El Imperio de Carlos V
Conflictos internos: Comunidades y Germanías. Carlos V —primogénito de Juana y Felipe el Hermoso, nacido y criado en Flandes— fue monarca de gran parte de Europa y su política exterior se vio condicionada por su idea imperial y por los territorios que heredó. De Felipe el Hermoso heredó los Países Bajos, Luxemburgo, Artois, Franco Condado, Borgoña y Charleroi. De Fernando el Católico (abuelo materno) heredó las coronas de Castilla y Aragón. De Maximiliano I, emperador de Alemania (abuelo paterno), heredó los territorios de la Casa de Habsburgo, la soberanía sobre el norte de Italia y el derecho a ser propuesto para la corona del Sacro Imperio Romano Germánico —que obtuvo en 1519—.
Carlos V quiso restaurar el imperio cristiano (Universitas Christiana) y que el emperador fuese rey de reyes, no subordinado al Papa. Carlos de Habsburgo (Carlos V) ascendió al trono de Castilla y Aragón en 1516 a la muerte de Fernando el Católico, sustituyendo así a los Trastámara españoles. Tomó posesión del trono en 1517; fue elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en 1519, por lo que abandonó Castilla con destino a Alemania, nombrando regente a Adriano de Utrecht.
Se enfrentó a Francia por la hegemonía en Europa, a los luteranos por la unidad cristiana y a los turcos en defensa de la cristiandad. Carlos V tuvo que hacer frente a dos conflictos internos principales:
Comunidades de Castilla (1520-1521)
En febrero de 1520 se produjo el levantamiento en Castilla de los comuneros —Padilla, Bravo y Maldonado—. En julio se constituyó la Junta Santa de Ávila, que pidió a Carlos V su regreso a Castilla, la exclusión de extranjeros de cargos políticos, más protagonismo de las Cortes, reducción de gastos e impuestos y limitación de las exportaciones de lana. Los comuneros serían finalmente derrotados en Villalar en 1521.
Germanías (1519-1524)
Se desarrollaron en Valencia, Murcia y Mallorca. Tenían como principales motivos la crisis económica y el descontento de artesanos y comerciantes, que pedían la reducción de los privilegios de la nobleza. En marzo de 1523 los agermanados fueron reprimidos por orden de Carlos V.
Las Comunidades y las Germanías fueron movimientos antiseñoriales. Su aplastamiento significó la alianza de la monarquía y la nobleza y la marginación de la burguesía.
La Monarquía Hispánica de Felipe II
La unidad ibérica
Aunque no reinó en Austria ni recibió el título imperial que recayó sobre su tío Fernando, Felipe II (1556-1598) heredó un gran imperio territorial. De costumbres austeras y sobrias, gobernó personalmente su imperio desde los territorios hispánicos, con ayuda de sus secretarios. Se produjo una hispanización de la monarquía, perceptible en la imposición de una política de ortodoxia católica, centralizadora y castellanizante: esto se explica porque Castilla era el reino más poblado y poderoso.
Esta política provocó problemas internos, entre los que destacan:
- Rebelión de los moriscos de las Alpujarras (1568-1570): se desencadenó a raíz del Decreto de 1566, que prohibía el uso de su lengua, vestimenta tradicional y costumbres.
- Revuelta de Aragón (1591-1592): el caso de Antonio Pérez puso en conflicto la legalidad foral con la voluntad centralizadora del monarca y terminó con la entrada de las tropas reales en Zaragoza.
En 1561 se estableció la capital en Madrid, desde donde Felipe II gobernó sus posesiones ibéricas, africanas, italianas, de los Países Bajos y de la América hispana. Además, desde 1580 gobernó también sobre Portugal y sus amplias colonias. Sus objetivos políticos principales siguieron siendo la hegemonía en Europa y la defensa del Catolicismo.
Sus enemigos eran, en buena medida, los mismos que los de su padre: Francia (hasta 1559, con la victoria de San Quintín en 1557) y el Imperio Otomano (victoria de Lepanto en 1571). Surgieron, además, nuevos adversarios: Inglaterra (con el desastre de la Gran Armada en 1588) y la Rebelión de los Países Bajos, desde 1566. Todos estos conflictos produjeron graves problemas financieros, preludio de las dificultades de la hegemonía hispánica en el siglo XVII.
La unidad ibérica solo es comprensible desde la perspectiva de la concepción patrimonial de la Casa de Austria —iniciada con la unión dinástica, territorial, religiosa y la política matrimonial de los Reyes Católicos— y del unitarismo en la defensa de la ortodoxia católica. En Carlos I predomina la idea de un Imperio Universal Cristiano y de una política europea para mantener y extender sus dominios. Con Felipe II la monarquía hispánica se convirtió en el centro del Imperio, y especialmente sobre Castilla recayó el peso de mantenerlo.
Su política unitarista, aunque respetando los fueros de la Corona de Aragón, pretendía, ante posibles conflictos, imponer la jurisdicción real a la foral. El ejemplo más claro lo tenemos en la revuelta de Aragón (1591-1592) de la nobleza y la ciudad de Zaragoza, ante el intento de imponer virreyes que no eran aragoneses. El conflicto se expresa en la resolución del caso del exsecretario Antonio Pérez, la entrada del ejército real en Zaragoza, la condena a muerte del Justicia de Aragón, Juan Lanuza, y la restricción de los fueros aragoneses.
En 1580 Felipe II heredó Portugal al fallecer el rey Don Sebastián, haciendo valer sus derechos militarmente y siendo reconocido por la clase dirigente portuguesa en las Cortes de Tomar (1581), tras prometer respeto hacia la autonomía del reino. Así logró la unidad peninsular que pretendían los Reyes Católicos, fundió los dos imperios de ultramar e hizo de Lisboa una importante base de operaciones en el Atlántico, frente a ingleses y holandeses (de allí partió, por ejemplo, la Gran Armada en 1588).
No obstante, y como en el caso de Aragón, la unión fue meramente dinástica, pues Portugal siguió gozando de cierta autonomía hasta la restauración de su independencia en 1640, cuando separó definitivamente su camino del resto de reinos peninsulares y de la monarquía hispánica; esta independencia fue reconocida en 1668.