Restauración Borbónica en España (1875-1900): Desastre del 98 y surgimiento de los nacionalismos
1. La Restauración Borbónica (1875)
La Restauración Borbónica fue el régimen político instaurado en España a partir de 1875 con el regreso de Alfonso XII al trono, tras el fracaso del Sexenio Democrático. Su principal impulsor, Antonio Cánovas del Castillo, diseñó un sistema que pretendía garantizar la estabilidad política y evitar los continuos pronunciamientos militares que habían caracterizado el siglo XIX. Para ello, se estableció una monarquía constitucional de carácter liberal pero claramente conservadora, basada en la soberanía compartida entre el rey y las Cortes, lo que otorgaba al monarca amplios poderes, como el derecho de veto, la capacidad de nombrar y destituir gobiernos y la facultad de disolver las Cortes.
El elemento central del sistema fue el turnismo, un mecanismo de alternancia pacífica y pactada entre el Partido Conservador y el Partido Liberal. El rey nombraba al gobierno y, posteriormente, se convocaban elecciones que siempre eran manipuladas para asegurar la victoria del partido designado. Este proceso se sostenía gracias al caciquismo, una red de poder local que controlaba el voto mediante presiones, compra de votos y falsificación de resultados. La tupinada y el cunerismo completaban este sistema de manipulación electoral, que excluía de la vida política a republicanos, socialistas, carlistas y nacionalistas.
Características institucionales y electorales
La Constitución de 1876 proporcionó el marco legal del régimen. Era un texto flexible y de consenso entre moderados y progresistas, que reconocía derechos y libertades, aunque permitía limitarlos por ley. Establecía la confesionalidad católica del Estado, mantenía un sistema parlamentario bicameral y dejaba en manos del legislador la regulación del sufragio, que inicialmente fue censitario y pasó a ser universal masculino en 1890. En conjunto, la Restauración logró estabilidad institucional, pero a costa de una democracia profundamente falseada.
2. La crisis de 1898: el Desastre del 98
La crisis de 1898, conocida como el Desastre del 98, fue la derrota militar de España frente a Estados Unidos y la pérdida de sus últimas colonias importantes: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Este acontecimiento supuso un golpe moral y político que evidenció la decadencia del sistema de la Restauración y la debilidad del Estado español.
La guerra de Cuba, iniciada en 1895, fue el resultado de un largo proceso de tensiones entre los intereses coloniales españoles y las aspiraciones autonomistas e independentistas de los cubanos. La insurrección, liderada por figuras como José Martí, fue reprimida con dureza, especialmente bajo el mando del general Weyler, que implantó los campos de reconcentración. La intervención de Estados Unidos en 1898, tras la explosión del acorazado Maine, precipitó la derrota española.
Consecuencias del Desastre del 98
- España perdió su imperio colonial y sufrió una profunda crisis moral que alimentó el regeneracionismo y la crítica al sistema canovista.
- Políticamente, el régimen quedó desacreditado y se abrió paso el crecimiento del movimiento obrero, los nacionalismos periféricos y nuevas fuerzas políticas.
- Económicamente, la pérdida de mercados afectó a sectores industriales y comerciales.
El Desastre del 98 marcó el inicio del declive definitivo de la Restauración.
3. El surgimiento de los nacionalismos durante la Restauración
El surgimiento de los nacionalismos en España durante la Restauración se explica como una reacción al fuerte centralismo del Estado liberal, que había intentado imponer una cultura oficial castellanizada sin tener en cuenta la existencia de otras lenguas, tradiciones e identidades. A ello se sumaron factores económicos, como el desarrollo industrial desigual, y movimientos culturales que reivindicaban la recuperación de las lenguas y la historia propias.
Nacionalismo catalán
El nacionalismo catalán fue el primero en consolidarse. Nació de la Renaixença cultural y se transformó en movimiento político con figuras como Valentí Almirall y el Centre Català. Documentos como el Memorial de Greuges (1885) y las Bases de Manresa (1892) definieron las demandas de autogobierno. La Lliga Regionalista, fundada en 1901, se convirtió en la principal fuerza catalanista.
Nacionalismo vasco
El nacionalismo vasco surgió en un contexto distinto. La pérdida de los fueros en 1876, la industrialización y la llegada masiva de inmigrantes provocaron una reacción identitaria. Sabino Arana fundó el Partido Nacionalista Vasco (PNV) en 1895 y definió un nacionalismo tradicionalista, católico y basado en la defensa del euskera y de la identidad étnica vasca. Con el tiempo, el movimiento evolucionó hacia posiciones más autonomistas.
Nacionalismo gallego, valenciano, aragonés y andaluz
En Galicia, el movimiento fue inicialmente cultural, con el Rexurdimento y figuras como Rosalía de Castro. Políticamente, el galleguismo fue minoritario, aunque intelectuales como Manuel Murguía y Alfredo Brañas intentaron dotarlo de contenido político.
El valencianismo surgió también como un movimiento cultural vinculado a la Renaixença, con autores como Teodor Llorente. A principios del siglo XX aparecieron las primeras organizaciones políticas valencianistas.
El aragonesismo tuvo un carácter principalmente cultural e histórico, centrado en la defensa del derecho civil y la identidad regional. Por último, el andalucismo nació influido por el republicanismo federal y por el estudio del folclore y la realidad social andaluza. La Constitución de Antequera (1883) expresó las primeras aspiraciones de autogobierno.