Isabel II y el carlismo: conflicto dinástico, guerras civiles y la cuestión foral en el siglo XIX

El reinado de Isabel II: la oposición al liberalismo — carlismo, guerra civil y la cuestión foral

La crisis política del absolutismo durante el reinado de Fernando VII se vio agravada por el problema sucesorio provocado por la falta de heredero varón del monarca. En 1829, Fernando VII contrajo matrimonio con María Cristina de Nápoles. Pese a sus tres matrimonios anteriores, seguía sin descendencia, lo que motivó que su hermano Don Carlos María Isidro albergase grandes expectativas de heredar la Corona. Además, en torno a Don Carlos se agruparon los sectores más radicales de la corte, deseosos del retorno del absolutismo más extremo.

La sucesión y la Pragmática Sanción

En 1830 nació la futura Isabel II, lo que provocó la lucha entre los partidarios de Don Carlos y los de María Cristina y su hija. Unos meses antes del nacimiento, Fernando VII publicó la Pragmática Sanción, que anulaba la Ley Sálica y permitía, por tanto, reinar a las mujeres.

Los llamados “sucesos de La Granja” modificaron la situación: los partidarios de Don Carlos, encabezados por el ministro Calomarde, aprovecharon la enfermedad de Fernando VII en 1832 para convencerle de que derogase la Pragmática Sanción. Esto suponía devolver a Don Carlos los derechos sucesorios. No obstante, cuando Fernando VII mejoró, restableció la Pragmática y expulsó de su entorno a quienes habían intrigado contra los derechos de su hija. En 1833, con el fallecimiento del rey, Isabel fue reconocida como heredera y su madre asumió la regencia. Los carlistas no aceptaron la situación y, para defender sus pretensiones, desencadenaron una guerra civil.

El carlismo se convierte, a partir de entonces, en la más firme oposición a la regente María Cristina de Borbón, madre de Isabel. El enfrentamiento no es sólo un conflicto dinástico, sino también ideológico. Los carlistas pretenden la vuelta al Antiguo Régimen; apuestan por el poder absoluto del monarca, que emana de Dios según ellos; y por la defensa de la religión, que consideran atacada por los liberales. El lema carlista “Dios, Patria y Rey” resume el planteamiento carlista. A estos elementos se suma la defensa del foralismo.

La cuestión foral

Con la aprobación de los Decretos de Nueva Planta tras la Guerra de Sucesión (1700–1715), que supuso la llegada al trono de España de la dinastía de los Borbones, Cataluña y Aragón habían perdido sus fueros. Navarra y el País Vasco, por el contrario, conservaron los suyos al haber apoyado al candidato Borbón (Felipe V).

El carlismo, en oposición a la idea liberal de uniformidad política y jurídica, apuesta por la restauración y el mantenimiento de los fueros tradicionales. Esto explicaría el fuerte apoyo que recibe en los territorios que perdieron sus leyes propias con la llegada de los Borbones; no obstante, buena parte de la historiografía actual relativiza la importancia del foralismo en el movimiento carlista, dando más importancia a otros fenómenos de la época, como el crecimiento de las ciudades y la industrialización. El arraigo carlista es especialmente fuerte en las zonas rurales, donde se mostraban temerosos ante la extensión de la sociedad urbana e industrial que ponía en cuestión las formas de vida tradicional. Por el contrario, las ciudades (Bilbao, San Sebastián, Pamplona, etc.) eran en general partidarias del liberalismo.

Las guerras carlistas

El movimiento carlista desencadenó tres conflictos armados —los dos primeros durante el reinado de Isabel II— que representaron un grave problema para la estabilidad política de España durante buena parte del siglo XIX.

  1. Primera guerra carlista (1833–1840)

    La primera guerra carlista (1833–1840) fue la más violenta y dramática, con casi 200.000 muertos. Comenzó en octubre de 1833, a los pocos días de fallecer Fernando VII, cuando el infante Don Carlos María Isidro fue proclamado rey por sus seguidores con el nombre de Carlos V. El nuevo gobierno «isabelino», con escasos recursos, tardó en enviar tropas; esto permitió al general carlista Zumalacárregui formar un importante ejército con más de 20.000 hombres. La rebelión carlista se consolidó de ese modo en las zonas rurales de Navarra y el País Vasco. Fortalecido por estos éxitos, Don Carlos ordenó a Zumalacárregui sitiar Bilbao (1835). El fallecimiento del general carlista en el asedio de Bilbao provocó un giro en el conflicto.

    Desde 1835 hasta 1837, la guerra se mantuvo en una situación de equilibrio. El general liberal Espartero rompió el sitio de Bilbao, mientras las guerrillas carlistas obtuvieron importantes victorias en el Maestrazgo. El Bajo Aragón fue dominado por los carlistas (general Cabrera), configurándose como nueva gran zona carlista. Desde 1837 hasta 1839 la contienda se decanta a favor de las tropas gubernamentales. El agotamiento carlista era evidente, lo que terminó por provocar la división interna del movimiento entre intransigentes —partidarios de seguir la guerra— y moderados, encabezados por el general Maroto —partidarios de llegar a un acuerdo honroso.

    Las negociaciones entre Maroto y Espartero culminaron en el Convenio de Vergara (agosto de 1839), que marcó el fin de la guerra en el norte; el convenio establece la legitimidad de Isabel II como reina de España, pero realiza algunas concesiones: se reconocen los empleos y grados del ejército carlista y se recomienda al gobierno «armonizar» la Constitución con los fueros propios de Navarra y las tres provincias vascas. Pese a este acuerdo, la guerra no terminó en la zona levantina; allí el general Cabrera resistió durante casi un año.

  2. Segunda guerra carlista (1846–1849)

    La segunda guerra carlista se prolongó entre 1846 y 1849. Estalló al fracasar el intento de concertar un matrimonio entre la reina Isabel II y el nuevo pretendiente carlista Carlos VI, hijo de Don Carlos María Isidro. Su principal escenario estuvo en el campo catalán, aunque hubo episodios aislados en otras zonas. La derrota del carlismo obligó al general Cabrera a exiliarse en Francia; allí también permaneció el pretendiente al trono.

  3. Tercera guerra carlista (1872–1876)

    Hubo una tercera guerra carlista (1872–1876), que estalló tras la expulsión de Isabel II y la llegada de un nuevo rey, Amadeo de Saboya. Con la caída de la monarquía isabelina, el nuevo pretendiente carlista, que se hacía llamar Carlos VII, entró en España a comienzos de 1872 provocando un nuevo conflicto bélico. La guerra tuvo como escenarios principales Cataluña, Navarra y el País Vasco. Durante algunos años, los carlistas organizaron un pequeño Estado cuya capital era Estella, en Navarra. La amenaza carlista se mantuvo durante todo el Sexenio Absolutista, pero finalmente el carlismo fue de nuevo derrotado, esta vez de manera definitiva en 1876, ya durante el reinado de Alfonso XII. La derrota provocó el fin de los fueros vascos, lo que contribuirá al nacimiento del nacionalismo vasco.

Conclusión: El carlismo representó la resistencia al proyecto liberal y a la uniformización política del Estado decimonónico. Su persistencia en el tiempo y su arraigo en ámbitos rurales tuvieron consecuencias duraderas en la política y en las identidades regionales de España.