España en el Siglo XIX: De la Guerra de Independencia a la Primera República

La crisis de 1808 y la Guerra de la Independencia

Antecedentes y causas

El reinado de Carlos IV se caracterizó por el ascenso al poder de Manuel Godoy, de origen relativamente humilde, quien apartó del gobierno a los ministros ilustrados. La ejecución del monarca francés Luis XVI alarmó a las monarquías absolutas europeas, llevando a Carlos IV a declarar la guerra a Francia en coalición con ellas.

La derrota en este conflicto subordinó a España a los intereses franceses, especialmente tras el ascenso de Napoleón Bonaparte. Las alianzas con Francia, destinadas a evitar un enfrentamiento directo con Napoleón, provocaron un conflicto con Gran Bretaña, celosa de su dominio marítimo. En la batalla de Trafalgar, España sufrió una estrepitosa derrota que resultó en la pérdida de casi toda su flota. Esta catástrofe agravó la crisis de la Hacienda real, ya debilitada por la reducción del comercio colonial. Las medidas de Godoy, como el endeudamiento y un intento de desamortización de bienes eclesiásticos, fueron ineficaces y generaron una amplia oposición de la nobleza y la Iglesia. Además, su creciente poder provocó el rechazo del príncipe Fernando, quien lo veía como un rival. El descontento popular también creció debido a los impuestos sobre el campesinado, las crisis de subsistencia y las epidemias.

La situación se deterioró aún más cuando Godoy firmó con Napoleón el Tratado de Fontainebleau, que autorizaba la entrada de ejércitos napoleónicos en España para invadir Portugal. La presencia de tropas francesas en puntos estratégicos del país exacerbó la irritación popular. Finalmente, en marzo de 1808, estalló el Motín de Aranjuez, una revuelta con participación popular dirigida por la nobleza palaciega y el clero, que exigía la destitución de Godoy y la abdicación de Carlos IV en favor de su hijo Fernando.

Las abdicaciones de Bayona y el estallido del conflicto

Carlos IV solicitó la ayuda de Napoleón, quien convocó a padre e hijo en Bayona. Allí, el emperador francés consiguió que ambos abdicaran en su persona, para luego nombrar a su hermano, José Bonaparte, como rey de España. José I inició una experiencia reformista con la intención de liquidar el Antiguo Régimen (abolición del régimen señorial, desamortización de tierras de la Iglesia, etc.), pero para la mayoría de la población española, su gobierno era ilegítimo y era visto como un usurpador.

El descontento popular cristalizó el 2 de mayo de 1808 en Madrid, cuando el resto de la familia real se preparaba para partir hacia Bayona. La población, creyendo que Napoleón había secuestrado a Fernando VII, se alzó espontáneamente para impedir su partida. La revuelta fue duramente reprimida por las tropas francesas, pero su ejemplo se extendió por todo el país, dando inicio a un movimiento de resistencia popular.

Organización de la resistencia: Juntas y guerrillas

Ante el vacío de poder, surgieron Juntas, primero locales y luego provinciales, dirigidas por militares, clérigos y nobles partidarios de Fernando VII, que canalizaron la agitación popular. Estas Juntas asumieron la soberanía en ausencia del rey, declararon la guerra a Napoleón y buscaron el apoyo de Gran Bretaña. Posteriormente, se coordinaron en una Junta Suprema Central, en la que participaron ilustrados de renombre como Jovellanos o Floridablanca. La Junta Suprema Central se estableció finalmente en Cádiz, la única ciudad que, con ayuda británica, resistía el asedio francés.

Fases de la guerra

Las tropas francesas sitiaron ciudades importantes como Zaragoza, que resistieron durante meses. La inesperada victoria española en la batalla de Bailén forzó a Napoleón a intervenir personalmente en España con un gran contingente militar. Su avance fue imparable, y el ejército español se vio incapaz de oponer resistencia en campo abierto. Como respuesta, se adoptó la táctica de guerrillas: pequeños grupos locales formados por labradores, artesanos, estudiantes y otros, dirigidos por militares y clérigos, que hostigaban al enemigo por sorpresa, destruyendo instalaciones y asaltando convoyes.

En 1812, el inicio de la campaña de Napoleón en Rusia obligó a retirar tropas de España. Este hecho, sumado a la ayuda del ejército británico bajo el mando del general Wellington, permitió la decisiva victoria en la batalla de Los Arapiles. Incapaz de mantener dos frentes abiertos, Napoleón firmó el Tratado de Valençay, reconociendo a Fernando VII como rey de España y permitiendo su regreso.

