Las cinco vías de Santo Tomás de Aquino
Las cinco vías son éstas:
Primera vía: vía del movimiento (argumento del motor inmóvil)
Esta vía, constituida por la llamada prueba cosmológica, se encuentra en la Física (Libro XII) y la Metafísica (Libro VIII) de Aristóteles y fue utilizada por Maimónides y por San Alberto Magno. Parte del hecho, constatable por los sentidos, de que en el mundo hay cosas que se mueven —«movimiento» se entiende aquí en el amplio sentido aristotélico de paso de la potencia al acto—; ahora bien, todo lo que se mueve es movido por otro. No cabe admitir una cadena indefinida de cosas que mueven y a la vez son movidas por otro, ya que, en tal caso, dicho proceso no tendría sentido. Luego es necesario recurrir a un primer motor inmóvil que mueva a todos los demás sin ser movido. Y este es Dios. Santo Tomás llama a ese argumento la vía manifestior.
Segunda vía: de la causalidad eficiente (causa incausada)
La segunda prueba le es sugerida a nuestro autor por el Libro II de la Metafísica de Aristóteles y fue utilizada por Avicena, Alain de Lille y San Alberto Magno. De clara base empírica, toma su punto de partida en el mundo sensible, pero esta vez en el orden de las causas eficientes. Partimos del hecho de que vemos seres que son efectos, es decir, que todo lo existente aparece como efecto de una causa que lo ha producido y que es distinta de sí mismo: como no se puede proceder hasta el infinito, se impone la necesidad de una causa eficiente primera —causa incausada: no es efecto de ninguna otra— a la que todos llaman Dios.
Tercera vía: de la contingencia de los seres
La tercera prueba —que Maimónides tomó de Avicena a partir de la noción de ser necesario de éste y que luego desarrolló por su parte— tiene como punto de partida el análisis de los seres que nacen y perecen, que pueden ser o no ser, que son, pero podrían no haber sido, que son contingentes y no necesarios, que si fueran necesarios siempre habrían existido, y así ni empezarían a ser ni morirían. La incapacidad propia de estos seres para darse a sí mismos la existencia exige un ser necesario, un ser que no solo existe, sino que, además, no puede no existir. Este ser no tiene fuera de sí la causa de su necesidad, sino que es causa de los demás. Et hoc dicimus Deum.
Cuarta vía: de los grados de perfección
La cuarta prueba está sugerida por algunas observaciones de la Metafísica de Aristóteles y se encuentra substancialmente en San Agustín y en San Anselmo. Esta prueba se fundamenta en la idea de los diversos grados de perfección que se observan en las criaturas, perfecciones por otra parte limitadas. El razonamiento se apoya en el hecho de que la existencia de perfecciones desiguales y limitadas exige que haya algún ser en el que estén realizadas en grado máximo esas perfecciones y sea, así, causa de las mismas: a este ser absolutamente perfecto, maxime ens, lo llamamos «Dios».
Quinta vía: del orden cósmico (o finalidad)
El propio Santo Tomás sitúa el origen de esta vía en Juan Damasceno, aunque ya había sido utilizada por los estoicos y era muy común en el cristianismo. En esta vía, entendida como «prueba teleológica» —y por la que Kant sentía un considerable respeto aunque, de acuerdo con los principios de la Crítica de la razón pura, se negase a concederle carácter demostrativo— Santo Tomás toma como dato de experiencia el orden del universo, orden que se manifiesta como fin al que todos los seres parecen tender. La aceptación del universo como cosmos o todo ordenado era común a todo el pensamiento griego y reconocido como un dato evidente. La fuerza de la argumentación arranca de considerar que este orden, que el cosmos no se ha podido dar a sí mismo y que se manifiesta incluso en los seres no inteligentes, no se debe a la casualidad, sino que exige la existencia de una inteligencia suprema ordenadora, una Causa inteligente o Providencia, que haya dispuesto todas las cosas a su fin como la flecha es dirigida por el arquero. A este ser lo denominamos «Dios».
Fe y razón: creer para entender
En su búsqueda de la verdad, el paso de San Agustín por el maniqueísmo y el escepticismo de la Nueva Academia habían hecho ver a éste las limitaciones de la razón humana y la insuficiencia del conocimiento real para alcanzar la verdad. Así, el pensamiento agustiniano arranca desde un principio con la pretensión de conciliar fe y razón, haciendo además que ambas se complementen en la adquisición de la verdad: «Dos caminos hay que nos llevan al conocimiento: la autoridad y la razón». Dicho en otras palabras, la fe es imprescindible en la actividad filosófica, y es a partir de las dos, razón y fe, religión y filosofía, que se enmarca la búsqueda de la verdad y la felicidad para San Agustín, que nos dirá: «La vida feliz es gozo de la verdad, es gozar de ti, Dios, que eres la verdad.» San Agustín aspiraba a alcanzar la verdad y la felicidad, y para él ambas se encuentran en Cristo. El camino que conduce a Cristo requiere tanto de la fe como de la razón. Es decir, razón y fe son complementarias:
- La fe ha de comprenderse mediante los procedimientos de la razón. Se trata de una fe opuesta a la fe irracional defendida por Tertuliano.
- La razón es falible e insuficiente. La razón sin la fe está expuesta a error y, por sí sola, es incapaz de alcanzar la verdad.
