I. La Restauración Absolutista y el Inicio de la Emancipación (1814-1820)
Tras el Tratado de Valençay, por el que Napoleón devolvía el trono de España, Fernando VII regresó entre el entusiasmo popular que le aclamaba como “el Deseado”, pensando que iba a jurar la Constitución de 1812.
El Retorno de Fernando VII y el Absolutismo
Los absolutistas aprovecharon la vuelta del monarca presentándole el Manifiesto de los Persas, documento que propugnaba el retorno al Antiguo Régimen. Tras un viaje recorriendo España, Fernando VII publicó el Real Decreto de mayo de 1814 por el que se suprimía la Constitución de Cádiz, anulaba las leyes desamortizadoras y restituía la Inquisición y los privilegios a la nobleza y al clero. Inmediatamente puso en marcha la represión contra afrancesados y liberales que fueron encarcelados o marcharon al exilio a Inglaterra y Francia.
Fernando VII y su gobierno fracasaron estrepitosamente en su intento por recuperar la estabilidad económica y social de su reino, consecuencia de las elevadas pérdidas humanas y económicas ocasionadas por la Guerra de la Independencia. Además, la Hacienda Real entró en bancarrota debido a los enormes gastos generados por el conflicto de la emancipación de las colonias americanas y la caída del comercio colonial.
La Emancipación de las Colonias Americanas
Durante la Guerra de la Independencia, los criollos de las colonias se habían organizado en Juntas y hacia 1810 muchas de ellas se habían declarado independientes. Los focos más secesionistas fueron:
- El Virreinato del Río de la Plata, donde José de San Martín proclamó la independencia de Argentina.
- El Virreinato de Nueva Granada y Venezuela, a cuyo frente se situó otro gran líder, Simón Bolívar.
En 1814, Fernando VII, en vez de llegar a un acuerdo, envió un ejército de 10.000 hombres que pacificó Nueva Granada y México. Sin embargo, la intransigencia total de la monarquía estimuló el movimiento libertador:
- San Martín atravesó los Andes y derrotó a los españoles en Chacabuco en 1817, propiciando la independencia de Chile.
- Bolívar derrotó a los realistas en Boyacá y Carabobo, formándose la Gran Colombia (que incluía Venezuela).
- Iturbide venció a los españoles en México.
El clima de inestabilidad en la península permitió la reorganización de los liberales que protagonizaron numerosos pronunciamientos (Lacy, Porlier, Vidal), fracasando en sus intentos y encontrando en la represión la única respuesta de la monarquía a las demandas políticas y sociales.
II. El Trienio Liberal (1820-1823)
El Pronunciamiento de Riego
El 1 de enero de 1820 triunfó el pronunciamiento del coronel Rafael del Riego en la localidad sevillana de Cabezas de San Juan. Riego se sublevó y recorrió Andalucía proclamando la Constitución de 1812. La pasividad del ejército real, la acción de los liberales en las principales ciudades y la neutralidad del campesinado forzó a Fernando VII a jurar la Constitución el 10 de marzo, declarando: “Marchemos todos juntos y yo el primero por la senda constitucional”.
Obra Legislativa y Oposición
Los diputados liberales iniciaron una importante obra legislativa con reformas como:
- La supresión de la Inquisición.
- La liberalización de la industria y del comercio.
- La limitación de los diezmos.
- La desamortización de bienes de la Iglesia.
- La formación de ayuntamientos y diputaciones electivas.
- El restablecimiento de la Milicia Nacional para defender el orden constitucional.
La monarquía siempre hacía uso de su derecho a veto, paralizando las reformas y conspirando contra el gobierno. La nobleza tradicional y la Iglesia se vieron perjudicadas, iniciando revueltas apoyadas por los campesinos, descontentos con los altos impuestos, contra los gobernantes. En el norte de España se formaron núcleos rebeldes que llegaron a dominar amplias zonas de dominio absolutista, como la dirigida por el exguerrillero el cura Merino.
III. La Década Ominosa y el Conflicto Sucesorio (1823-1833)
La Intervención de la Santa Alianza
En 1823, Fernando VII solicitó ayuda a la Santa Alianza para restaurar el absolutismo. Francia envió el ejército denominado los Cien Mil Hijos de San Luis, dirigidos por el duque de Angulema, que invadió España sin dificultades y restauró el absolutismo.
Las potencias de la Santa Alianza consideraban necesarias algunas reformas moderadas, pero el monarca no se avino a estas peticiones y se llevó a cabo una feroz represión durante los diez años siguientes contra los liberales (ejecución de Mariana Pineda, fusilamiento del general Torrijos y sus 50 compañeros sublevados…).
La Consumación de la Independencia Americana
Mientras tanto, el proceso de independencia de las colonias americanas se completó con la derrota definitiva del ejército español en Ayacucho en 1824 y con la independencia de Perú y Bolivia.
Las dificultades de la Hacienda, agravadas por la pérdida de las colonias americanas, obligaron al monarca a buscar la colaboración del sector moderado de la burguesía, nombrando a López Ballesteros como ministro de Hacienda, quien realizó una gran labor. Además, se crearon los Consejos de Ministros y el presupuesto anual del Estado para solucionar el eterno problema de la deuda.
La Cuestión Sucesoria y la Pragmática Sanción
Fernando VII no restableció la Inquisición, y este acercamiento con los liberales moderados generó una reacción absolutista radical en torno a Carlos María Isidro, hermano menor del rey y posible sucesor, pues Fernando VII todavía no tenía descendencia. En 1826, uno de estos grupos absolutistas estalló en la Guerra de los Agraviados en Cataluña, donde se oyó por vez primera el grito de “Viva Carlos V”.
El nacimiento de la hija del rey, Isabel, dio lugar a un conflicto sucesorio, pues Fernando VII derogó la Ley Sálica mediante la Pragmática Sanción, despejando a su hija el camino al trono. El sector ultraconservador absolutista no aceptó la situación y presionó al monarca a reponer la Ley Sálica, como consiguió Diego Calomarde. Pero la enfermedad del rey y la regencia de María Cristina de Borbón, que permitió el regreso de los liberales, frustró el intento absolutista. Finalmente, Fernando VII nombró a su hija Isabel heredera del trono y Princesa de Asturias.