Bandos en conflicto

La invasión francesa obligó a las diferentes corrientes ideológicas a tomar partido:

  • Los “afrancesados”: Una minoría de intelectuales, funcionarios y nobles, herederos del despotismo ilustrado, que vieron en la monarquía de José I una oportunidad para modernizar España sin los riesgos de una revolución.
  • El “frente patriótico”: La gran mayoría de la población que se opuso a la invasión. Este bando era heterogéneo y agrupaba posturas muy diferentes:
    • Absolutistas: El clero y la nobleza que defendían la tradición y el Antiguo Régimen.
    • Liberales: Principalmente burgueses, que vieron en la guerra la oportunidad de implantar un régimen constitucional.
    • Ilustrados moderados: Buscaban reformas dentro de los cauces del Antiguo Régimen.

La mayoría de la población, inmersa en la lucha, adoptaría finalmente posiciones de carácter revolucionario.

Las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812

Convocatoria y composición de las Cortes

La Junta Suprema Central se disolvió en 1810, tras convocar Cortes para que los representantes de la nación decidieran sobre su organización. Pronto fue evidente que la idea predominante era de corte liberal, ya que la mayoría de la población consideraba desastroso el gobierno absolutista de Carlos IV.

El proceso de elección de diputados y su reunión en Cádiz fueron difíciles debido al estado de guerra; en muchos casos, se tuvieron que elegir sustitutos entre los presentes en la ciudad. El ambiente liberal de Cádiz influyó, por tanto, en las ideas de los representantes. Entre los diputados existían, como en el resto de la sociedad, varias posturas:

  • Un grupo pretendía que no se modificase nada del sistema absolutista.
  • Otros, como Jovellanos, pretendían un régimen intermedio entre el viejo absolutismo y el modelo constitucional.
  • Los liberales, cuya posición triunfó, proponían una cámara única que asumiera la soberanía nacional y elaborara una constitución que recogiera las novedades aportadas por la Revolución Francesa.

Se estableció un sistema unicameral y se aprobó el principio de soberanía nacional, es decir, el reconocimiento de que el poder reside en el conjunto de los ciudadanos, representados en las Cortes.

La Constitución de 1812: Principios fundamentales

La Constitución se promulgó el 19 de marzo de 1812, por lo que fue conocida popularmente como “la Pepa”. Su tramitación se encontró con muchos problemas debido a la guerra y a las diferencias entre absolutistas y liberales. Sus principios clave fueron:

  • Soberanía nacional: El sujeto de la soberanía era la nación, rechazando así el derecho divino de los reyes.
  • División de poderes:
    • Poder legislativo: Residía en las Cortes, con amplios poderes como la elaboración de leyes y la aprobación de presupuestos y tratados. El mandato de los diputados era de dos años.
    • Poder ejecutivo: Lo ostentaba el rey, quien dirigía el gobierno y tenía un veto suspensivo sobre las leyes durante dos años. Sus decisiones debían ser ratificadas por los ministros.
    • Poder judicial: Era competencia de los tribunales, estableciéndose códigos únicos, la inamovilidad de los jueces y garantías procesales.
  • Sufragio universal masculino indirecto.
  • Declaración de derechos del ciudadano: Se reconocían la libertad de pensamiento y de opinión, la igualdad ante la ley y el derecho de propiedad.
  • Igualdad entre peninsulares y americanos: Se definía la nación como “el conjunto de ciudadanos de ambos hemisferios”, incluyendo a las colonias.
  • Confesionalidad del Estado: Se afirmaba que la religión del Estado era la católica.
  • Otras reformas: Se planteaba la reforma de los impuestos, la creación de un ejército nacional con servicio militar obligatorio y la implantación de una enseñanza primaria pública y obligatoria.

La obra legislativa de las Cortes

Además de la Constitución, las Cortes de Cádiz aprobaron una serie de leyes destinadas a eliminar el Antiguo Régimen:

  • Se suprimieron los señoríos jurisdiccionales, convirtiendo los territoriales en propiedad privada de los señores, lo que perjudicó a los campesinos.
  • Se eliminaron los mayorazgos y se desamortizaron tierras comunales.
  • Quedó abolida la Inquisición, a pesar de la fuerte oposición del clero y los absolutistas.
  • Se decretó la libertad de imprenta, aunque con juntas de censura para temas religiosos.
  • Se anularon los gremios para fomentar la modernización económica.

