del surrealismo y también del esperpento de Valle-Inclán. Sigue siendo habitual la crítica social y política del régimen franquista. Algunos autores recurren a los símbolos.
Todo esto hace que sea un teatro difícil; su dificultad, unida a las prohibiciones, hizo que este teatro encontrara muchas dificultades para ser llevado a la escena, por lo que se conoce también como “teatro underground”. Adquiere gran importancia la escenografía, la música y la expresión corporal. En algunos casos se rompe con la “cuarta pared”. Asimismo, son frecuentes las improvisaciones durante la función.
El autor más importante de esta tendencia es Francisco Nieva. Sus obras más rompedoras fueron bautizadas por él mismo como “Teatro Furioso”, que combina el surrealismo con el esperpento de Valle-Inclán. Dentro del Teatro Furioso se sitúa Pelo de tormenta (1962).
En esta década, Alfonso Sastre compone La taberna fantástica (1966), que obtuvo el Premio Nacional de Teatro en 1985, pues no pudo ser estrenada antes. En ella también se percibe la influencia del esperpento de Valle-Inclán y del surrealismo, pero, sobre todo, el influjo del dramaturgo alemán Bertolt Brecht.
También en la corriente experimental encontramos a Fernando Arrabal, que se exilió voluntariamente en Francia en 1955. Se convirtió en el autor español más representado en el extranjero. Sus primeras obras se inscriben en el teatro del absurdo; en esta línea se encuentran Pic-nic (1952) y El triciclo (1953). Ya en Francia, Arrabal funda un movimiento al que llama Teatro Pánico. Muchas de sus obras a partir de entonces buscan la provocación y el escándalo del espectador, sin que el autor abandone su compromiso ético y político. Entre sus títulos posteriores se cuentan La aurora roja y negra (1968) y Oye, Patria, mi aflicción (1975).
Al morir Franco existían en España más de cien compañías; las que alcanzaron más repercusión fueron Els Joglars y Els Comediants, en Barcelona. La desaparición de la censura no supuso automáticamente una completa libertad de expresión en el género teatral, y algunas representaciones que satirizaban a la Iglesia y al Ejército sufrieron furibundos ataques. Poco a poco, el teatro fue dejando de ser el entretenimiento favorito del gran público, sustituido principalmente por el cine.
Entre los últimos dramaturgos del siglo XX podemos citar a José Sanchís Sinisterra (¡Ay, Carmela!, 1985); José Luis Alonso de Santos (La estanquera de Vallecas, 1981; Bajarse al moro, 1985); y Fernando Fernán Gómez (Las bicicletas son para el verano, 1984).
Poesía
Al finalizar la Guerra Civil en 1939, el panorama cultural quedó profundamente empobrecido, debido tanto a la muerte y el exilio de numerosos escritores como al clima de censura y la desconfianza hacia la cultura.
Poeta de transición
Miguel Hernández (1910-1942) es considerado poeta de transición. Su trayectoria puede sintetizarse así:
- Etapa relacionada con el 27. Influencia de Góngora y de las Vanguardias: El rayo que no cesa.
- Durante la guerra: con su poesía comprometida defiende los valores republicanos: Viento del pueblo.
- Poesía desnuda y profunda; las metáforas buscan una expresión directa y esencial: En Cancionero y romancero de ausencias.
1. La poesía del exilio
Se caracteriza por: a) la evasión de la realidad; b) el fraccionamiento. Los temas que tratan son: a) España, recordada con angustia y dolor; b) el mundo interior del poeta. Destacan: Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Salinas, Luis Cernuda, Concha Méndez, Ernestina de Champourcín (Domenchina aparece en el texto original como Aurelia de Domenchina) y Jorge Guillén, entre otros.
2. La poesía de los años 40: poesía arraigada y desarraigada
Dos tendencias poéticas:
- Poesía arraigada. Poetas afines al régimen. Se buscaba la estética y la evasión y presenta un gran dominio de la técnica. Los temas principales son Dios y la patria, el paisaje castellano y el amor. Dos revistas representativas: Escorial (integrada por poetas de la generación del 36, como Luis Rosales, Leopoldo Panero, Dionisio Ridruejo y Luis Felipe Vivanco) y Garcilaso, apoyada por el régimen franquista.
- Poesía desarraigada. Presenta un mayor contenido humano y existencial y refleja más la realidad española de la época. En 1944 se publica Hijos de la ira de Dámaso Alonso y Sombra del paraíso de Vicente Aleixandre, y se crea la revista Espadaña; en ella sus fundadores firmaron un manifiesto que criticaba la poesía afín al régimen.
Al mismo tiempo surgen movimientos minoritarios: el vanguardismo reflejado por el postismo, cuyo máximo representante fue Carlos Edmundo de Ory; y el grupo Cántico, que apostó por un mayor esteticismo e intentó enlazar con la Generación del 27, teniendo como máximo representante a Pablo García Baena.
3. Poesía de los años 50: poesía social
La poesía social sirve como instrumento de denuncia de injusticias sociales. Hacia 1955 se consolida el «realismo social». Obras representativas: Pido la paz y la palabra de Blas de Otero y Cantos iberos de Gabriel Celaya. Muchos autores de la poesía desarraigada siguen la estela de esta poesía social.
Temáticamente, se habla de España y de problemas cotidianos o alusiones a la guerra. Estilísticamente se caracteriza por la sustitución del yo por el nosotros, el uso de un lenguaje cotidiano y directo, la equiparación de la labor del poeta a la de cualquier trabajador y una mayor importancia del contenido sobre la forma.