El punto de partida de esta reflexión es la propia vida de San Agustín: el neoplatonismo —el razonamiento filosófico— le mostró la existencia de un Dios inmaterial que es la causa de la existencia del hombre, pero no le mostró el camino para llegar hasta él. Al convertirse, comprendió que no hay que entender para creer, sino creer para entender: la fe es el camino. Pero no se trata de una fe ciega —aceptable para el pueblo inculto—, ya que el filósofo cristiano tiene que esforzarse por comprender las verdades de la fe. En su Contra académicos, San Agustín afirma: «Deseo aprender la verdad no sólo con la fe sino también con la inteligencia.» En la filosofía cristiana, la razón interviene en dos etapas:
Primera etapa
La razón precede a la fe al examinar aquello que es posible creer razonablemente (San Agustín, como hemos visto, toma como referencia su propia evolución intelectual).
Segunda etapa
La razón ha de seguir a la fe. San Agustín afirma que «la fe busca y la inteligencia halla». Ambas, por tanto, se necesitan mutuamente: la fe es la encargada de guiar a la razón, y la razón, a su vez, debe encargarse de profundizar en la fe y esclarecerla.
La razón está, por tanto, supeditada a la fe, a pesar de que ambas están colocadas en el mismo plano respecto a la verdad: la fe es el medio —y no el fin— para llegar a la verdad, una sola verdad, que es Cristo. Resumiendo, la razón es preciso que preceda a la aceptación de la fe, pero sólo haciendo patente que no es absurdo creer. En un momento posterior se esforzará en hacer comprensible el dato de la fe hasta donde es posible. Pero para San Agustín, al principio, en la búsqueda de la verdad, está la fe, fundada históricamente en la revelación, autoridad que, como veremos, otorga su fuerza iluminadora a la capacidad del conocimiento.
8. Santo Tomás de Aquino. Razón y Fe
Dos caminos, una sola verdad. Este es el sencillo resumen de cómo ve nuestro autor la relación entre fe y razón. Y es que Santo Tomás de Aquino es a la vez un filósofo y un creyente convencido. En esta doble condición, hay que decir en primer lugar que todo en su obra está al servicio de la fe religiosa. Como filósofo, no obstante, una de las reflexiones dominantes en sus escritos es de qué modo y con qué alcance la razón puede servir a la fe, un tema muy recurrente en toda la filosofía medieval. Comenzaremos diciendo que, aunque la filosofía trata de diferentes temas, existen cuestiones filosóficas de las que también se ocupa la teología. Por ejemplo, para la teología la existencia de Dios es una verdad revelada fundamental, mientras que para la filosofía es una conclusión que se alcanza mediante la observación del mundo que nos rodea. A partir de estas diferencias metodológicas, Tomás de Aquino distinguió entre:
- Teología natural. Es la parte de la filosofía que se ocupa de cuestiones teológicas (como la existencia de Dios).
- Teología dogmática. Es el discurso fundado en la revelación y transmitido en el libro sagrado (la Biblia).
La reflexión de Santo Tomás sigue los siguientes pasos:
- Independencia y autonomía entre razón y fe. La filosofía y la religión son ámbitos independientes; son esferas distintas con características propias.
- La razón (filosofía) consiste en aplicar procedimientos lógicos y se funda exclusivamente en el conocimiento del mundo sensible a partir del cual se derivan otras verdades. Las verdades filosóficas se denominan verdades naturales.
- La fe (teología), por el contrario, parte de verdades reveladas, que son asumidas sin discusión; la teología se ocupa de lo sobrenatural.
- Complementariedad entre fe y razón. No puede haber contradicciones entre las afirmaciones de la teología natural y la teología dogmática. Si las deducciones se han hecho correctamente, la filosofía alcanzará las mismas verdades que la revelación. Niega, por tanto, la teoría de la doble verdad atribuida a Averroes, puesto que la teología natural y la dogmática emplean procedimientos distintos para llegar a la misma conclusión.
- La filosofía hace comprensibles algunos artículos de la fe, pero no la sustituye. Actúa como preámbulo: es útil para aproximarse a sus postulados. Para Santo Tomás, no se puede conocer y tener fe a la vez en el sentido de eliminar la incertidumbre de la fe; la fe implica una adhesión que no exige certeza filosófica completa. Con esta afirmación no rechaza el conocimiento filosófico, pero lo ubica en una función preliminar, de introducción a los dogmas de la fe.
- Las verdades teológicas guían la filosofía. La teología no dicta los procedimientos que debe emplear la filosofía, pero las verdades reveladas son un referente que permite discernir entre los razonamientos filosóficos erróneos y los verdaderos. El razonamiento filosófico es erróneo si contradice las afirmaciones de la revelación.
- La verdad última teológica es inalcanzable para la filosofía. La filosofía no puede desvelar todos los misterios de la religión. Por ejemplo, mediante razonamientos filosóficos se puede demostrar la existencia de Dios, pero en ningún caso se podrá entender plenamente el misterio de la Trinidad: la divinidad es a la vez una y trina (Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo). Para Tomás de Aquino, esta verdad es una afirmación de fe y, por tanto, forma parte de la teología: la filosofía no puede demostrarla.
Resumiendo, para el pensamiento tomista, la razón es una herramienta valiosa que Dios nos ha otorgado, y no debemos renunciar a ella ni considerarla un peligro para la fe. No obstante, contra el optimismo que mostraba Agustín de Hipona intentando comprender todo cuanto creía, Tomás de Aquino reclama humildad y delimita los territorios, aunque admitiendo espacios de confluencia. Pero, estrictamente hablando, la posición de Santo Tomás supondrá el fin de la sumisión de lo filosófico a lo teológico. Esta distinción e independencia entre ellas se irá aceptando en los siglos posteriores, en el mismo seno de la Escolástica, constituyéndose en uno de los elementos fundamentales para comprender el surgimiento de la filosofía moderna.