La literatura del siglo XVIII: El Neoclasicismo
Desde finales del siglo XVII se advertía en España un cambio de mentalidad entre los intelectuales. La llegada de la nueva dinastía trajo nuevas costumbres y una estética fundamentada en la razón y el buen gusto. Sin embargo, en España el espíritu barroco estaba muy arraigado, por lo que encontramos manifestaciones que repiten las fórmulas de los grandes escritores del siglo XVIII, aunque con una evidente pérdida de calidad literaria. Este posbarroquismo, censurado por algunas voces discordantes como la de fray Benito Jerónimo Feijoo en su Teatro crítico universal, perdura hasta casi la mitad de siglo.
Concepto de Siglo de las Luces e Ilustración y origen de los términos
El siglo XVIII se denomina en Europa el Siglo de las Luces, pues los pensadores de esta época quieren desterrar de una vez por todas la ignorancia, la superstición y las tinieblas en las que aún muchos están sumidos, iluminándolos con la luz de la diosa Razón.
Nuestra Ilustración constituye solo un movimiento llevado a cabo por una élite cultural que pretendía la europeización y la reforma de las costumbres y las instituciones en España, fomentadas desde una parte del poder, pero que contó con una fuerte oposición de los sectores más inmovilistas.
La literatura del siglo XVIII no es solo neoclásica, sino que, de forma general, hasta el primer tercio predomina la corriente posbarroca; a mitad de siglo se imponen la estética neoclásica y el pensamiento ilustrado, que irán dejando paso, al final de siglo, al incipiente sentimiento romántico.
Rasgos de la literatura neoclásica
- Buen gusto: Es la facultad de aceptar lo bello y rechazar lo feo.
- Predominio de la razón: Se ponen a disposición del arte los postulados de la Ilustración, y se diversifica la creación literaria con elementos filosóficos, científicos o históricos.
- Carácter moralizador: Es un rasgo propio de los pensadores ilustrados, que pretenden educar al pueblo en los nuevos valores éticos, estéticos y científicos, por lo que estos contenidos se insertan no solo en las obras académicas y pedagógicas, sino también en las obras literarias. El ejemplo más significativo son las fábulas, donde se ve claramente la finalidad de «enseñar deleitando».
- Utilidad: Del carácter pragmático de los ilustrados nace esta característica, que supedita la belleza formal a la finalidad de las obras literarias, que no es otra que lograr la felicidad y mejorar el estado de la sociedad de su época (género ensayístico).
La lengua literaria
En la lengua del siglo XVIII prima la sencillez, la claridad y la facilidad de comunicación, de ahí que se la haya calificado a veces de prosaica y de que en ella sobresalga más una literatura de reflexión, de tipo ensayístico, que de creación ficcional. Los nuevos ideales se basan en la razón, el buen gusto, la verosimilitud y la pureza de dicción. Garcilaso es el ejemplo más representativo de clásico al que imitar; por el contrario, Góngora es el paradigma del estilo oscuro y artificioso del que hay que huir.
La narrativa: Tendencias
El rasgo más destacado de la prosa dieciochesca es la decadencia de los géneros narrativos en beneficio del ensayo.
Junto a la narrativa ficcional y al ensayo, el costumbrismo es vital en el siglo XVIII: una narración breve que retrata, con tono amable, una escena cotidiana.
Por último, los ilustrados españoles experimentan el afán de viajar y observar de forma directa la realidad. Por estas causas son importantes el periodismo y los libros de viajes.
De este modo, dividiremos las manifestaciones de la prosa ficcional del siglo XVIII en dos corrientes, en función de su carácter más o menos innovador: barroquizante y renovadora.
El ensayo
El mayor hallazgo de la lengua literaria del XVIII es la creación de una prosa clara y precisa que fue un eficaz instrumento para difundir ideas ilustradas. De aquí arranca el ensayo moderno, con un estilo expositivo en el que se ha eliminado todo lo superfluo para una mayor claridad.
El ensayo es, pues, el género dieciochesco por excelencia. En un siglo en el que la razón es considerada como la guía del ser humano, la reflexión y la crítica ocupan un lugar central en la producción literaria. El ilustrado desea participar como ciudadano en la proposición de soluciones útiles para la sociedad, de la que se siente, en cierto modo, responsable.
Características del ensayo en el siglo XVIII
- No encaja estrictamente en los géneros literarios tradicionales (narrativa, lírica y teatro) ni en la didáctica clásica.
- Trata una gran variedad de temas, tanto cotidianos como filosóficos, morales, políticos o religiosos.
- Suele ser un texto breve, sin un encuadre sistemático, por lo que evita conclusiones definitivas.
- Presenta un espíritu escéptico y está fuera del contexto académico.
- Una de las formas ensayísticas más utilizadas son los diálogos. En estos no suele aparecer un vencedor y se respeta la opinión del contrincante.
Entre los autores más destacados en la prosa ensayística del siglo XVIII podemos citar a los siguientes:
- Benito Jerónimo Feijoo
- José Cadalso
- Gaspar Melchor de Jovellanos
El teatro
La renovación teatral
Los hombres de la Ilustración tomaron como valores supremos la razón, la moral pública y el orden social, y buscaron en la literatura el equilibrio del «enseñar deleitando». Para ellos, el teatro era un mecanismo ideal para inculcar sus ideas reformistas, pero antes debían corregir sus excesos y depurarlo, por lo que:
- Separan claramente los géneros (tragedia y comedia).
- Refuerzan su finalidad didáctica.
- Respetan la regla de las tres unidades (lugar, tiempo y acción).
Aunque en este tipo de teatro se agrupan muchas tendencias, destacaremos, por su importancia y por el éxito de público, la comedia neoclásica.
La comedia neoclásica
Empieza a tener éxito a finales de siglo. La comedia neoclásica es en realidad una comedia de costumbres burguesas con una discreta sátira social y abundantes toques sentimentales, que busca la verosimilitud y el didactismo. Alcanzará el éxito gracias a la fórmula de Leandro Fernández de Moratín.
Leandro Fernández de Moratín
El teatro de Moratín hijo es el representante genuino del teatro neoclásico. En sus comedias refleja los problemas de la clase media burguesa (la familia, el matrimonio, las relaciones sociales, los nuevos usos amorosos) con buen gusto y mesura, huyendo tanto de elementos maravillosos como de lo desagradable. La comedia moratiniana nace de una combinación de las comedias neoclásicas de costumbres y sentimental, en la que se plasma, con toques de sensibilidad, una crítica a ciertos comportamientos sociales como la hipocresía, la vanidad o los prejuicios de clase.
Sus cinco obras teatrales pueden ser clasificadas por su temática en dos grupos:
- Acuerdos matrimoniales: El viejo y la niña, El barón, La mojigata, El sí de las niñas.
- Crítica de los usos teatrales: La comedia nueva o El café.
El sí de las niñas
El sí de las niñas es considerada la culminación de la producción dramática de Moratín. Toda la obra transcurre en una posada de la ciudad de Alcalá de Henares, a lo largo de diez horas, y la acción se centra casi exclusivamente en la concertación de la boda de Francisca. La obra trata de la falsedad de los matrimonios concertados sin la voluntad de los que se van a casar.