Toda esta legislación no llegó a tener una incidencia práctica inmediata. La guerra impidió su aplicación en gran parte del territorio y, tras ella, el regreso de Fernando VII frustró la experiencia liberal y restauró el absolutismo.

El reinado de Fernando VII: Liberalismo frente a Absolutismo

El Sexenio Absolutista (1814-1820)

A la vuelta de Fernando VII a España, la nobleza y el clero absolutistas vieron la oportunidad de deshacer la obra de Cádiz y volver al Antiguo Régimen. Se organizaron y, mediante el Manifiesto de los Persas, mostraron su apoyo al monarca, quien, seguro de la debilidad de los liberales, anuló la Constitución y las leyes de Cádiz, restaurando el absolutismo. Los principales dirigentes liberales fueron detenidos, ejecutados o huyeron al exilio. Se regresó así al Antiguo Régimen, en un contexto internacional marcado por el Congreso de Viena y la creación de la Santa Alianza.

Fernando VII encontró enormes dificultades: un país destrozado por la guerra, con la agricultura deshecha, el comercio paralizado, las finanzas en bancarrota y las colonias luchando por su independencia. Además, la mentalidad de muchos grupos sociales había cambiado. La integración en el ejército de los jefes guerrilleros originó un sector liberal que protagonizaría numerosos pronunciamientos. La represión fue la única respuesta de la monarquía a las demandas políticas y sociales.

El Trienio Liberal (1820-1823)

En 1820, el coronel Rafael de Riego, al frente de una compañía de soldados en Cabezas de San Juan (Sevilla), se sublevó y proclamó la Constitución de 1812. Fernando VII se vio obligado a aceptarla, formándose un nuevo gobierno y convocándose elecciones a Cortes. Los diputados liberales, mayoritarios, restauraron gran parte de las reformas de Cádiz. Sin embargo, estas reformas suscitaron la oposición de la monarquía, que usó su derecho a veto para paralizarlas, y de los campesinos, que no vieron mejorar su situación. La nobleza tradicional y la Iglesia impulsaron la revuelta absolutista. Además, los propios liberales se dividieron en moderados y exaltados.

Finalmente, en 1823, la Santa Alianza, atendiendo a las peticiones de Fernando VII, envió un ejército francés, los Cien Mil Hijos de San Luis, que restauró la monarquía absoluta sin apenas resistencia.

La Década Ominosa (1823-1833)

El rey no aceptó las recomendaciones de moderación de las potencias europeas e inició una feroz represión contra los liberales, muchos de los cuales marcharon al exilio. El caso de Mariana Pineda fue emblemático de esta represión. El gran problema de la monarquía fue el económico, agravado por la pérdida de las colonias. Fernando VII buscó la colaboración del sector moderado de la burguesía, lo que aumentó la desconfianza de los absolutistas más intransigentes, que se agruparon en torno a su hermano, Carlos María Isidro.

El nacimiento de su hija Isabel dio lugar a un grave conflicto dinástico. La Ley Sálica impedía el acceso al trono de las mujeres, pero Fernando VII la derogó mediante la Pragmática Sanción. El sector ultraconservador presionó al rey, enfermo, para que se retractara. En torno a don Carlos se agrupaban los partidarios del Antiguo Régimen, por lo que la reina María Cristina buscó apoyo para su hija entre los liberales. En 1833, Fernando VII murió, reafirmando en su testamento a su hija Isabel como heredera y nombrando regente a María Cristina. El mismo día, don Carlos se proclamó rey, iniciándose la primera guerra carlista.

El proceso de independencia de las colonias americanas

Durante el siglo XVIII, los Borbones habían propiciado un período de prosperidad en las colonias, lo que favoreció el surgimiento de una burguesía criolla. Este grupo, discriminado en los cargos coloniales, afectado por los impuestos y el monopolio comercial español, y motivado por el ejemplo de la independencia de Estados Unidos, lideró los proyectos de independencia.

Durante la Guerra de la Independencia, en América también se crearon Juntas que no reconocieron la autoridad de la Junta Suprema Central. Los principales focos secesionistas fueron liderados por José de San Martín en el Virreinato del Río de la Plata y Simón Bolívar en el de Nueva Granada. La vuelta de Fernando VII y su política intransigente recrudecieron el conflicto. A pesar de enviar un ejército, no pudo evitar la independencia de Paraguay y Argentina. En los años siguientes, el movimiento libertador se extendió por todo el continente, independizándose Chile, Venezuela, Colombia y Ecuador, entre otros. Al final del proceso, solo Cuba, Puerto Rico y Filipinas permanecieron bajo control español.