4. La poesía de los años 60: poesía del conocimiento
Respetando los temas sociales, se buscó una mayor elaboración del lenguaje poético y un desplazamiento de lo colectivo a lo personal. Algunos poetas conocidos como la Promoción de los sesenta son Ángel González y Claudio Rodríguez. Temas comunes: la reflexión sobre el paso del tiempo (tempus fugit), el amor como cauce del erotismo y la amistad, y la reflexión sobre la creación poética. Huyen del estilo exaltado y muestran un estilo personal.
5. Poesía en los años 70: los Novísimos
Los Novísimos —así llamados por el volumen Nueve novísimos poetas españoles (1970) de José María Castellet— rompieron con el realismo de posguerra y abandonaron el humanismo literario. Presentan formas vanguardistas como la escritura automática o el collage. En esta década destacan autores como Manuel Vázquez Montalbán y Ana María Moix. Hubo, sin embargo, una minoría de poetas que se mantuvieron al margen y buscaron modelos en los poetas del 27 y en los de los cincuenta.
6. La poesía desde los años ochenta
Surgió la llamada poesía de la experiencia, dirigida a un público más amplio y alejada de la élite de los novísimos. Temáticamente trata los hechos cotidianos, la realidad urbana o la preocupación por el paso del tiempo. La reflexión sobre la vida se da mediante un contenido anímico y emotivo, y la presencia de la anécdota da lugar a poemas narrativos. Destacan Luis García Montero y Jon Juaristi.
Novela
El ambiente de libertad en el que comenzó a desarrollarse la cultura española tras la muerte de Franco permitió un mejor conocimiento de la literatura española en Europa y de la literatura occidental en España, gracias a la desaparición de la censura. Esto supuso la recuperación de la obra de los escritores exiliados y un mayor conocimiento de la narrativa de otros países.
En suma, dos son los aspectos más significativos de la novela española en las últimas décadas: 1) el carácter aglutinador y 2) la individualidad. De modo que puede decirse que en las últimas décadas conviven:
- Novelistas importantes de toda la posguerra: Delibes, Cela y Torrente Ballester, sobre todo.
- Algunos novelistas de la «Generación del 50»: Juan Goytisolo, Juan Marsé, Carmen Martín Gaite, etc.
- Los novelistas de la generación del 75. En los setenta hay autores que siguen cultivando la novela experimental e intelectual que tiene su origen principal en Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos. Suelen prestar más atención a la forma que al contenido; abundan las historias fragmentadas y los monólogos interiores. Este tipo de novela está dirigido a un lector inteligente y culto. Es la llamada generación de 1975 o también generación de 1968 (mayo del 68): Eduardo Mendoza (La verdad sobre el caso Savolta y El laberinto de las aceitunas), Félix de Azúa, Juan José Millás, Vicente Molina Foix, Soledad Puértolas, etc.
- Nuevos escritores dados a conocer ya después del franquismo: Manuel Vicent, Julio Llamazares, Javier Marías, Luis Mateo Díez, Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina, Luis Landero, etc.
Por otra parte, no resulta fácil discernir en la nueva narrativa unas corrientes o escuelas definidas; sí es posible, no obstante, identificar ciertas tendencias temáticas.
- Novela policíaca. Este subgénero resurge con especial fuerza. Entre sus cultivadores destaca Manuel Vázquez Montalbán (Los mares del sur, 1979). A esta tendencia pertenecen también algunas novelas de Antonio Muñoz Molina (El invierno en Lisboa, 1987), Plenilunio o su obra Sefarad, que ha sido definida por el autor como «novela de novelas».
- Novela histórica. Se pueden citar como ejemplos El oro de los sueños, de José María Merino; El hereje (1998), de Miguel Delibes; así como la saga protagonizada por el capitán Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte, ambientada en el Siglo de Oro. En los últimos años son frecuentes las novelas históricas contextualizadas en épocas cercanas, especialmente en la Guerra Civil, como Soldados de Salamina (2001), de Javier Cercas; La voz dormida (2002), de Dulce Chacón; o Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez.
- Novela de la reflexión íntima. Este tipo de narrativa se centra en la búsqueda personal y la reflexión sobre la propia existencia. Obras representativas: Mortal y rosa (1975), de Francisco Umbral, o El desorden de tu nombre, de Juan José Millás. En La lluvia amarilla (1988), Julio Llamazares narra el abandono de los pueblos a través de un largo y emocionado monólogo.
- Novela de la memoria y del testimonio. La memoria de una generación y el compromiso son los temas básicos de esta corriente, en la que se encuadran novelistas como Rosa Montero, con Te trataré como a una reina (1981), defensa de la condición femenina, y la producción novelística de Luis Mateo Díez.
- Novela culturalista. En los últimos años han aparecido autores jóvenes que hacen una novela que se ocupa de analizar y explicar diferentes aspectos de la cultura occidental desde posturas eruditas. Eso es lo que hace Juan Manuel de Prada con Las máscaras del héroe o La tempestad.
- Otras tendencias. Entre los autores más jóvenes destaca la novela que trata los problemas de la juventud urbana con una estética muy cercana a la contracultura: Historias del Kronen, de José Ángel Mañas; Ray Loriga con Héroes; o Lucía Etxebarría en Sexo, prozac y dudas.