El reinado de Isabel II (1833-1868): Liberalismo, Carlismo y Constituciones

La cuestión dinástica y la primera guerra carlista

A la muerte de Fernando VII, se inició una larga guerra civil que enfrentó a dos bandos:

  • El carlismo: Ideología antiliberal y tradicionalista que defendía la monarquía absoluta, la preeminencia de la Iglesia y el sistema foral. Fue apoyado por la pequeña nobleza agraria, campesinos del noreste peninsular y sectores tradicionales del clero. Su lema era “Dios, Patria y Rey”.
  • La causa isabelina: Contó con el apoyo de la alta nobleza, los funcionarios y un sector de la Iglesia. La regente María Cristina se vio obligada a buscar el apoyo de los liberales (burguesía y sectores populares) para defender el trono de su hija.

La guerra se desarrolló principalmente en el norte de España. Tras éxitos iniciales carlistas, el general isabelino Espartero logró cambiar el curso del conflicto. Las divisiones internas en el bando carlista entre “transaccionistas” e “intransigentes” llevaron a la firma del Convenio de Vergara en 1839 entre Espartero y el general carlista Maroto, poniendo fin a la guerra en el norte, aunque la resistencia continuó en el Maestrazgo hasta 1840.

Las regencias: María Cristina y Espartero (1833-1843)

La regencia de María Cristina comenzó con un gobierno absolutista moderado, pero la presión carlista la obligó a buscar el apoyo liberal. Promulgó el Estatuto Real de 1834, una carta otorgada que no reconocía la soberanía nacional y establecía un sufragio muy restringido. La presión de los progresistas forzó a la regente a nombrar a Mendizábal, quien inició la desamortización de los bienes de la Iglesia. Un levantamiento progresista en 1836 obligó a la regente a restablecer la Constitución de 1812, que fue reformada para dar lugar a la Constitución de 1837. Esta reconocía la soberanía nacional y una amplia declaración de derechos, pero otorgaba importantes poderes a la Corona. Tras la victoria de los moderados en las elecciones, intentaron restringir las libertades, lo que provocó una insurrección que culminó con la dimisión de María Cristina y el nombramiento como regente del general Espartero.

Durante su regencia (1840-1843), Espartero gobernó con autoritarismo, perdiendo popularidad. La adopción de medidas librecambistas que perjudicaban a la industria catalana provocó un levantamiento en Barcelona, que fue bombardeada por orden del regente. Este hecho, junto a las conspiraciones moderadas lideradas por los generales Narváez y O’Donnell, provocó su dimisión. Las Cortes adelantaron la mayoría de edad de Isabel II, que fue proclamada reina con trece años.

El reinado efectivo de Isabel II (1843-1868)

El reinado se divide en varias etapas:

  • La Década Moderada (1844-1854): Presidida por Narváez, se basó en el liberalismo moderado, el orden y la autoridad. Se aprobó la Constitución de 1845, que establecía una soberanía compartida, un sufragio muy restringido y amplios poderes para la Corona. Se firmó un Concordato con la Iglesia, se creó la Guardia Civil y se centralizó la administración. El gobierno actuó de forma excluyente y autoritaria, lo que generó un gran descontento.
  • El Bienio Progresista (1854-1856): Un pronunciamiento militar en Vicálvaro (“la Vicalvarada”), liderado por O’Donnell, dio paso a un gobierno presidido por Espartero. Se intentó redactar una nueva Constitución (la “non nata” de 1856) y se impulsó un plan de reformas económicas, destacando la desamortización de Madoz. La crisis económica y la conflictividad social llevaron a la dimisión de Espartero.
  • La crisis del moderantismo (1856-1868): Se alternaron en el poder la Unión Liberal de O’Donnell y los moderados de Narváez. A partir de 1863, el autoritarismo y la exclusión de los progresistas del juego político, junto a una grave crisis económica y de subsistencias, llevaron a la firma del Pacto de Ostende entre progresistas y demócratas para derrocar a la reina.

Las desamortizaciones y la nueva sociedad de clases

Las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz

La liberalización de la tierra fue un proceso clave del siglo XIX. Las dos desamortizaciones más importantes fueron:

  • La desamortización de Mendizábal (1836): Afectó principalmente a los bienes del clero regular y secular. Sus objetivos eran financiar la guerra carlista, disminuir la deuda pública y crear una nueva clase de propietarios afines al régimen liberal. Sin embargo, el campesinado no pudo acceder a la compra de tierras debido al gran tamaño de los lotes.
  • La desamortización de Madoz (1855): Puso en venta los bienes eclesiásticos restantes y, sobre todo, los bienes de los municipios (bienes “de propios” y “comunales”). Los fondos se destinaron principalmente a financiar la construcción del ferrocarril. Aunque el campesinado participó más en las compras, en el sur el latifundismo se consolidó.

Los objetivos se cumplieron solo parcialmente: se recaudó dinero, pero no se creó una burguesía agrícola activa, ya que los nuevos propietarios adoptaron un estilo de vida rentista.

De la sociedad estamental a la sociedad de clases

La revolución liberal impuso la igualdad jurídica, poniendo fin a los privilegios estamentales. Las diferencias sociales pasaron a basarse en la riqueza, dando lugar a una sociedad de clases.

  • Clases dirigentes: La alta nobleza mantuvo su poder económico y social. La alta burguesía, ligada a los negocios, la banca y la tierra, se convirtió en la nueva élite económica.
  • Clases medias: Agrupaban a medianos propietarios, comerciantes, profesionales liberales y funcionarios. Su riqueza era limitada y aspiraban a imitar el estilo de vida de la élite.
  • Clases populares: Constituían la inmensa mayoría de la población. Incluían a artesanos, empleados, campesinos (muchos de ellos jornaleros sin tierra) y el naciente proletariado industrial. Sus condiciones de vida eran muy precarias, con salarios bajos, largas jornadas laborales y ausencia de protección social.

El Sexenio Democrático (1868-1874)

La crisis final del reinado de Isabel II y la Revolución de 1868

En la década de 1860, una grave crisis financiera, industrial y de subsistencias se sumó al descontento político. El Pacto de Ostende (1866), firmado por progresistas y demócratas (y al que luego se unieron los unionistas), sentó las bases para derrocar a Isabel II. En septiembre de 1868, la revolución conocida como “La Gloriosa” se inició en Cádiz con un pronunciamiento militar liderado por el almirante Topete, al que se unieron los generales Prim y Serrano. Tras la derrota de las tropas isabelinas en la batalla de Alcolea, la reina se exilió en Francia.

El Gobierno Provisional y la Constitución de 1869

Se formó un gobierno provisional presidido por Serrano que convocó elecciones a Cortes Constituyentes por sufragio universal masculino. De ellas surgió la Constitución de 1869, la primera democrática de la historia de España. Sus características principales eran:

  • Soberanía nacional.
  • Sufragio universal masculino.
  • Amplia declaración de derechos y libertades (asociación, reunión, libertad de culto).
  • División de poderes con un sistema bicameral.
  • Establecimiento de la monarquía como forma de gobierno, aunque el rey “reina pero no gobierna”.

El reinado de Amadeo de Saboya (1871-1873)

Aprobada la Constitución, se inició la búsqueda de un nuevo rey. El elegido fue Amadeo de Saboya, candidato de Prim. Sin embargo, Prim fue asesinado días antes de la llegada del nuevo monarca, dejándolo sin su principal apoyo. El reinado de Amadeo I fue un fracaso debido a la falta de apoyos y a los graves problemas que tuvo que afrontar: la oposición de los monárquicos alfonsinos, la nueva guerra carlista y la insurrección en Cuba. Aislado y sin respaldo, Amadeo I abdicó en 1873.

La Primera República (1873-1874)

Ante el vacío de poder, las Cortes proclamaron la República el 11 de febrero de 1873. Sin embargo, nació con escasos apoyos y tuvo que enfrentarse a enormes dificultades: la guerra carlista, la guerra de Cuba, la oposición monárquica y las divisiones entre los propios republicanos (federales y unitarios). El proyecto de Constitución federal de 1873 no llegó a aprobarse.

El problema más grave fue la sublevación cantonal, un movimiento que mezclaba aspiraciones federalistas radicales con la revolución social. La insurrección fue duramente reprimida por el ejército. La inestabilidad era tal que se sucedieron cuatro presidentes en menos de un año (Figueras, Pi i Margall, Salmerón y Castelar). Finalmente, en enero de 1874, el general Pavía dio un golpe de Estado y disolvió las Cortes. El poder pasó a un gobierno militar presidido por Serrano, pero la solución a la crisis ya se inclinaba hacia la restauración de los Borbones. A finales de año, el general Martínez Campos, en Sagunto, proclamó a Alfonso XII como rey de España, dando inicio a la Restauración.